La propuesta de María Teresa Inés Aláez García

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El presentador de las noticias deportivas informa sobre las últimas novedades de los jugadores del Barça. Su voz, algo estridente, aguda, y su rapidez de pronunciación, nombra a Pep, Cesc o algo así.
- "¡Mamá! ¡Papá me ha insultado!".
Ya comienza el conflicto nocturno. Como desde hace catorce años, todas las noches, a las nueve, tenemos pelea. El control sobre las disputas ya es cotidiano y las escucho como a la lluvia. Perdón: la caída acuática del vapor de agua me produce mayor satisfacción que las peleas entre familiares.
Vuelvo la vista a la pantalla del ordenador: una página de click por anuncio, otra donde se suceden los encabezados de los emails para ganar unos céntimos en esta crisis. Dos foros o tres - en uno de ellos recopilo mis elucubraciones -, las noticias y Facebook.
¡Un instante!. ¿Qué veo? Una noticia de un compañero, ex colaborador de un periódico virtual. Ambos somos escritores freelance. Qué circunstancias más extrañas pueden unir a las personas en un segundo determinado. Pide su voto para un texto breve, el inicio de un proyecto sobre un libro o varios... algo así.
Miro el título y clickeo sobre el enlace de Twitter que nos ha dejado. Como siempre, a pesar de la sencillez de la interface, me pierdo. Dibujos, letras. No sé si dejarlo para más tarde porque ahora me pierdo. La voz anodina, monótona y estridente de los actores que gritan las excelencias de los productos patrocinados, mi hijo pidiendo permiso para hacer una pregunta. O la luz amarillenta que melancoliza el ambiente. Ya lo decía mi madre cuando éramos niños: si deseábamos espabilar, lo mejor era huir de la luz amarillenta y ambientar con luz blanca.
Pero es la época de la imagen, de los ambientes, de la arquitectura hasta en los interiores, del brutalismo y el minimalismo combinados en una suerte de codiciosa absorción visual. Todo por el sexo, por el poder, por estar en la cúspide de la pirámide. Sí, esa que se encuentra en los billetes de dólar con un ojo encima, un símbolo masónico o quizás semireligioso: el ojo de Horus confundido con un iris divino que, enfundado en unas gafas de lentes triangulares nos observa a todos...
Sí, a todos, A ti, a mí...
Y suena el teléfono. ¡Qué agobio! Más tarde leeré la página esa del proyecto y del libro.
¡Vaya! Lo único que me faltaba era que, ahora, me falle el ratón. Vuelta a reiniciar.