La propuesta de Joel Ayala Alicea

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Prólogo
Conozco el significado real de la palabra oblivion.
Es un vocablo anglosajón, definido literalmente como“caer en el olvido total, extinción: la nada”. Un lugar abstracto, etéreo; una especie de limbo, la destrucción del ser. Civilizaciones enteras sucumbieron bajo las garras de oblivion. Hiperbórea, Lemuria, Atlántida y más recientemente la civilización maya, son sólo ejemplos de lo que en inglés se denomina como “to fall into oblivion”.
Si bien todo esto son mitos y leyendas que forman parte del folclor popular, no es menos cierto, de que casi siempre la mitología se basa siquiera en un ápice de realidad. Honestamente no lo sé; aún hay muchas cosas que no entiendo, pero de lo que sí puedo dar fe es de mi experiencia.
Esto fue lo que pasó, o dicho de mejor manera, creo que fue lo que pasó, pues al día de hoy no sé si lo viví o fue todo parte de un sueño revelador del que aún no despierto. A fin de cuentas, todo empezó así:
Mi nombre es Xavier Donoso y tengo diecisiete años; mi padre es - así, en presente, aunque me duela - el doctor Esteban Donoso, antropólogo, con más de veinticinco años de experiencia en el campo y catedrático de antropología en la Universidad de Madrid. Tiene cincuenta y cinco años, es de complexión fuerte, carácter serio pero entusiasta y mentalidad práctica y realista. Hace casi un mes - mañana se cumple -partió para América junto a un grupo de alumnos y profesores de la universidad, en una excursión de quince días, para visitar las edificaciones y ruinas mayas en lo profundo de la selva guatemalteca. Yo hubiera querido ir con él, pero con los exámenes finales en el instituto no me fue posible acompañarlo, aunque sí hablábamos diariamente por teléfono.
Si pasaba de las siete sin recibir su llamada, me apresuraba a llamarle al móvil y no tardaba en responder y luego se disculpaba, pues le faltaba el tiempo para empaparse con las maravillas y encantos de aquella tierra exuberante y misteriosa. Sentía verdadera pasión por las antiguas culturas de las cuales la maya era por mucho su favorita y por tanto debía sentirse como niño en un parque de diversiones. Siempre pensé que nuestra relación era más o menos simbiótica : yo, como hijo único y huérfano de madre, volqué todo mi amor y cariño hacia él y eramos - somos - en realidad como uno sólo. Hoy sé lo duro y difícil de estar sin él y de que ya me va doliendo demasiado todo el amor que invertí en su figura...
Pero, a los hechos:
Hace varias semanas, el veintiseis de noviembre para ser exactos, le llamé al móvil, pues eran casi las diez de la noche acá en España y aún no había llamado. Al no responder le dejé un mensaje de voz y una hora después desperté sobresaltado por el timbre del teléfono. Esa noche lo escuché diferente, con un timbre nervioso en la voz. Las palabras se le venían encima sin pausa y hablaba a borbotones, frenético. De lo que pude sacar en claro de su diálogo febril fue lo siguiente:
Esa noche le habían llevado a ver El Pozo de las Ánimas, que, a saber, no es más que un enorme hueco natural en el suelo de la selva y que, al parecer, era utilizado por los sacerdotes mayas para efectuar sacrificios humanos y ofrendar a los dioses. A mi entender, la explicación lógica y racional de esto, no era más que la de un sumidero o socavón, seguramente ocasionado por el movimiento de aguas subterráneas. Me dijo que, en un principio, él había dado esa misma explicación a los lugareños, pues la gran mayoría de estos, en especial los más viejos, le atribuían al pozo, cualidades casi diabólicas.
Aparentemente, desde que se estableció el pueblo, se contaban en decenas las personas desaparecidas y nunca encontradas. Y ni hablar de los animales domésticos y de granja, que misteriosamente se esfumaban siempre en las cercanías de aquél pozo siniestro. También hablaban de la vez que tres días después de la desaparición del carpintero del pueblo, su mujer despertó a todo el mundo en la madrugada, dando alaridos de poseída; al detenerla esta afirmó histérica que había visto a su esposo sentado tranquilamente sobre su sillón favorito frente a la ventana del balcón y “cuando me le acerqué, me dijo llorando, que me quería mucho, a pesar de todas las cuerizas que me había dado y cuando lo fui a abrazar, se me deshizo en las manos, por Cristo que así fue, Virgen Santísima; seguro, segurito que era el diablo.”
La gente incluso advertían a los fuereños que evitaran a toda costa, acercarse demasiado al pozo, y en especial al caer la noche, pues aseguraban que de aquel abismo se escapaban alaridos y lamentos sobrenaturales que le helaban la sangre al más valiente. Esto, afirmaban, era ni más ni menos, que el crujir de dientes de los condenados al fuego eterno, pues era sin duda alguna el umbral del mismísimo infierno.
Fue una sorpresa que papá siquiera prestara consideración a patrañas y supersticiones pueblerinas, pues ha sido siempre un hombre de proceder científico, ferviente partidario de la lógica y la razón. Después de esa noche nos comunicamos tres veces más, a horarios tan irregulares que iban desde las cuatro de la tarde hasta las tres y media de la madrugada del día veintinueve, la última vez que hable con él...
Estaba febril, casi fuera de sí y a ratos incoherente, narrando sucesos irreales y fantásticos. Había pasado la noche y buena parte de la madrugada en las cercanías del pozo y me aseguró que todo lo que se comentaba en el pueblo acerca de aquel lugar no solo era cierto, sino que esa noche, incluso él había sido testigo de fenómenos inexplicables y ni hablar de los gemidos enloquecedores, provenientes del abismo.
Aunque, debo confesar que estaba yo tan atarantado de sueño, que ahora que lo pienso, no estoy tan seguro de si me dijo todo esto o solo lo soñé. Pero lo que sí es cierto, es que después de esto no volví a saber de él, por lo menos de manera tradicional...
El día treinta me habló Raul. Se le hizo muy difícil decirme lo que yo, quizá subconscientemente ya intuía. Raul es un joven de veinte, un muchacho muy impresionable y delicado, que de no conocer tan bien a papá, hasta pensaría que fueran amantes. Pero me estoy desviando de los hechos. Transcribo aquí lo que dijo Raul:
“-...lo que sucedió, en realidad nadie lo sabe con certeza, Xavier, pero la policía está investigando, al menos eso te puedo decir. Considerando la situación aquí, sería lógico pensar que fue víctima de secuestro. Pero no podemos adelantarnos a los hechos, eso dice la policía. En todo caso, debemos esperar por la investigación. Créeme Xavier, estoy tan desesperado como tú, pero no hay de otra, debemos ser pacientes...
Fácil decirlo, cuando no es tu padre el que está desparecido, justo al otro lado del océano en tierras desconocidas.
Poco después hablé con el licenciado Sánchez, vicepresidente de la junta directiva de la universidad, y quien junto a papá, había organizado todo lo referente a la excursión. Igualmente me recomendó tranquilidad y paciencia; que todo estaba en manos de las autoridades y me disuadió de mi intención, que era tomar un vuelo inmediato a Guatemala.
Esa misma noche, el exceso de ansiedad y preocupación, apenas me dejó dormir. Cerca de la madrugada creo que por fin el sueño me venció, porque tengo la vaga impresión de haber soñado. La cuestión es, que no sé si lo soñé o quizá fue en medio de un estado síquico que desconozco, pero esa noche papá vino a verme.
Vestía chaqueta azul a cuadros y un pantalón negro, descolorido por el uso. Lucía sucio, desaliñado, con una barba de tres días, el pelo revuelto y una expresión desesperada. Gruesas lágrimas surcaban su rostro sucio de lodo y arcilla. No sé porqué, pero lo cierto es que no me sorprendí cuando comenzó a hablarme sin mover los labios. Empecé a sentir su voz retumbando dentro de mi cabeza, mientras me contemplaba quedamente, con una mezcla de anhelo y angustia. Transcribo aquí gran parte de lo que dijo - o lo que me transmitió, que de alguna manera es lo mismo – o al menos lo que recuerdo con mayor fidelidad:
“-...hijo mío, te amo...Creo que nunca antes me permití la oprtunidad de decírtelo y estoy arrepentido de eso... no sabes cuánto....Yo...estoy en el abismo, Xavier; un terror sin fin en el que no se me permite siquiera el privilegio de la muerte. Todo es oscuridad aquí, Xavier...aquí, en el vacío infinito, no se muere de otra cosa que no sea de nostalgia y de soledad... Nunca olvides que te amo...
Después de esto solo tengo conciencia de encontrarme sentado en mi cama y sudando copiosamente. No me sentía amodorrado y mucho menos la sensación del despertar reciente; más bien sentía como si hubiera salido de un trance , o algo parecido. Es lo más certero que puedo describirlo y aun así no estoy conforme, pero no puedo hacer más.
Preso de la febril certeza de haber asistido a una revelación mayor, temblando de ansiedad me levanté, levanté el auricular y marqué el móvil de Raul. No solo fue inútil, pues solo respondió tres horas después, sino que cuando lo hizo destruyó todas mis esperanzas.
Aún con la inusual fijación de papá con el mencionado “pozo de los sacrificios”, no existía prueba ni motivo plausible para que este se hubiera animado a descender a las profundidades, y en ese caso las probabilidades de encontrarlo con vida eran nulas. De haber caído accidentalmente el desenlace tambien resultaba evidente.
Además, no era una posibilidad que no hubiera sido considerada: el consulado español había gestionado la colaboración de un par de escaladores profesionales, que aquella mañana habían emprendido el descenso para siquiera, en todo caso, recuperar los restos de mi padre. Tras cuatro horas, casi dos mil quinientos metros de cuerda y más de media milla en lo profundo del abismo, desistieron de continuar después de empezar a sufrir de mareos y desorientación. Se teorizaba que un caudal de agua subterránea fuera la original causante de la formación, pero los rescatistas aseguraron que aun a la profundidad inmensa que alcanzaron, reinaba un silencio absoluto en aquel vacío. Que aun lo más inexplicable aparte de la oscuridad infinita, era el sentimiento de zozobra y de extrema soledad que les hizo brotar lágrimas. Al final, se rehusaron a repetir el descenso, aduciendo intensos vahídos y fuerte conmoción emocional.
Esa misma noche volví a tener otro encuentro con papá. Repito: no tengo la certeza de que efectivamente, se comunica conmigo desde lo profundo de una fosa oscura en Centroamérica, desde otra dimensión o si en efecto, lo hace desde la muerte. De lo que sí estoy seguro es de que no alucino y que cuanto aquí describo me sucedió tal cual, aunque reconozco que muy bien puede ser interpretado como repecusión traumática a consecuencia de la desparición de mi padre.
En esta ocasión, papá no habló; solo se limitó a contemplarme fijamente con una mezcla de tristeza y derrota en la mirada. No lloraba, pero se le adivinaba una sombra acechando en sus ojos vidriosos. Me quedé inmóvil, esperando algo de él, no sé, algún gesto, una palabra, algo... Tener alguna interacción, pero solo me contempló y finalmente me envolvió con la sonrisa más triste del mundo...
En ese momento, puso en mi mente tales pensamientos e imágenes, de un mundo que no es el mío y me asaltaron unas emociones tan poderosas que comencé a sollozar como un chiquillo. Fue avasalladora la sensación de profunda angustia y desesperanza que me embargó y estuve largo tiempo, llorando amargamente el destino aciago de papá. Cuando me quedé sin lágrimas, me levanté y me di un duchazo caliente y no volví a conciliar el sueño hasta bien entrada la mañana.
De esto hacía ya una semana; no había vuelto a tener experiencias similares y mi sueño había vuelto a ser regular y sin novedad. Pero hace dos días, faltando un cuarto para la medianoche, me desperté con un sobresalto y con el corazón galopándome en el pecho. Bañado en sudor y agitado, sentí como se me erizaba todo el vello de la nuca y se me heló la sangre al percatarme de una presencia sobrenatural en el cuarto.
En ese momento, vi a mi padre materializarse casi por completo, justo al lado de mi cama. Casi podría jurar que el tiempo se detuvo y también mi respiración. Papá, con el rostro anegado en lágrimas, se acercó a mi y pude sentir el frío glacial del gélido beso que depositó en mi frente.
Entonces me di cuenta de que jamás volvería a verlo.
No ha vuelto a visitarme y sospecho que no volverá a hacerlo. Lo único que espero, es que por lo menos haya encontrado paz. Yo, por mi parte, decidí que no iba a seguir postergando mi viaje a Centroamérica; espero conocer, de primera mano, todo lo concerniente a la desaparición de mi padre, el doctor Esteban Donoso.


21 de diciembre

Madrid, España