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Tu voto · The Book Project

La propuesta de Mia Woodhouse

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Un laberinto de oscuras callejuelas y el golpeteo de pisadas sobre hojas secas y asfalto. Lejos de ellos, los gritos y el caos; la noche había hecho de las suyas una vez más, arropando a dos extraños en sombras, resguardando con luz tenue e interrumpida la vida que casi les fue robada.
A estas alturas, ella era apenas una muñeca de trapo, dejándose arrastrar, dejándose llevar, seducida por el viento que rozaba sus mejillas y el sudor que corría sobre dedos entrelazados. Era incapaz de sentir miedo, o tristeza, frío o calor. Laura, en ese momento, corriendo por las calles de una ciudad que no le pertenecía y asida de la mano equivocada, estaba vacía. Había perdido a Julián...
Los segundos, los minutos, las horas y los días: el tiempo podía empujarla, tumbarla, pisotearla y jalarla por el cabello, pero nada de eso iba a cambiar la realidad inalterable de un futuro sin él. Cuando las personas ingenuamente le comentaban que el tiempo servía para curar todos los males, por su mente solo pasaba y pesaba el hecho ineludible del paso de los años y el cuerpo ausente de Julián en cada silla, celebración o esquina. Las agujas del reloj no eran un elixir mágico capaz de reanimar a los amados inmóviles. La muerte era eterna; no existía una arruga o cana que reflejase la naturaleza piadosa del tiempo. Y es que, después de todo, el tiempo siempre resultaba corto e implacable. ¿Lo habría sentido así Julián, exhalando aquella última bocanada?
De repente Laura se percató que le faltaba el aire. Le costaba respirar desde el día en que lo había perdido todo, pero más dolía no hacerlo. Sin pensarlo dos veces, soltó la mano a la que tan fuerte se había aferrado y, finalmente, paró. Jadeando, tanteó en la oscuridad, tambaleándose cual ebria hasta dar con una pared, las yemas de sus dedos rozando la mugrienta fachada de un edificio dilapidado. Reposó su frente contra el concreto duro y frío y luchó por recuperar el aliento. Poco le importaba si el griego se marchaba y la abandonaba a su suerte. Ya nada tenía sentido. Apenas necesitaba algo que le diese sentido a su vida, un propósito. Laura necesitaba tener un motivo para seguir respirando.
-Podemos salvarlo.
Laura abrió los ojos y giró la cabeza lentamente. El tiempo se detuvo. El metal reluciente del medallón se convirtió en una promesa aterradora. Cual péndulo, la cadena se movía de un lado al otro y la boca del curador también se movía, pero ella no oía nada y la luz del poste del otro lado de la acera apenas iluminaba al individuo. El medallón era lo único perceptible en la oscura noche. Lo único que tenía sentido. Brillaba como oro y falsas promesas. Laura respiró hondo, intentó alejar su cuerpo de la pared y se desplomó.