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Tu voto · The Book Project

La propuesta de Diana Shugay

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Aquella mañana no hubo despertador. ¿Acaso lo necesitaba? Había pasado toda la noche en vela. Una noche larga y fría, que se había metido en mi cama sin previo aviso.
Eran las seis. Los primeros rayos de luz acariciaban débilmente mi ventana. Una ventana gris, apagada, al igual que la habitación a la que servía. Miré a mi alrededor. Allí estaban mis maletas, sin terminar, como siempre, y el suelo lleno de objetos sin rumbo, al igual que su dueño. Decidí levantarme. Un día intenso me aguardaba ahí fuera. Iba a plantarle cara, pero esta vez, de verdad.
Me senté en el suelo y observé el caos que la noche anterior había creado yo mismo. Años atrás no habría soportador tanto desorden, yo, que era tan perfeccionista y metódico. Ahora, sin embargo, me parecía incluso placentero. Qué irónico. A veces tenías que poner todo patas arriba para encontrar tu propio espacio.
Y ahí estaba, entre tanta mierda, por llamarlo de algún modo. Tantos cosas que quería llevarme y para las que no quedaba hueco. Miré la foto enmarcada que sobresalía de esa maleta, incapaz de abarcar todo aquello que, de algún modo, representaba mi vida. Esa foto en la que salíamos los dos, tan felices, tan vivos. ¿Qué fue de nosotros?, quise saber. No. No podía llevarme eso. Ni tampoco mis trofeos de ajedrez. Ni el álbum que me regalaron mis compañeros de piso que conservaba nuestra loca vida universitaria. NI las cartas de mis padres. Sí. Todo ello era mi vida. Pero si me la llevaba conmigo, partir sería más duro, por no decir imposible. Si quería avanzar, tendría que abandonar mi carga. Y eso fue lo que hice.
Después de haberme pasado horas y horas haciendo y rehaciendo maletas, decidí llevarme una pequeña mochila con lo justo y necesario. Determinados documentos. Comida. Algo de dinero. Necesitaba estar vacío por lo que vendría después. ¿Qué qué sería? No tenía ni la menor idea. Pero sabía que no podía volver a desperdiciar 6 años de mi vida. No podía seguir esperando a que un día, de repente, pasara algo. Porque nada iba a pasar.
Cogí las llaves y eché una última ojeada a aquel pasillo que tanto había vivido. Tantos sueños, ilusiones, sentimientos que guardaban aquellas paredes blancas. ¿Volvería a verlo algún día? Preferí no saberlo. Simplemente cerré la puerta y giré la llave.
Ya estaba hecho. Estaba en el camino. Levanté la mirada al cielo y me di cuenta de lo bonito que era. Esta vez el sol estaba más radiante que nunca. Transmitía esperanza e ilusión, pero sobre todo fuerza.
Sonreí y empecé a caminar. Era el comienzo. El comienzo de algo grande, estaba seguro.