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Tu voto · The Book Project

La propuesta de Úrsula Melgar Arjona

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Al intento de conciliar el sueño, dominaban su mente los recuerdos de Julián, junto con imágenes simultáneas del medallón y de la singular ave de Wiracocha. Por un momento se entretuvo imaginando un enorme pájaro de larga cola, con un pequeño pico negro y plumas de color azul eléctrico, volando por el Universo sin un destino fijado. Y, sin quererlo, se identificó totalmente con aquel animal, ya que los hechos hicieron que tuviera la desconfianza e inseguridad propias de una vida incierta.
Durmió a duras penas. Llegó a despertarse sobresaltada debido a dos sueños que tuvo. En el primero, acababa de salir a la calle para ir a trabajar. Se dirigía a su auto, cuando notó que un desconocido se acercaba. No pudo ver su rostro ni cómo vestía. Sólo apreció una silueta negra de varón. Esa apariencia no le causó buena sensación; tenía un aire hostil que abría las puertas al peligro. A Laura le entró el pánico. Quiso subir al vehículo y marcharse, mas la puerta del mismo no respondía. Tuvo el impulso de gritar, pero sus finos labios de carmín no dieron ni un débil gemido.
Luego volvió a soñar con el mismo sujeto, al que era incapaz de verle la cara. El individuo tiraba de su bolso. Ella, por su parte, trató de resistir. Finalmente fue vencida, perdiendo así su cartera y las demás cosas que llevaba, incluyendo el medallón.
Despertó con el mismo agobio, pero más relajada que el día anterior. Empezó a pensar que la gente puede tener sueños de lo más surrealista, aunque le extrañaba que el causante de sus pesadillas fuera una silueta negra. Después de todo, sería imposible ver en un sueño a gente que nunca se ha visto en la realidad. Dispuesta a empezar un nuevo día, habló de sus experiencias oníricas durante el desayuno. Su madre, muy preocupada tras enterarse de que su piso fue desvalijado, también estaba allí.
—Puede que sea un aviso —advirtió su hermana.
Pero Laura no creía en esas cosas. Tampoco quería escuchar las palabras de su madre, quien insistía una y otra vez en que eso no era asunto suyo, que Julián había muerto y podría encargarse otra persona.
Eran palabras dichas en vano. Para nada iba a tirar la toalla, ya que por fin pudo contactar con el Dr. Katsidis. Además, había olvidado la idea de pasarle el testigo a Macario. Después de todo, sólo necesitaba desplazarse unos centenares de kilómetros hasta Toledo. Sabía que podía encontrarse con gente peligrosa y meterse en un embrollo. No obstante, quería continuar con la misión hasta el final; nunca fue propio de ella dejar lo que empezaba.
Su madre no dio muestras de apoyo, pero tampoco se negó. Se limitó a mencionar una frase que alguna vez escuchó de su abuela: "Hay quienes molestan desde la tumba".
Decidió llamar al trabajo para conseguir unos días libres. Se inventó la excusa de que tenía una urgente reunión familiar relacionada con una herencia. A fin de cuentas, no todo lo que dijo era mentira. Su jefe no se expresó con un simpático tono de voz, pero logró salir airosa.
Unos minutos después, recibió una llamada de la policía, haciéndole saber que una vecina de su bloque vio a los que se infiltraron en la vivienda. Su cámara recogió imágenes de dos hombres: uno alto y delgado y otro bajo y rechoncho. Ambos eran de edad madura y vestían unos trajes muy elegantes de color gris. Escaparon en un Mercedes negro cuya matrícula tenían anotada. La noticia fue algo tranquilizadora para Laura; ahora faltaba saber qué querían esos tipos y el motivo.
Enseguida preparó el equipaje para irse a Toledo. Ignoraba cuántos días se iba a ausentar, pero su hermana le prestó su maleta y algo de ropa. Las dos siempre presumieron de usar la misma talla. Echó un vistazo por si veía a Macario. Le encontró, respondiendo él con un breve gesto de saludo.
Se despidió de su hermana y de su madre. Cuando bajó para emprender el viaje, trató de ser lo más discreta posible. Su corpulento compañero la siguió con su vehículo. No hubo problemas durante el viaje. Sin embargo, cuando entraban en la ciudad de Toledo, Laura se percató de un automóvil negro aparcado en una calle. En su interior había dos sujetos, uno más alto que el otro, que parecían estar vigilando sus movimientos.