Gafas mirando los dispositivos multimedia para leer las propuestas

Aqui exponemos las propuestas recibidas por todos aquellos que dieron rienda suelta
a su imaginación y nos ayudan con este proyecto que deseamos construir.

Ya puedes encontrar nuestro libro en el catálogo de Pentian, donde hemos abierto una campaña de crowdfunding.
Si puedes ayudarnos a hacerlo realidad, visita la página y apoyanos.

Apoya The Book Project en Pentian

Capítulo 1

Mi nombre en este lugar no existe, solo soy un numero, uno que odio, por que me recuerda constantemente el día que llegue...

— Clemencia Palacio Velásquez
Leer más...

Clemencia Palacio Velásquez

Mi nombre en este lugar no existe, solo soy un numero, uno que odio, por que me recuerda constantemente el día que llegue aquí,18 de octubre de un año oscuro.Total de que sirve recordar en donde se quedo mi vida, en alguna carretera quizás?, prendida de alguna boca que no me quiso besar mas?
Se que todos piensa que la vida es relativamente fácil en un sitio como estos, que tienes de sobra tiempo para vos, que no te preocupan las deudas, ni si quiera la comida, aunque aquí es asquerosa, cuanto no daría por no sentir hambre, para no tener que enfrentarme a esta desesperante sensación estomacal, del hambre repugnada por lo que aquí se nos da.
Para no perturbar tu próxima cena después de leer esta misiva, me abstengo de detalles.
Continuo.....Pronto las luces se apagaran , todas nos iremos a dormir sin sueño, a llorar con ganas y a pedirle a alguna fuerza superior que nos saque de esta condena.Afortunadas las que creen en algo, yo por mi cuenta me declare atea desde antes de nacer;así que mis días son mas livianos, menos cargados de infiernos bíblicos. otros tantas han sido infortunadas como yo,y como lo diría Morris West, condenadas por herejía simplemente por ser débiles en gramática.Y si algo me propuse desde que llegue aquí, fue convertirme en una diestra escritora, por lo menos para mi, no pretendo mas que cumplir esa tarea genética que me fue entregada al nacer entre una familia de escritoras, pese a todas las circunstancias apremiantes de las mujeres de mi prole
ya sabes que mis deseos siempre apuntaron hacia esa dirección.A exorcizar la muerte y la pobreza con escritura y literatura.
Y mira una mas de mis sarcásticas realidades; justo ahora que tengo la posibilidad de escribir con todo el tiempo siendo mio , solo hay un problema, me encuentro a miles de kilómetros de casa,sin nadie quien me visite y se apiade de mi cómica situación de aprendiz de escritora sin papel ni lápiz alguno. Muero por uno que me dure toda esta condena, al contrario de la historia que recorre estos pasillos de la mujer que perdió su vida a manos de su esposo, por que le encontró un pequeño lápiz y le mato, por eso, por que con el, escribía a su amante.

Esa es la expresión de un hombre enamorado. Ya no recordaba cuántas veces había oído esa oración en las últimas semanas....

— Laura Somel
Leer más...

Laura Somel

Esa es la expresión de un hombre enamorado.

Ya no recordaba cuántas veces había oído esa oración en las últimas semanas. ¿Decenas? ¿Cientos? ¿Miles? No sabía el número exacto, pero le parecían demasiadas. ¿Acaso sus amigos habían decidido ponerse de acuerdo para empezar a tomarle el pelo? Los veía capaces; los sabía culpables de bromas peores, pero lo cierto es que tanta insistencia le empezaba a preocupar.

¿Y si tenían razón? ¿Y si esos comentarios, aun acompañados de cierto nivel de burla, reflejaban una realidad que él no acababa de aceptar?

Decían que se había enamorado. Aseguraban que había caído rendido a los pies de una niña de diecisiete años, la hija menor de sus vecinos, quienes se habían mudado al piso que estaban en frente del suyo alrededor de un año atrás.

Él no estaba de acuerdo con semejante afirmación. Para nada. O, al menos, no de forma tan tajante. A sus treinta y dos años recién cumplidos, nunca le habían llamado la atención las chicas tan jóvenes respecto a él. Él prefería a las mujeres de su edad, quizás un par de años menores pero, definitivamente, no más de cinco. Rebasar ese límite de edad le resultaba sumamente incómodo ya que, ¿qué podía tener en común con gente tan joven?

Absolutamente nada.

Él ya había pasado la época de las fiestas, las borracheras y las resacas del día después. Había aprendido a disfrutar más de las tardes, a vivir las noches de una manera más tranquila y a gozar del buen descanso que proporciona un sueño a su hora.

Según sus amigos, se había convertido en un anciano aburrido y sin gracia en el momento que, decían, era el más crucial de su vida: llegada la treintena, debía decidir qué hacer con su vida. ¿Se resignaría a vivirla solo, como había hecho hasta ese momento? ¿O intentaría buscar a la mujer con la que poder formar esa familia que siempre había deseado?

Personalmente, él seguía queriendo lo segundo, pero no tenía el ánimo suficiente para querer salir, buscar a su alma gemela. Le habían dado calabazas tantas veces que se sentía desanimado, agotado, sin fuerzas para seguir buscando.

De eso hacía ya más de un año.

En aquella época lo había pasado tan mal que sus dos mejores amigos habían decidido vivir una temporada con él, por miedo a que se suicidase.

Dicha situación duró meses, incluso después de que sus vecinos hubiesen llegado, trayendo a su joven hija con ellos. Él la consideraba una chica muy amable y alegre: siempre que se veían, ella lo saludaba con una encantadora sonrisa que, por muy mal que estuviese, él no podía evitar que se le contagiase. Aunque solo fuese durante un par de segundos.

Entablaron una corta conversación (la primera) cuando ella llevaba unos tres meses viviendo allí. El ascensor estaba estropeado y habían coincidido en el rellano del primer piso, donde ella se había detenido a recoger el contenido de una de las bolsas de la compra que se le había caído. Él la había ayudad y, más tarde, acompañado escaleras arriba. Había intentado convencerla de que lo dejase ayudarla a cargar las bolsas, pero ella se había negado.

Acabaron hablando de la mala calidad de las bolsas de hoy en día y criticando a sus fabricantes con los adjetivos más ofensivos que se puedan imaginar.

Entonces todavía no sentía ese sentimiento que tanto temía admitir. Apenas la conocía, apenas la veía, así que no tenía sentido siquiera plantearse el que le pudiese interesar.

Eran vecinos, eso era todo.

Y aún así, recordándolo más tarde, no podía dejar de admitir que aquel había sido el primer momento en que había llamado su atención: hablando sobre bolsas de plástico el día que se estropeó el ascensor.

Puse el arma sobre mi sien, respiré hondo, una última vez, pensé sin quererlo en todo aquello que dejaba atrás, que me perdía...

— Alejandro Magno
Leer más...

Alejandro Magno

Puse el arma sobre mi sien, respiré hondo, una última vez, pensé sin quererlo en todo aquello que dejaba atrás, que me perdía para siempre en cuanto mi dedo aplicara la presión suficiente sobre el gatillo. Qué curioso! Una vida pendiente de que un dedo reciba la orden precisa del cerebro, que por otra parte no quiere enviar, porque significará su muerte.
No había otra posible salida, la crisis se había llevado por delante todo aquello por lo que había luchado, por lo que me había dejado la piel los últimos años, y mi mujer ni siquiera sabía que el banco estaba detrás de quitarnos la casa, con embargos preventivos por aquí y allá, buscando sacar dinero del último rincón, sin dar tregua, sin dejar ni respirar.
Joder, no se han enterado aún, los pringaos como yo que solo sabemos trabajar y pagar nuestras deudas cuando vienen mal dadas nos quedamos sin nada, la caja está vacía, son los que tienen recursos y buenos asesores los que cuentan con opciones de esconder su dinero tan profundo que luego ni se acuerdan de donde coño lo dejaron.
Lo que me mataba era no volver a ver a mi hija, con eso no podía, me superaba, había intentado todas las opciones, pero qué más podía hacer, lo último que se me ocurrió fue lo que me trajo a esta silla.
Que ahora que lo pienso, no es tan fácil como parece eso de pegarte un tiro en la sien, conseguir un arma sin que otro haga el trabajo por ti no es ni sencillo ni barato. Eso sí, te da la posibilidad de conocer rincones de la ciudad que no sabías que existían, salvo por los programas esos de los polis que son seguidos por cámaras.
El seguro de vida que había firmado hace ahora justo un año incluía una cláusula de suicidio que lo hacía pagadero a partir del segundo año. Y he té aquí.
Ya no había marcha atrás, estaba decidido, todo estaba pensado y repensado, todos los pros y los contras fueron contrastados cientos de veces, sólo cabía el mayor de los sacrificios para brindarle a mi pequeña la opción de tener una vida confortable, sin necesidades, a cambio se quedaría sin padre, ¿podría perdonare alguna vez?


Todo parecía perdido cuando se levantó aquella mañana; una severa resaca aturdía su cuerpo , el baño le quedaba demasiado...

— Kiko Sanchez
Leer más...

Kiko Sanchez

Todo parecía perdido cuando se levantó aquella mañana; una severa resaca aturdía su cuerpo , el baño le quedaba demasiado lejos y al fin y al cabo quien le iba a recriminar que se meara y cagase encima. así lo hizo y cogió denuedo la botella de pastillas que no habían podido terminar con su vida la noche anterior, estaba vacía y el vómito en la cama seco pero con un hedor insoportable.
Cogió el móvil , llamó a su hermano y le pidió disculpas; llamó a sus padres y pidió disculpas; tiró el móvil por la ventana y seguidamente se tiró el.

Han pasado tres meses y Rafa continúa con la sonrisa en la boca , en coma, en la cama de un hospital .
La ciudad no se ha parado , ni de día ni de noche, todo sigue igual excepto el cuadro abstracto en rojo en la cera de la casa del judío.La última obra de Rafa.

Una habitación cerrada y caliente repleta de personas tristes y un comatoso es la imagen que ahora se nos revela ;son las tres y media y nadie ha comido todavía, el único que parece ingerir esta dormido.
Ana, la novia de Rafa; Toni , su hermano; Manuel y Manuela sus padres , los que componen el dramático lienzo.

Una canción sale del ipod de Ana, la favorita de rafa, con la fe suficiente para creer que eso despertara a su amante ; una dulce niña.
Toni a perdido la esperanza al igual que su padre ; Manuela en silencio le reza a no se que Dios.

Han Pasado seis meses y ni Manuela tiene esperanzas de volver a disfrutar de su hijo.
Los médicos Han perdido la esperanza . Todos hemos perdido la esperanza.

Solo un hombre puede traer la fuerza que necesitamos, Gandalf el blanco. Seis meses sin saber nada de él y aparece disfrazado , el tío Paco, un artista reconocido que acababa de llegar a la ciudad tras un año exponiendo en America. Excéntrico y el preferido de Rafa, aparte de Tío también su alumno más aventajado en pintura .

Ha pasado una semana desde la visita del tío Paco .
Rafa sigue en coma y su habitación vacía .
Hace dos meses que Ana no está.Ya no hay música , ya no hay besos.




*Uno - el camino* Yon cargó el fusil con una bala falsa mientras contemplaba el bulevar...

— Nacho Rey
Leer más...

Nacho Rey


*Uno - el camino*

Yon cargó el fusil con una bala falsa mientras contemplaba el bulevar Victoria-Parque, al final de la gran avenida. Las farolas alumbraban el paseo pero no se veía un alma en las calles. Yon barría cada tramo: los jardines, el camino, las vías exteriores. No había nadie. Daba la impresión de que iba a permanecer así para siempre, en silencio, como un espejismo. A Yon se le cerraban los ojos. Había permanecido despierto toda la noche. Se pellizca la barbilla, empujaba hacia afuera sus mejillas y se tironea de la oreja haciendo gestos de perro pachón. No sabía que pronto estaría en el borde del edificio, debatiéndose entre un sueño travieso y la vigilia.

Todos parecían despiertos pero no estaban allí...

"Un paseo por el parque", ésas habían sido las palabras de Jean Peré, el candidato desconocido. Junto a personalidades públicas y personajes de la fanfarria secular, económica y política, le acompañarían la alcaldesa Nuria Castillo, el gran empresario Zitro Cortina, encargado de la empresa de basuras y contratas de limpieza, y Citronela Pérez, presidenta de la diputación, consejera delegada de industrias Perseo (de su familia), vicepresidenta de juegos y apuestas Lario, y alcaldesa de la ciudad vecina entre otros cargos. Los incondicionales, paseantes, y algún padre de familia distraído que había ido a comprar el pan se quedaban mirando, absortos, mientras en la tribuna reían, hacía chascarrillos y se preparaban para su público. Los pequeños jardines de distintas formas geométricas ribeteados por ladrillo, bancos de piedra y las aceras exteriores eran pisoteados por aquellos de mirada fija. Se les reconocía fácilmente, portaban un walkie en el cinturón y la actitud de capo marcada en la cara; pronto estarían todos muertos.

A Yon le hubiera gustado que fuera una cacería, pero ni siquiera contaba con una arma de verdad, aunque en su duermevela podía vislumbrar como las balas, empujadas a una altísima velocidad por la explosión que se producía en el interior de las fundas de metal, atravesaban el viento e impactaban contra sus cabezas, salpicando al público estupefacto. Podía sentir incluso los mismos casquillos escupidos una y otra vez por la pequeña ventana lateral, el tintineo de las vainas doradas rebotando contra el suelo, el golpeteo del arma en el hombro. Podía ver sus cabezas malditas explotando, como balones con relleno, desintegrándose entre un público estupefacto y rabioso al darse cuenta de la masacre. Una cacería sin conciencia, más limpia al menos -y esa era la visión de Yon- que la que relataban los informes que habían caído en sus manos en los últimos meses.


No puedes jugar una partida solamente sobre la marcha, solía decir, Yon, si has de hacer algo, es más sencillo poder prever la mayoría de las respuestas posibles e improbables. De una forma u otra nada podría suplir a la experiencia; Yon no tenía ninguna, no al menos desde una azotea y disparando a objetivos de verdad.

Entre acólitos y curiosos la avenida estaba a rebosar en ambos sentidos de la circulación y en tres tramos anexos al parque, o quizás más atrás, según dictaminaba la policía local. Al menos justificaría que los accesos se encontraran cerrados hasta ese punto. A nadie parecía importarle si algún conductor que transitaba por la vía hubiera tenido que trabajar aquella mañana.

-Dime guapo, ¿te vas a poner a tiro esta mañana?, dime que si, que estarás allí, junto a mi banderita roja, sé bueno y verás como todos nos divertimos- mascullaba en voz alta Yon, como si quisiera atraer con su mente al candidato antes de la hora.

Yon no era un terrorista al uso; apenas había cumplido ventisiete años, suertudo y fuertemente motivado, tendría una oportunidad, una entre mil. Poseía eso que se suele improvisar y que pocos alcanzan, el talento de la anticipación, de visionar una situación, estar preparado e improvisar respuestas.

El efecto tirador de aquella mañana les haría más daño del que podrían contener. Dada la expectación muchos de los curiosos llevarían un smartphone en ristre, dispuestos a retratarse en el momento histórico. Pero no sería ahora, un ahora que a Yon se le resistía. Se encontraba sólo, distante, en silencio y con una agitación que no podía dilucidar si como miedo o excitación.

¡Joder!

La idea de la corporación pretendía ser un montaje fenomenal: El partido sólo quería sacar primeros planos pre-grabados con el rugir de multitudes y algunas cabezas visibles de la rama fuerte de la coalición. Había que dar fe de que efectivamente, en la ciudad de la más importante de minoría bergbiana del país, se había trasladado el candidato para impartir el que sería el primero de una serie de mítines. Ante las cámaras, con el efecto repetición, planos cortos y el sonido extra aparecerían miles de personas vomitando vítores entre pausas y frases lapidarias.

La ciudad está delimitada por cruces clavadas en los caminos. De cruces adentro la vida es dura, difícil y peligrosa, pero de...

— Maximiliano Jarque Blasco
Leer más...

Maximiliano Jarque Blasco

La ciudad está delimitada por cruces clavadas en los caminos. De cruces adentro la vida es dura, difícil y peligrosa, pero de cruces afuera están los perros.
La sociedad se divide en dos estamentos: los ciudadanos y la escoria.
Para que los ciudadanos puedan vivir tranquilos es necesario controlar a estos últimos. De eso se encarga la policía de la población. “Mantener el orden y la ley”, así reza el lema de todas las comisarías de la ciudad. Y no escatiman esfuerzos en su labor. El alcalde ha dado carta blanca al comisario jefe, y éste la emplea con dureza. La escoria tiene prohibido limosnear. Brigadas patrullan las calles erradicando la mendicidad: en las puertas de las iglesias, en los aparcamientos, junto a los supermercados. Los pordioseros encuentran el modo de subsistir en los contenedores de basura, lo que origina cada día peleas por su control. No es extraño que estas disputas acaben en muertes. Pero las leyes no contemplan castigo para los asesinos de la escoria, es más, las fuerzas del orden se felicitan cuando aparece el cadáver de algún vagabundo rodeado de ratas. Al fin y al cabo se trata de un problema menos. Una flota de pequeños camiones municipales se encarga de recoger y arrojar los fiambres a los perros. También tienen el mismo destino los que mueren de muerte natural, sobre todo por alcoholismo y politoxicomanías varias. En el cementerio solamente se entierran a los ciudadanos. ¿Qué pasa si algún miembro de la escoria asesina a un ciudadano? Es fácil adivinarlo: un juicio sumarísimo lo condena a la pena de muerte. Los perros dan buena cuenta de ellos. Los confines de la ciudad están lo suficientemente alejados para apagar sus gritos de espanto y dolor. Cuando los crímenes suceden entre ciudadanos, se suele cargar el mochuelo a algún harapiento. Y hay un pacto tácito para que el verdadero culpable indemnice a la familia del finado. A grandes rasgos esta es la situación social y legal de la ciudad.
El día de los muertos parte de la escoria va como en romería a la cima más alta de la ciudad. Desde allí se divisa todos los confines de la población. Entonces se les oye gemir. No rezan, ellos hace mucho que dejaron de creer. Al principio, son unos lamentos sordos. A los que se les va acompañando unos llantos estentóreos, que elevan el tono hasta alcanzar un sonido insoportable, que se mete hasta lo más profundo de las entrañas. Ese día los ciudadanos suelen cerrar sus ventanas para que esos gritos desgarradores de pena y desesperación no se cuelen en sus hogares ni aniden en sus sucias conciencias. Algún año, ante las denuncias de algún ciudadano, el comisario jefe ha dado la orden de enviar a la policía montada para que, a base de golpes de porra eléctrica desde sus caballos, dispersaran estas manifestaciones de duelo.
Los contenedores son los centros comerciales de la escoria. En ellos encuentran ropa, calzado, comida, maderas para las chabolas y chatarra para vender. Los carritos de supermercado son las furgonetas de los mendigos. Allí transportan todas sus pertenencias. Un buen cartón es el mejor de los colchones.
Una de la distracción de los jóvenes ciudadanos son las apuestas. Se suelen reunir en los bancos cercanos a los contenedores, que suelen haber enfrente de los supermercados, y allí se juegan su dinero. El juego consiste en adivinar que harapiento se hace con más bandejas de comida caducada, quién conseguirá más trozos de pollo putrefacto, más fruta podrida o pescado en descomposición. Casi siempre aflora la violencia, lo que es una suerte para el espectáculo, pues no pocas veces afloran los pinchos y la sangre corre por las aceras mugrientas.
Los perros han rebasado las cruces y se adentran en la ciudad. Están hambrientos. Salivan. Durante muchos años han estado bien alimentados. Han crecido y se han multiplicado. Pero ahora tienen hambre. Son demasiados y la comida escasea. Se han acostumbrado a la carne humana. Y cuando lleguen a las calles no distinguirán entre ciudadanos y escoria.

Lo llamaban «Errante» y recorría el mundo buscando la inmortalidad. Quienes lo conocieron le preguntaban: «¿Por qué lo...

— F. A. Real H.
Leer más...

F. A. Real H.

Lo llamaban «Errante» y recorría el mundo buscando la inmortalidad.

Quienes lo conocieron le preguntaban: «¿Por qué lo haces? ¿Acaso no te basta con una vida, más aún si es una tan larga como la tuya?». Pero Errante sólo los miraba, asentía sonriendo o bebía otro sorbo de su jarra, sin nunca decir palabra alguna al respecto. Hubo más de alguno que quiso sacársela a la fuerza y a cambio recibió muchas cosas: golpes, mala suerte y maldiciones (entre otras aún menos agradables), pero nunca la respuesta que buscaba.

Lo que sí se sabe era que su viaje no lo hacía solo. Su fiel compañera —y líder de la tropa que lo acompañaba— era una doncella que se rumoreaba había sido (o quizás todavía era) reina de algún pueblo lejano. Por supuesto que ella desestimaba tales rumores con gesto despreocupado o, si la insistencia era mucha, con miradas que mataban. Hubo algunos que susurraban, siempre que ella no estuviese cerca, que en realidad tenía una voz de ángel y que era capaz de matar (o sanar) con ella.

El único del que se sabe bastante (de su propia boca, al menos) es de Rod. Alegre juglar y trovador, pocos de los que conocen la historia de Errante se explican cómo fue que llegó a ser parte de tan particular compañía. Él mismo solía explicar que el misterioso hombre le hizo «una propuesta que no podía rechazar» y era sólo en este tópico en que se mostraba algo reacio a hablar. En todo lo demás era un bocón sin igual, bebedor incansable y virtuoso de la música, al punto que decía que lo habían apodado desde muy pequeño «dedos rápidos»… si es que algo así se puede creer.

Tal singular grupo se completaba con el que muchos han denominado «Corazón de martillo». Poco se sabe de este hombre de espalda ancha, pocas palabras y arma dispuesta, a excepción de que su sobrenombre provenía de un órgano sangriento que llevaba bordado en la capa. Algunas damiselas confesaban, a regañadientes y con algunas copas encima, que el guerrero en cuestión era la galantería encarnada, un robacorazones tan experto en las artes del amor como en las de la guerra.

Esta es la historia de cómo Errante empezó su búsqueda, cómo los reclutó y de las aventuras que vivieron, en busca de la vida eterna.

Rutina, ¿qué sería del ser humano sin unas pautas predeterminadas y destinadas a seguir? Quizás nos encontraríamos perdidos en...

— Andrés Alonso Gil
Leer más...

Andrés Alonso Gil

Rutina, ¿qué sería del ser humano sin unas pautas predeterminadas y destinadas a seguir? Quizás nos encontraríamos perdidos en un mundo irreconocible, rodeados de personas cuyo único fin es sobrevivir siendo creativos. ¿Sería un mundo mejor? Nunca lo sabremos.

Después de escribir esas palabras, y antes de cerrar su sesión en Facebook y apagar el ordenador portátil, intentó auto convencerse de que ella sería una de las pocas personas que sí lograrían descubrir cómo es un mundo sin reglas escritas. Al entrar en la cama sintió un ligero escalofrío que hizo que sus dientes castañeteasen un par de veces, y no porque las sábanas estuvieran frías. Mañana era un día especial, comenzaba una nueva etapa; y ella lo sabía.

- Buenas noches mundo- dijo al silencio de la noche.

Me desperté con una sonrisa en la boca bien grande, nunca antes me había pasado. Estaba totalmente convencida de que hoy es un día especial. Conduje mis pasos hacia el espejo; con cada uno que daba el sonido que hacía la madera al crujir era más fuerte, parecía una película de miedo. Cuando me hallé ante él, mis ojos llenos de esperanza no podían hacer otra cosa más que flotar de arriba a abajo y de abajo a arriba fijándose en aquel cuerpo desnudo.

En ese instante recordé unas palabras de mi abuela:

- Que bella estaría mi querida nieta si dejara que su vieja abuela pudiera hacer que se pareciera a la flor cantuta, serías la envidia de todas las chicas bellas y el sueño de todas las demás. Ojalá tus dulces labios pudieran ser confundidos con esos espléndidos caracoles que llevas por rizos. Estarías radiante princesa de mi corazón.

Y tenía toda la razón del mundo, mi pelo ahora es maravilloso. Me favorece. No tanto la nariz, ancha y respingona. Tampoco los ojos, tan negros como afilipinados. Ni las orejas, grandes y deformadas. Ni mucho menos la cara. Mi cara. En cambio si tengo una piel bonita y morena, sin granos. No soy muy alta pero si poseo una figura esbelta que me da seguridad. Apenas se nota el pasado. Y unas piernas, ¡qué piernas! Preciosas, simplemente preciosas.

- Nunca me llamarán guapa, y la verdad es que no lo soy, pero nadie jamás me podrá negar que tengo un buen cuerpo –dije convencida.

- Cariño, tú eres preciosa.

- ¡Mamá!, ¡estoy desnuda! - le dije enfadada mientras tapaba mis zonas íntimas con las manos -Te he dicho mil veces que no me espíes desde la puerta de la habitación.

- Perdona hija, no quería interrumpirte. El desayuno ya está en la mesa.

- Gracias mamá, ahora voy. Cierra la puerta.

- No tardes, y ponte guapa – dijo sonriente mientras la arrimaba sin dejar de mirarme.

Odio que solo arrime la puerta cuando le pido que la cierre. Aunque no me importa que ella me observe sin ropa, prefiero intimidad. Y gracias al Señor él ya no está.

Debo vestirme con velocidad o llegaré tarde mi primer día, hoy comienza una nueva etapa y no lo puedo consentir. Así que abrí la cómoda y cogí esa ropa interior que tanto me gusta, color verde esperanza. Abrí el armario y observé qué me quedaría mejor con mi nuevo peinado, y lo vi, ahí estaba, esperándome, llamándome. Lo cogí sin pensarlo dos veces y me lo puse. Ese chándal es perfecto para esta ocasión. Solo me quedan las zapatillas. ¿Dónde están? Mientras las busco por el dormitorio, tarareo esa canción. Es una manía. ¡Aquí están! Me las puse. Combinan a la perfección con mi ropa de hoy.

-Toma un cordón, forma una orejita, el otro la abraza y se mete en la cuevita. ¡Ya estoy lista!

Antes de ir a desayunar, me puse frente al espejo una vez más. Voy radiante. Sacudí mi cabello con la mano para alborotarlo un poco. Me gusta ir peinada sin estarlo. Y por fin, llegaron mis últimos auto convencimientos de la mañana. Mirándome fijamente a los ojos dije:

-Aquí y ahora empieza mi nueva vida. Hoy estoy dispuesta a pasar página, estoy dispuesta a coger esa pala y cavar un agujero enorme para enterrarle, estoy dispuesta a meter en un túnel largo y oscuro todo el dolor, y lo más importante, debo saber confiar en esa persona que esté dispuesta a ayudarme, escucharme, entenderme y aconsejarme. Todo el mundo tiene una en su vida, y ya es hora de que llegue la mía.

Mi vuelo llegó a las cuatro y pico, hacía un calor líquido, espeso, pesado como sí las moléculas de aire ahí en la isla fueran...

— Zamba Duarte
Leer más...

Zamba Duarte

Mi vuelo llegó a las cuatro y pico, hacía un calor líquido, espeso, pesado como sí las moléculas de aire ahí en la isla fueran de yogurt o de quedo fundido. No olía mal, a diferencia de otros aeropuertos y sobre todo, otras islas. Olía a algarabía, a conversaciones interruptas, inconclusas, sin definir, hablar por hablar, a un aquelarre.
Los 40 son un momento importante en la vida de una persona, lo había comprobado meses atrás, y no siempre en el buen sentido. Llegaba cargada de ganas de recobrar mi vida, o más bien hacerme una nueva vida con la base de mi yo anterior, de 10 años antes, esa verdadera Martina, mi esencia. Esperaba encontrarla poco a poco ahí, con mis amigas de la infancia, de mi primera vida, porque la segunda acababa de terminar. Montar una nueva vida es doloroso al principio, porque te arrancan el corazón, te sientes como el juego de la gallina turuleta, con los ojos vendados y desorientada después de que la vida te haya dado mil vueltas como a un trompo, dando pasos dudosos en busca de alguien que te coja de la mano o de que se te pase el mareo.
Así llegué a Punta Cana, con la crisis de los 40 aún escociéndome por dentro, bullendo. Fui a la habitación, lavé el sudor de mi piel que se había frito con ese sol incandescente en el camino al hotel. Ellas nos estaban en el hotel, les mandé un texto y me contestó Paty, me escribió superlativa que estaban cenando, que cogiera el trenecito. El corazón me latía fuerte, me sentía fuerte, independiente y segura de mí misma. Había estado tan débil los meses anteriores que coger un avión sola y un tren de hotel me parecía algo enorme, algo que antes no hubiera podido hacer sola.
Llegué al restaurante y estaba vacío, apenas se oía el ruido del viento sobre los techos de paja y los tenedores chocando en la cocina, que alguien estaría lavando o secando ya porque había pasado la hora de cenar. Caminé unos pasos, latidos fuertes en mi pecho, y al girar una esquina un grito "AMIIIIIIGAAAAA!" me hizo parar, la cara caliente de la emoción. Ahí estaban las 11 amigas de mi infancia, esperándome con un plato caliente en la mesa y una sonrisa de oreja a oreja. Abrazos pegajosos, besos frescos, caras de sorpresa. Me sentí feliz, me sentí más Martina que nunca, y querida como hacía mucho que no me sentía, no por ellas si no por mí misma.

Una mancha roja recubría el edredón de la cama. El silencio se había hecho con toda la habitación y apenas se escuchaban unos...

— Felipe Giner Gran
Leer más...

Felipe Giner Gran

Una mancha roja recubría el edredón de la cama. El silencio se había hecho con toda la habitación y apenas se escuchaban unos pequeños chasquidos de una cámara fotográfica. Salpicaduras de sangre goteaban de un cuadro que colgaba de la pared encima del "nido matrimonial". Algunas voces comenzaron a percibirse en aquella escabrosa suite del Hotel, aunque paulatinamente el revuelo se hacía más intenso. Vocablos típicos de la jerga policial inundaban todo el dormitorio y bajo una nube blanquecina visualizaba el rostro de un hombre que tenía el cuerpo desnudo salpicado de sangre. Veía todo borroso sin poder distinguir los rostros de los agentes que tomaban muestras de las pruebas evidentes de la muerte. La niebla fue desapareciendo despacio hasta que pude visualizar con seguridad la cara del ser humano que ya no respiraba vida. Suspiré profundamente, me fijé bien y observé que el cuerpo era el mío. Estaba levitando en el arie mirándome a mi mismo. Me asusté tanto que intenté gritar, pero algo me lo impedía. Nadie parecía escucharme, mi voz no fluía de mi garganta y no tenía forma de comunicarme con las personas que estaban alrededor mío. Note como si alguien estuviese zarandeándome en aquel instante y desperté por los gritos de mi mujer. Estaba empapado de sudor y Alejandra me explicó que no conseguía despertarme a pesar de incluso darme unas bofetadas para intentar hacerme reaccionar. Ya eran sucesivas noches las que se repetía una y otra vez el mismo sueño. Creía a ciencia cierta que se trataba de un presentimiento, como si algo terrible me fuese a suceder. No estaba seguro si pudiera ser un aviso de algún ser espiritual acerca de mi muerte o si por el contrario auguriaba años prósperos venideros. Me decantaba por pensar de forma catastrófica, acudiendo al trabajo asustado, cruzando la calle creyendo que me iban a atropellar, sopechando de la gente que me daba un empujón en plena Gran Vía de Madrid de forma inocente. Hasta llegué al límite de visitar a un psicólogo dejándome todavía más confuso de lo que me encontraba...

Sebastián se despertó aquella mañana con cierta somnolencia. Buscando a tientas logró apagar el despertador y comenzó su lucha...

— Raúl Saavedra López
Leer más...

Raúl Saavedra López

Sebastián se despertó aquella mañana con cierta somnolencia. Buscando a tientas logró apagar el despertador y comenzó su lucha diaria por abrir los ojos, algo que siempre acababa consiguiendo, aunque normalmente se le abriera primero el derecho y luego, algo más rezagado, el izquierdo. La verdad es que pese al buen aislamiento del edificio no había conseguido acostumbrarse al paso de los trenes a escasos cuatro o cinco metros de la ventana. La casa retumbaba un poco cada escasos minutos, y la única manera de luchar contra eso era la costumbre y los tapones en los oídos, porque una vez que la consulta realizada por el Alcalde de Chicago para hacer el metro subterráneo, alcanzó nada menos que un ochenta por ciento de los votos apoyando la idea de que siguiera este típico transporte, había que acostumbrarse a él, alejarse más del corazón de la ciudad, o ganar más dinero para trasladarse a la deseada Avenida Michigan, algo que para un emigrante hispano no era fácil. Recordaba las películas yanquis vistas en su país en las que salían escenas de pisos que retumbaban al paso del tren y siempre pensó en un decorado, una idea del guionista, o un efecto especial, pero no, resulta que era real, una realidad en la que ahora él era el protagonista.
Su mujer había dormido tres años en la cama de al lado desde que llegaron con sus pequeños ahorros para empezar una nueva vida, pero ahora lo había abandonado por un yanqui Rubio aunque igual de pobre. La verdad es que su rival era más guapo y joven, pero el prefería imaginar que lo había dejado para alejarse del traqueteo del tren porque estos abandonos de la mujer no eran muy frecuentes en su país y le producían un gran desprestigio social, algo que había aprendido a evitar desde niño porque vale más ser pobre pero honrado que rico y mal nacido, y mal nacido era aquel que no controlaba a su mujer. En medio del estruendo del metro que pasaba en aquellos momentos, buscó instintivamente la llave de la luz hasta que logró encenderla, y un fuerte sobresalto llevó su corazón hasta la boca para descender luego dejando un gran nudo en su garganta.

Y te fuiste, lejos…sin saber que yo sentía lo mismo por ti… Te fuiste con la contrariedad escrita en la cara, pues...

— MÓnica Villar Hermida
Leer más...

MÓnica Villar Hermida

Y te fuiste, lejos…sin saber que yo sentía lo mismo por ti…

Te fuiste con la contrariedad escrita en la cara, pues esperabas otra respuesta, la respuesta que creías haber leído en mis ojos.

Cómo explicarte que no era el momento.

El último año de mi vida había sido demasiado doloroso. Me había sentido humillada, engañada, traicionada, utilizada, anulada…estaba cansada de llorar.

Escuché una canción una y otra vez:

<< hoy vas a hacer reir porque tus ojos se han cansado de ser llanto; hoy vas a descubrir que el mundo es solo para ti y que nadie puede hacerte daño >>

Y tomé una decisión.

Tú me conociste un tiempo después, cuando solo veías sonrisa… Entonces, ¿cómo explicarte?, cómo explicarte que no era el momento, que sencillamente no podía. Tres semanas antes, si te hubiese conocido solo tres semanas antes, todo sería diferente.

Supongo que somos marionetas del destino.

Y te fuiste…

Y construimos vidas paralelas, sin cruzarnos, solo soñándonos. Formando una vida que se nos antojaba incompleta por sentir el latido de una historia inacabada, la que yo no había permitido que comenzara siquiera y que sobrevivía en mí solo con el recuerdo de aquella noche, aquella en la que la luna nos sorprendió bailando.

Yo te escribía, sin obtener respuesta. Pero al cabo del tiempo, el silencio y la indiferencia hicieron más daño en mí de lo que pude soportar, y me rendí.

Y lloré, y te odié, te perdoné, comprendí, y finalmente, te guardé.

Transcurrieron diez años y entonces, sin mas, sucedió. Habías conservado mi correo electrónico, me enviaste una canción…

¿Qué querías decirme?, ¿sería posible?, ¿acaso todavía tú…?, ¿acaso los embates del tiempo no nos habían destruido?, ¿acaso podríamos escribir al fin nuestra historia?

Me estremecí, todo resurgió de nuevo con más intensidad, oleadas de sensaciones me embistieron con la fuerza retenida de los años, mi pulso acelerado apenas me permitía pensar con lucidez, habías regresado…tú…a mi vida.

Y entonces, - ¡mamá! ¡mamá!, se oyó al otro lado de la habitación.

Y la realidad me abofeteó de golpe. Sin piedad. Precisa, certera, determinante…

No pudo evitar llegar tarde. Dudó entre ir en su coche o coger un taxi. Se equivocó de calle y encima tardó en aparcar....

— Rafael Sánchez Sánchez
Leer más...

Rafael Sánchez Sánchez

No pudo evitar llegar tarde. Dudó entre ir en su coche o coger un taxi. Se equivocó de calle y encima tardó en aparcar. Realmente no tenía claro acudir a aquella fiesta y cayó en una de sus frecuentes crisis de inseguridad. Temía llamar la atención al entrar, le preocupaba el que todos los grupos que se forman en este tipo de fiestas estuvieran ya en animada tertulia, y le aterraba quedarse descolocada y sentirse observada por todos. Después de salir del coche estuvo apunto de llamar a Alicia para decirle, con cualquier excusa, que no podía ir. Pero al final llamó al telefonillo de la suntuosa mansión.

Los segundos que transcurrieron hasta que oyó la voz de Alicia desde el interior de la vivienda se le hicieron eternos

- Hola Alicia soy Marta, lo siento no he podido llegar antes.
- No te preocupes, te abro.

Marta recorrió un breve camino empedrado flanqueado por el césped y pequeños arbustos del jardín que rodeaba la casa.

La puerta de madera noble de dos hojas, enmarcada por dos columnas dóricas estaba cerrada, por lo que tuvo que llamar a un pequeño timbre. En esta ocasión la espera fue breve. Alicia, con una copa en la mano recibió a su amiga.

- Pasa querida, voy a presentarte a gente que está deseando conocerte.

Marta y Alicia se movieron entre varios grupos de invitados hasta llegar al fondo de la sala. Enseguida le llamó la atención un hombre, era alto y moreno. Vestía americana azul, pantalón beige y una camisa blanca sin corbata. Le resultaba realmente atractivo. Marta no pudo evitar mirarle, pero en cuanto detectó su presencia, bajó la mirada.

- Juan cielo sírveme una copa estoy seca

Alicia se dirigía a él con gran confianza. Era evidente que les unía algo más que una simple amistad. Pero en las dos ocasiones que se vieron, después de volver de Londres, no le había hablado de él. La verdad es que a Alicia nunca le faltaron los hombres. En el instituto fue la primera del grupo de amigas que se “tiro al agua”. Cuando les contó – con apenas 16 años – que se había acostado con Toni, el chico más guaperas de la clase con el que todas soñaban, se quedaron sorprendidas. Desde entonces ha perdido la cuenta de cuantos hombres han pasado por su vida.

El presentador de las noticias deportivas informa sobre las últimas novedades de los jugadores del Barça. Su voz, algo...

— María Teresa Inés Aláez García
Leer más...

María Teresa Inés Aláez García

El presentador de las noticias deportivas informa sobre las últimas novedades de los jugadores del Barça. Su voz, algo estridente, aguda, y su rapidez de pronunciación, nombra a Pep, Cesc o algo así.
- "¡Mamá! ¡Papá me ha insultado!".
Ya comienza el conflicto nocturno. Como desde hace catorce años, todas las noches, a las nueve, tenemos pelea. El control sobre las disputas ya es cotidiano y las escucho como a la lluvia. Perdón: la caída acuática del vapor de agua me produce mayor satisfacción que las peleas entre familiares.
Vuelvo la vista a la pantalla del ordenador: una página de click por anuncio, otra donde se suceden los encabezados de los emails para ganar unos céntimos en esta crisis. Dos foros o tres - en uno de ellos recopilo mis elucubraciones -, las noticias y Facebook.
¡Un instante!. ¿Qué veo? Una noticia de un compañero, ex colaborador de un periódico virtual. Ambos somos escritores freelance. Qué circunstancias más extrañas pueden unir a las personas en un segundo determinado. Pide su voto para un texto breve, el inicio de un proyecto sobre un libro o varios... algo así.
Miro el título y clickeo sobre el enlace de Twitter que nos ha dejado. Como siempre, a pesar de la sencillez de la interface, me pierdo. Dibujos, letras. No sé si dejarlo para más tarde porque ahora me pierdo. La voz anodina, monótona y estridente de los actores que gritan las excelencias de los productos patrocinados, mi hijo pidiendo permiso para hacer una pregunta. O la luz amarillenta que melancoliza el ambiente. Ya lo decía mi madre cuando éramos niños: si deseábamos espabilar, lo mejor era huir de la luz amarillenta y ambientar con luz blanca.
Pero es la época de la imagen, de los ambientes, de la arquitectura hasta en los interiores, del brutalismo y el minimalismo combinados en una suerte de codiciosa absorción visual. Todo por el sexo, por el poder, por estar en la cúspide de la pirámide. Sí, esa que se encuentra en los billetes de dólar con un ojo encima, un símbolo masónico o quizás semireligioso: el ojo de Horus confundido con un iris divino que, enfundado en unas gafas de lentes triangulares nos observa a todos...
Sí, a todos, A ti, a mí...
Y suena el teléfono. ¡Qué agobio! Más tarde leeré la página esa del proyecto y del libro.
¡Vaya! Lo único que me faltaba era que, ahora, me falle el ratón. Vuelta a reiniciar.

Aquella mañana no hubo despertador. ¿Acaso lo necesitaba? Había pasado toda la noche en vela. Una noche larga y fría, que se...

— Diana Shugay
Leer más...

Diana Shugay

Aquella mañana no hubo despertador. ¿Acaso lo necesitaba? Había pasado toda la noche en vela. Una noche larga y fría, que se había metido en mi cama sin previo aviso.
Eran las seis. Los primeros rayos de luz acariciaban débilmente mi ventana. Una ventana gris, apagada, al igual que la habitación a la que servía. Miré a mi alrededor. Allí estaban mis maletas, sin terminar, como siempre, y el suelo lleno de objetos sin rumbo, al igual que su dueño. Decidí levantarme. Un día intenso me aguardaba ahí fuera. Iba a plantarle cara, pero esta vez, de verdad.
Me senté en el suelo y observé el caos que la noche anterior había creado yo mismo. Años atrás no habría soportador tanto desorden, yo, que era tan perfeccionista y metódico. Ahora, sin embargo, me parecía incluso placentero. Qué irónico. A veces tenías que poner todo patas arriba para encontrar tu propio espacio.
Y ahí estaba, entre tanta mierda, por llamarlo de algún modo. Tantos cosas que quería llevarme y para las que no quedaba hueco. Miré la foto enmarcada que sobresalía de esa maleta, incapaz de abarcar todo aquello que, de algún modo, representaba mi vida. Esa foto en la que salíamos los dos, tan felices, tan vivos. ¿Qué fue de nosotros?, quise saber. No. No podía llevarme eso. Ni tampoco mis trofeos de ajedrez. Ni el álbum que me regalaron mis compañeros de piso que conservaba nuestra loca vida universitaria. NI las cartas de mis padres. Sí. Todo ello era mi vida. Pero si me la llevaba conmigo, partir sería más duro, por no decir imposible. Si quería avanzar, tendría que abandonar mi carga. Y eso fue lo que hice.
Después de haberme pasado horas y horas haciendo y rehaciendo maletas, decidí llevarme una pequeña mochila con lo justo y necesario. Determinados documentos. Comida. Algo de dinero. Necesitaba estar vacío por lo que vendría después. ¿Qué qué sería? No tenía ni la menor idea. Pero sabía que no podía volver a desperdiciar 6 años de mi vida. No podía seguir esperando a que un día, de repente, pasara algo. Porque nada iba a pasar.
Cogí las llaves y eché una última ojeada a aquel pasillo que tanto había vivido. Tantos sueños, ilusiones, sentimientos que guardaban aquellas paredes blancas. ¿Volvería a verlo algún día? Preferí no saberlo. Simplemente cerré la puerta y giré la llave.
Ya estaba hecho. Estaba en el camino. Levanté la mirada al cielo y me di cuenta de lo bonito que era. Esta vez el sol estaba más radiante que nunca. Transmitía esperanza e ilusión, pero sobre todo fuerza.
Sonreí y empecé a caminar. Era el comienzo. El comienzo de algo grande, estaba seguro.

Aquél era un día lluvioso en el Valle de Mans. El viento azotaba intensamente los ventanales recordando al hombre cual era su...

— Elias Sanchis
Leer más...

Elias Sanchis

Aquél era un día lluvioso en el Valle de Mans. El viento azotaba intensamente los ventanales recordando al hombre cual era su posición respecto a la naturaleza. Pese a ello, me percaté de que la señora Amanda estaba paseando a sus perros. Llevaba unos tacones de aguja que no le permitían andar con su característico brío seductor. También llevaba una chaqueta beis a juego, que, junto al pompón de su gorro, lograba conseguir esa elegancia estrambótica que la caracterizaba. Todo sea por la moda, debería pensar. Los perros empezaron a ladrar al pasar por delante de la mansión, sabían que le tengo fobia a los animales y se aprovechaban de ello. Se estaba haciendo tarde y volví a mis quehaceres.
Caminé lentamente por el pasillo admirando todas esas grandiosas obras de arte y los retratos de la familia del Señorito, era como una sala de museo extraída de su hábitat natural. Levanté la mano, giré el pomo y abrí la puerta que dirigía a las escaleras del sótano, era agradable volver a oler el aroma a limpio, me había costado horas quitar las humedades. Finalmente me abrí camino entre las cajas de mudanza y abrí la puerta de mi habitación. Era un cuarto pequeño con una cama, una lampara y una estantería plena de libros viejos que nunca me había dispuesto a leer. Cogí la escoba y el recogedor y volví al salón. No podía tardar mucho, aquella noche el Señorito tenía visita.
Limpié y limpié hasta que no quedó mota de polvo, me pasé por la cocina sólo para saludar a Doris, que estaba guisando algo riquísimo para la noche. Pegunté por mi cena y me dijo que ya tenía el caldo hecho y más tarde me daría la tortilla. Ese era el menú diario, me encantaba. Me despedí de ella aunque no me correspondió con mucha cortesía. Doris era una mujer alta, robusta, criada entre hombres, por lo que le faltaba el refinamiento que suelen tener el resto de empleadas del Señorito. Su pelo era granate, rizado y sucio como su delantal. Nadie sabía exactamente porqué había acabado en la mansión, pero sus habilidades culinarias eran realmente excepcionales.
Acto seguido, fui a limpiar la sala de reuniones donde se iba a producir la cena, mientras, silbaba una canción infantil que me enseñaron los primeros días de mi llegada, cuando tan solo era un niño. Me acordé de mis días de infancia, de cuando estaba solo y no tenía nadie. Me acordé de porqué había llegado a la mansión y de como mi vida había cambiado. Era feliz.

Otro viaje, otro tren, otra estación o ¿acaso la misma? Ahora saco fotos de cada una, fotos de la gente, del edificio, de los...

— Candela Terriza
Leer más...

Candela Terriza

Otro viaje, otro tren, otra estación o ¿acaso la misma? Ahora saco fotos de cada una, fotos de la gente, del edificio, de los puestos. He decidido que quiero tener en foto esos lugares en donde tantas veces he esperado. Desde hace más de 20 años espero en ellas, las estaciones de tren.
A veces tan familiares y otras tan frías. Algunas alegres, otras demasiado tristes, según mi historia en ese momento del camino. Cuando no estoy ensimismada en mis cosas, reparo en la gente que va y viene, con sus pensamientos, sus destinos, sus historias, sus vidas. En esos momento me encantaría tener un artefacto capaz de leer sus mentes, de entrometerme en sus historias, de conocer sus vidas y sus inquietudes, de saber donde van y por qué. A veces no es necesario un artefacto. Sus rostros hablan y puedo leer que sienten. Poco después me saturo, y cambio de tercio. Comienzo a elucubrar sobre lo deprisa que pasan los años y lo efímera que es la vida, el propósito de todo, lo que nos mueve, corriendo por esas estaciones , de un lado para otro. Empiezo a ponerme pesimista, a ver gente sola, realmente sola, gente triste, gente intentando llenar ese vacío que siente dentro y que como yo, siente más acuciante que nunca en esos momentos de pausa, de espera entre una estación y otra, en cada viaje...Y luego, mi pensamiento da un giro y pienso que, en ese preciso momento , todos los que allí nos encontramos, de alguna forma estamos juntos y acompañados, por ese breve espacio de tiempo...
Hoy no tengo ganas de fotos, es uno de esos días en que me da igual el resto de historias. Hoy yo soy a la que otros observan, ensimismada en mis pensamientos, pensando que me aguardará al final de este viaje. Dejo atrás Madrid y algunos sueños rotos. Mi alma puede oler ya el salitre y la brisa del mar. Allá donde voy apenas habrá tiempos de espera ni andenes. No habrá tanta gente y tantas historias deambulando a mi alrededor. Quizás lo eche de menos, seguro que lo echo de menos, pero no de inmediato. Primero he de imaginar nuevos sueños , respirar el aire fresco que siempre ofrecen esos lugares nuevos, esperanzadores...

En el principio, había un chino. Así como al final habrá un gato o dos o uno. Dependerá de la precisión del deseo, justo...

— Arturo Andreu Villalba
Leer más...

Arturo Andreu Villalba

En el principio, había un chino.
Así como al final habrá un gato o dos o uno. Dependerá de la precisión del deseo, justo antes de abrir la puerta.
Entre ambos, el tejido sin telar, las joyas sin orfebre que el comerciante oriental ofrecerá a quien traspase el líquido umbral de su tienda y no se atreva a proponer un precio.

El principio está iluminado para deslumbrar, oscurecido para atraer. Las calles del centro de la ciudad parpadean hasta la hipnosis: el calendario, la verdadera autoridad secreta, les ha permitido conquistar las luces más serviles; semáforos, farolas y automóviles se rinden ante el éxtasis disciplinado de los transeúntes que enarbolan bolsas –plateadas u obscuras según el prestigio que cada comprador decide concederle– como los trofeos de un torneo plebeyo.
Es un desfile reservado a grupos claramente conformados por edades y expectativas; algún solitario sin propósito y sin envoltorios se refugia momentáneamente en los soportales para esquivar la risueña tormenta de comentarios acerca de lo que ha podido adquirir y de lo que no.
Hay dos corrientes opuestas que nunca se mezclan. La sincronización del movimiento es más importante que el destino. Este orden disciplinado dentro del suave caos se aproxima tanto a una de las fantasías preferidas del poder que, maravillas de la mayoría, los vigilantes de las tiendas, con sus uniformes coloreados según la franquicia que protegen, parecen estar de más.
El transeúnte solo titubea desde la incómoda penumbra. Se apoya en la verja cuyo candado cierra un pasaje de locales que se rindieron hace tiempo ante los ultimátums tricolores –SE VENDE O SE ALQUILA– que apenas pueden distinguirse más allá de la reja.
Divaga, se pregunta por los nuevos nombres de los siguientes dueños de los locales y por extensión, del país. No sabe lo que quedará del país y no importa: hasta el terreno más desolado tendrá su dueño. El hombre sin regalo, conoceréis su nuevo nombre a la vez que él mismo, suele preguntarse por todo por lo que conoce. No esa la razón la que titubea ahora. Sostiene un viejo reloj de bolsillo que juega al brillabrilla con los rótulos del otro lado de la calle atestada.
Lo consulta como haría con una brújula, balanceándolo a la altura de sus fascinados ojos para tratar de descubrir un brillo ignoto, propio del objeto. Desde luego, Mister Lao (conocerá el nombre del chino poco antes de obtener el propio), el "auténtico maestro de lo falso", ya ha conseguido su objetivo sin necesidad de grabar frases abstractas.
Sin embargo, en cuanto escampe ligeramente la procesión de consumidores felices el hombre también se unirá a ella. Después de todo tiene un propósito, aunque no el que el cree. Emprenderá la búsqueda del bazar oriental donde una amiga le encontró el reloj. El pretexto (¿hace falta una razón para comprar?, considera retóricamente desde la orilla invadida) es encontrar alguna sorpresa para su sobrino que lo tiene todo.
Todo lo que tendrá que hacer es dar con la tienda del chino, atisbar aquel fulgor marino entre los neones que lo oscurecen, preguntar por algo raro para un niño al que ya nada se lo parece. El chino se acordará de la chica que le compró este extraño reloj, la misma a la que el hombre que espera un nombre pretende olvidar. Porque el comerciante será un hombre ¿no? y seguro que conservará en la memoria a una mujer inTeresante que vencería a cualquier monje ciego en un campeonato mundial de acertijos. El chino se adentrará durante unos interminables momentos en la trastienda iluminada con la misma luna que condena a los peces, y le ofrecerá algo tan tan especial que no muestra a nadie y el precio le parecerá bien y él lo comprará y saldrá de allí con la misma tranquilidad con la que entró.
Espera que sea fácil. De hecho, esperar es lo que mejor se le da. Aprovechar cualquier meandro del azar para recoger los frutos de la marea que nadie tiene tiempo para aguardar. Le gusta creer que en eso consiste su habilidad secreta: esquivar la cuadrícula, cuadricular lo esquivo.
El hombre que busca su regalo se equivoca.














La humanidad no habia visto tal coraje por parte de un grupo de personas, los habían observado, estudiado y a partir de la...

— Xie Zar
Leer más...

Xie Zar

La humanidad no habia visto tal coraje por parte de un grupo de personas, los habían observado, estudiado y a partir de la mañana de 12 de octubre comenzaron a ser buscados, así comenzaba el relato el joven a los niños de la aldea nueva tierra en los confines de la selva ecuatorial donde estaban a salvo por conjuros creados por chamanes del amazonas, estaban bajo las ramas de de la densa selva y todo lo que, sobre volaba no lo alcazaba a percibir, los caminantes cuidaban las hojas eran personas que no habían estado en el amazonas nunca y pertenecían a selvas mas secas mas altas y igual de verdes eran de otra raza pero sabían de la naturaleza, los llamaban los guardianes dorados ,...no por el oro, sino por el tono de su cabello, eran grandes y gallardos, por otra parte los exploradores que eran un grupo de nativos que tras la inundación se propusieron hacer nuevos caminos dentro de la selva y junto a los guardianes cubrir el techo de hojas.
En el año 3500 la tierra se inundo y las regiones mas altas de la tierra se llenaron con humanos de todos los lugares, todo lo desarrollado por la humanidad se vio borrado tras una serie de tormentas continentales que olvido a países, desapareció personas y estableció un nuevo orden terrestre en el planeta.
Una tragedia total inmortalizo los sobrevivientes, todos eran heroes por ser el futuro de la humanidad dentro de la tierra así lo decían los ancianos.
Simplemente hay que explorar los caminos de la selva ver y contar los animales encontrar los humanos perdidos y las maquinas que aun estan de nuestra parte para formar una nueva civilización lo mas pronto posible, la estructura y la organización en estos tiempos para un guardian eran lo primero y para un explorador es algo totalmente nuevo, quien pensaria que un soldado del norte de europa tenga que razonar con un indigena del amazonas para organizar el futuro de un poblado de supervivientes de la nueva tierra.
Ahora sabemos que hacer y podemos mejorar, es el momento y lo podemos lograr es la premisa de todos los individuos de la aldea y el slogan del alcalde autoproclamado un joven indigena que a estudiado por todo el mundo y lo cojio la inundación visitando a sus padres en bolivia.

Era un día frío y nublado, el viento resoplaba con fuerza y el reloj anunciaba que ya eran las doce del mediodía, ella notaba...

— Clara Suárez López
Leer más...

Clara Suárez López

Era un día frío y nublado, el viento resoplaba con fuerza y el reloj anunciaba que ya eran las doce del mediodía, ella notaba que era hora de irse cundo vio como el panadero se disponía a cerrar la tienda para ir a comer; así que recogió su cuaderno y lo metió en su mochila. Caminó diez minutos hasta llegar a la calle de Moonway, directamente se dispuso a subir las escaleras que daban al portal y se sacó un juego de llaves de la mochila, abrió la puerta y subió las escaleras ya que prefería hacer un poco de ejercicio, llegó al quinto piso y caminó hasta la puerta 5.A, metió la llave en la cerradura y entró en la casa, colgó su abrigo en un gancho cercano a la puerta y caminó hasta el salón, allí observó como sus padres discutían, algo muy normal en su rutina diaria, ya había pasado más de cuatro veces en aquella semana así que se sentó en el sofá para ver que tal les iba.
-¡Ya estoy harta de que siempre lo dejes todo desordenado!
-¡Pues si tu te pusieses a limpiar más no estaría así de sucio!
-¡No me eches la culpa de tus malas acciones!
-Claro...¡Como la señorita "Doña Perfecta" nunca hace nada malo!
-¡Se acabó, mañana mismo pido el divorcio!
-¡Pues vale, así no te tendré que aguantar más!
-¡Te odio Heber!
-¡Y yo aún más, Blanca!
Entonces Atala se levantó de golpe del sofá caminó manteniendo la cabeza baja mientras sus padres la miraban con compasión, cogió de nuevo su chaqueta y su cuaderno y se marchó, mientras se alejaba pudo escuchar como sus padres se echaban la culpa mutuamente subiendo el volumen según ella se alejaba, pero lo que no sabían era que Atala no tenía ninguna intención de volver, ¿qué pintaba ella en medio de aquel par de personas?, por lo único por lo que ella no se había ido a vivir a otro lugar era porque todavía no tenía ni edad ni dinero para considerar aquella idea que ya no parecía tan disparatada, por eso, antes de bajar al centro para escribir su historia como todos los días, se había escabuido y había cogido sus ahorros y algún que otro billete de la caja fuerte de su padre, se llevarían un buen mosqueo con ella cuando se diesen cuenta pero como no iba a volver no tenía ninguna intención de preocuparse. Caminó otra vez hasta el centro y escribió en su cuaderno como todos los días, pero esta vez no era como las demás y no solo porque se había fugado de casa, sino porque había distinguido a un chico al que no había visto en su vida en aquel lugar, observó como se levantaba, mientras el viento azotaba su flequillo marrón a un lado, se acercó a ella y le dijo suavemente:
-Hola, ¿puedo sentarme contigo?
-Claro-musitó con una voz de extrañada mientras él le dedicaba una sonrisa.

Los cines Albatros siempre estaban lejos .Llegamos y era un desierto.Eso pensaba.No llovía .Nunca llovía a la salida.Era un...

— Ágata Natalie
Leer más...

Ágata Natalie

Los cines Albatros siempre estaban lejos .Llegamos y era un desierto.Eso pensaba.No llovía .Nunca llovía a la salida.Era un código.El código de los que van a los cines Albatros.Seis salas y en ocasiones te escondías o te escabullías o raptando como una serpiente cambiabas de sala.Una entrada con la película errónea y a mitad te ibas a las otras.Azul y su música y la luz del proyector y la puerta entreabierta .Tres colores.Únicamente Azul.
Azul .Aún recuerdo como nos colamos en esa película, a mí me gustaba por la fotografía al Otro, sí ese Otro que siempre me andaba o nos andábamos pegados, también le gustaba pero por otros motivos pseudo intelectuales disfrazados de puro deseo y erotismo.
No lloramos al final de todo ese metraje teñido de añil y melancolía y silencios y lámparas de araña de diamante , pero a la salida sí llovía.Era extraño ver como llovía cuando el código de los que iban a ver cine a esas salas era que nunca debía llover .Se mojó el bono y mi Otro, ese Otro pegado, amante y ,enemigo cuando no nos aguantábamos de tanto vernos, tiró enfadado el bono porque de pronto se dió cuenta de que ya no íbamos a ver más películas juntos a las Salas Albatros.Al principio no entendía de ese enfado, tampoco de la lluvia, tampoco de tirar el bono cuando la siguiente vez nos tocaría una entrada gratis,pero el Otro me miró profundo, muy adentro y me dijo:
-Sabes que no te olvidaré .
Y el Otro que muchas veces se escondía y no me venía a buscar en días porque sumergido en sus silencios o traiciones me negaba ,salió rápido con el coche y a los 90.000 segundos , quizás algo más tarde ,quizás unos tres días,quizás a la semana, me mando un mensaje a mi móvil en el que me decía NO TE QUIERO.
Entonces comprendí la lluvia de la salida y el bono en la acera tirado mojándose con todos sus cuños diluidos,también como mi cuerpo hacía tiempo que no contaba porque intuía que la cuenta atrás esta vez se había parado para mucho tiempo.Como no podía contar ni mentalmente ni con los dedos ni con ningún aparato, tampoco necesitaba ya de calendarios, ni de calculadoras, ni de móvil, tampoco de más bonos de Cines Albatros porque siempre llovería.Y tiré todo, hasta el reloj digital que era sumergible .Lo tiré todo y decidí no volver más a aquel cine.

Me acerco a la ventana con sigilo, no quiero que la tía Alda me oiga porque sé que me llevará a la sala oscura otra vez, voy...

— Clara Suárez López
Leer más...

Clara Suárez López

Me acerco a la ventana con sigilo, no quiero que la tía Alda me oiga porque sé que me llevará a la sala oscura otra vez, voy de puntillas evitando hacer ruido entre el suelo crujiente de madera, me asomo la ventana y veo el paisaje nevado,veo niños haciendo muñecos de nieve, padres que llevan trineos y ángeles de nieve que las niñas han hecho en la capa de nieve que antes era un precioso prado "Yo, que vivo, en Shirakawago, un pueblecito aislado a los pies del monte Hakusan, escondido debajo de una bella capa de nieve blanca, sin poder salir de casa, ¿qué he hecho yo?" Muchas veces me lo pregunto, aunque mi tía dice que es porque soy una niña odiosa y caprichosa y que tengo suerte de que ella me mantuviese después de que mis padres murieran en un accidente de avión cuando yo tenía tres años.
-¡Nela! ¡¿Eres tú?!-Despego mi cara del cristal rápidamente y vuelvo corriendo a mi habitación, pero alguien me agarra del hombro antes de que pueda llegar-Con que mirando la nieve otra vez, ¿eh? voy a tener que darte una lección, ¡ahora mismo te vas a la sala oscura!
-¡Porfavor tía! ¡Ten piedad!
-Nada de eso, esto te enseñará a obedecer bien las normas de estas casa.
-Pero... tía..., no me parece justo que me obligues a quedarme en casa cuando todos los niños están jugando fuera.-Siempre había querido plantarle cara a mi tía desde que me obligaron a vivir con ella, aunque no creo que sirva de mucho tal y como es ella.
-Bueno querida, a mi tampoco me parece justo tener que ocuparme de ti, así que creo que las dos estamos en paz y ahora, ¡vete inmediatamente a la sala oscura!
-Sí, tía.
Me dirijo a la sala oscura, mientras mi tía se queda de pie, con los brazos cruzados, entonces giro a la izquierda y dejo de verla, sigo el pasillo de frente y llego hasta la puerta, doy un suspiro y agarro el manillar dorado que da hasta mi castigo por hacer algo que, ni siquiera sé si está mal, abro la puerta con cuidado y, en ese momento alguien rompe la ventana y sube por una cuerda, "Pero, ¿qué es esto?" Veo que es un chico de trece años, igual que yo, es pálido y tiene el pelo corto y rubio, sus ojos son verdosos, con un toque de azul, tiene los labios arrosados, va de negro y veo que tiene varios arañazos en el rostro y en las piernas, de pronto veo que me mira fijamente y me dice:
-Nela, soy Elio y he venido a sacarte de aquí, acompáñame.
-De acuerdo.-No se quién es ni a dónde me lleva, pero es mejor que quedarme en esta odiosa casa con la tía.


Qué difícil. Mi bastón es ya inseparable de mí. Es difícil estar solo ya a mis años. Me pregunto en qué acabará la historia....

— Alfonso Romero
Leer más...

Alfonso Romero

Qué difícil. Mi bastón es ya inseparable de mí. Es difícil estar solo ya a mis años. Me pregunto en qué acabará la historia. Si algún día sin darme cuenta dejaré éste cuerpo que se fué acabando hasta esta condición. A veces he siento que caeré y ya no sabré más. Se me hace costumbre esa sensación.
Me hubiera gustado saber algunas verdades desde temprano pero no fué así. Tuve que seguir muchas veces el camino largo, o el tortuoso. Darme cuenta que la vida sucede en lo que le hago a la gente, lo que me hace, lo que se hacen entre ellos y lo que me hago a mí. Y algo más importante, siempre dejar un buen recuerdo en la memoria, suave, sobrio, sensato, luminoso, que se recuerde con gusto. Después de todo me pongo a pensar que en una de esas muero y lo único que me quedará es eso: mis memorias de cuando fuí humano.
Temo pensar que uno quede atrapado en el recuerdo de la identidad humana que fué, en mi caso, Manuel Suárez, profesor de primaria, y no tenga uno más qué recorrer qué los años que vivió, dando paseos en recuerdos de toda índole. Instante por instante. He llegado a escuchar que la mente humana lo sabe todo, detalle por detalle, momento por momento, todo lo registra, consciente o no, y en algún momento surge y lo recuerda, entonces parece un deyabú, entonces toma una decisión de vida. Pero ya fallecido uno me da la impresión y angustia de que si vivo en mi memoria
no tendré más que los años que he vivido. Tal vez son infinitos, un segundo, la eternidad.
Cuando tenía 40 empecé a cuidar mis recuerdos. Empecé a pensar en escribir un libro, pero no había tiempo. Había que trabajar. Pero no es importante ese pretexto... decidí hacerlo con mis actos, con psicomagia, con amor, con temple.
Pero quién o quiénes me llevaron a ésta certeza de que hacía bien con éste pensar?. Había una calle en la zona azul, allá donde están los cinemas. Había un café donde se juntaban varias mesas y se comentaban lecturas, pinturas, poemas, había muchachos y personas de edad que tenían un convenio

Ahí estaba, el ruido más infernal y desagradable que existía sobre la faz de la tierra: ¡el despertador a las siete de la...

— Maria Caballer Tarazona
Leer más...

Maria Caballer Tarazona

Ahí estaba, el ruido más infernal y desagradable que existía sobre la faz de la tierra: ¡el despertador a las siete de la mañana de un lunes de febrero!
A pesar del frío y de encontrarse aun saliendo de las profundidades del sueño, Alicia hizo un esfuerzo sobrehumano para vestirse con rapidez y prepararse un café. Como siempre tenía los minutos contados para llegar a tiempo al trabajo.
Alicia luchaba porque no se le cerraran los parpados, mientras pensaba que lo que le haría realmente feliz en ese momento sería volver a la cama durante tres o cuatro horas más. Pero ese pensamiento hacía todavía más duro el trance de afrontar al día.
Además de la desapacible meteorología y de lo antipático que puede resultar cualquier lunes de invierno, esa mañana a Alicia se le sumaba una de esas descargas malignas de hormonas que de vez en cuando atacan sin piedad a las mujeres dejándoles los ánimos a la altura del subsuelo.
Ese día lo veía todo de un gris demasiado oscuro, aunque también es cierto que en general, a esas horas de la mañana siempre le había costado encontrarle un sentido a la vida.
Con este halagüeño contexto, Alicia tomó fuerzas para salir a la calle, coger el autobús y enfrentarse a su intensa jornada laboral.
Sin embargo, los ánimos bajos no siempre habían sido un mal presagio para ella, de hecho las cosas más bonitas de su vida, habían tenido casi siempre como preámbulo escenarios sombríos y desesperanzados. Así era en general su vida, una sucesión de dicotomías, del negro al blanco, de Kansas a la ciudad de Oz en un abrir y cerrar de ojos.
Lo cierto era que desde hacía ya varios meses, Alicia arrastraba a duras penas una melancolía muy aguda, se habían alineado en su camino algunas desilusiones, intensas y punzantes, así, todas de golpe, sin preavisos y sin pedir ningún permiso. Pero si las reglas del Karma funcionaban correctamente, y ella había echado bien sus cuentas, esa tristeza que no la dejaba a solas ni un momento, debía de tener los días contados.

<<-''La vida en las calles debe ser difícil''-Eso es algo que siempre se piensa, ¿No? Pero nunca se llega a saber cuan...

— Nerea Tuya Rodriguez
Leer más...

Nerea Tuya Rodriguez


<<-''La vida en las calles debe ser difícil''-Eso es algo que siempre se piensa, ¿No? Pero nunca se llega a saber cuan complicada es hasta que no lo experimentas. Mucha gente tiene la suerte de morir sin conocer el sufrimiento que amenaza los corazones de aquellas personas que como yo, no siempre tenemos un techo donde refugiarnos por las noches, ni un plato caliente con el que calmar nuestros hambrientos estómagos.
-''Si, la vida en las calles definitivamente debe de ser difícil''-Yo a veces me pregunto, ¿Por que tiene que ser todo tan complicado? No lo entiendo, hay personas ricas y personas pobres, el concepto no es complicado, ¿Verdad? En cambio, no comprendo por que. Por que cuando me siento en los escalones de una cafetería, el camarero sale y me echa con una escoba, ni cuando tengo mucha hambre y me acerco a la gente que camina por la calle, se apartan y me miran con asco. Eso duele.
Aunque, definitivamente, lo que mas me duele es ver a otros niños con mochilas a las entradas del colegio. Es en esos momentos en los que me digo a mi misma: ''Yo también quiero ir a la escuela''.
Pero no me puedo quejar, al menos, yo tengo una casa a la que volver, un padre al que querer y a veces, en muy escasas ocasiones, comida sobre la mesa. Y es en estos momentos en los que pienso...Que tener nueve años y vivir así, no es justo.>>
-¡Anny!-El corazón me da un vuelco. Apresuradamente me levanto, cierro el diario y lo escondo a mi espalda justo cuando la puerta de la habitación se abre, dejando paso a un hombre desaliñado, con la cara sin afeitar y el pelo echo un desastre-¿Que estabas haciendo Anny?
-Nada-''Las mentiras siempre atraen a mas mentiras, no mientas Anny, o mi corazón se pondrá triste''. Papá siempre me dice eso, pero lo que el no sabe, es que si le digo la verdad, se pondrá mas triste que si le cuento una pequeña mentira. Si es pequeña, no tiene por que hacer daño, ¿No?
Cuando encontré el diario abandonado en la calle, me prometí a mi misma que no le diría nada a papá. El no debe saber que encontré el diario que mamá escribía, y que ahora soy yo quien le escribe cada noche. Papá odia mi diario, cree que lo que mamá escribía en el estaba mal. A decir verdad, no puedo decir si lo que cree es correcto, pues no entiendo la mayor parte de lo que mamá escribió en el.
-Escucha Anny, un amigo va a venir a casa. Por eso quiero que te quedes aquí y sin hacer ruido, ¿Queda claro? No salgas hasta que yo te lo diga-Asiento en silencio y el desaparece cerrando la puesta tras de si.
Yo se quien es el ''amigo'' de papá. Se llama Jimy, aunque en la calle todos le llaman ''camello'', raro ¿Verdad? Por que Jimy es un humano, no un camello, al menos, no tiene pinta de ello.
Papá dice que cuando viene Jimy, no debo salir, aunque yo ya se lo que hacen. Una vez en secreto que escabullí hasta el salón y vi como papá se pinchaba con un aguja en el brazo. Si, si, una aguja, como las que hay en los hospitales. A mi no me gustan las agujas, me dan miedo, pero parece que a papá le gustan mucho, por que siempre anda con alguna cerca. Yo le admiro, es muy valiente al no tenerles miedo.
Oigo voces en el salón, creo que Jimy ya a llegado, y si el esta aquí, quiere decir que ya es hora de que me marche.
Comencé a hacer esto hace alrededor de dos años, cuando en una de las visitas de este amigo, papá se puso furioso, estaba muy raro, tenia los ojos hinchados y parecía desesperado, yo me asuste y comencé a llorar, y fue entonces cuando papa me hizo daño, por eso ahora tengo una cicatriz en la espalda, es el miedo a que vuelva a suceder lo que me impulsa a escaparme por la ventana siempre que Jimy viene a visitarnos.
Llueve fuera, como diría mamá, ''llueve a mares'', así que me doy la vuelta, me pongo un chubasquero amarillo que la anciana del tercero que regalo por mi octavo cumpleaños y recojo el paraguas con forma de rana que guardo debajo de la cama. Abro la ventana y con un pequeño salto, ya estoy en la calle.
Se supone que no debería hacer estas cosas, papá siempre me dice que en las calles viven unos monstruos feroces, unos que secuestran niños y los separan de sus padres, si, si, son monstruos que pertenecen a una tribu a la que todos llaman ''Servicios sociales''. Papá dice que devoran niños, y que debo mantenerme alejada de ellos lo mas que pueda. Yo nunca los he visto, pero por lo que se, dan muchísimo miedo. Deben de ser atroces.
Mientras caminos por la calle, veo un gato que se escabulle por un callejón. Se que no debo hacerlo, pero las ganas de seguirlo me superan, y mientras sujeto con fuerza el diario contra mi pecho, me resguardo bien bajo el paraguas y echo a correr. Para cuando llego al callejón, el gato ya no esta, en su lugar hay un niño.
No soy buena calculando las edades, pero parece un par de años mayor que yo. Sus ropas están algo gastadas y su pelo parece un poco pegajoso, me recuerda al de papá. Me acerco despacio, tengo miedo a espantarle, como me pasa con los gatos callejeros.
Estoy junto a el, cuando veo que entre sus manos sostiene un pequeño gatito, peludo y chillón.
-¿Es tuyo?-Le pregunto ladeando la cabeza, intentando ver mejor su rostro. No me tengo que esforzar mucho, por que rápidamente se dirige a mi y clava su mirada en la mía. Tiene los ojos verdes y las mejillas coloradas a causa del frío.
-No, lo recogí de un contenedor dos calles mas abajo.
-¿Te lo vas a quedar?
-Quien sabe...¿Tu lo sabes?
-No-Este niño es raro, ¿Como quiere que yo sepa lo que va a hacer con el gato?
-¿Como te llamas?-Se levanta y me mira fijamente. Es mas alto que yo y me cuesta mantener su mirada, a no ser que me ponga un poquito de puntillas
-Anny, ¿Y tu?
-Cool-¿Cool? ¿Que clase de nombre es ese? Me recuerda al de una verdura. Por un segundo me distraigo con el gatito que el niño aun sujeta. Es precioso, a pesar de estar tan sucio. Siempre me gustaron los gatos. En casa teníamos uno, antes de que mamá desapareciese.
-¿Donde vives Cool?-Pero no le miro, yo sigo pendiente del animalillo que aun gime con fuerza en las manos inocentes de un extraño.
-No lo se...¿Lo sabes tu?-Definitivamente este niño es muy raro, rarísimo, ¿Como quiere que sepa yo donde vive si no le conozco?-Oye Anny...¿Te gustaría vivir una aventura?-Esa petición ya la he odio antes, y se, por lo que dicen en la tele y en el barrio, que nunca acaba bien. Me aparto lentamente, creando una distancia considerable entre ambos, no quiero que se acerque mas. Pero a el no parece molestarle, y mucho menos importarle, por que extiende su mano hacia mi y una sonrisa cubre su rostro-No te voy a hacer daño, si es lo que piensas.
Debo de estar loca, por que algo muy dentro de mi me insta a tomar su mano, algo en mi interior me dice que no es malo, que puedo confiar en el, y eso es raro, por que le acabo de conocer, pero...¿Una aventura? No tiene mala pinta, y aunque no estoy muy segura de lo que puede pasar, se que soy fuerte, solo tengo que probar...Si veo que algo no sale bien, siempre puedo huir, como mamá hacia cuando papá volvía a casa cantando y oliendo a alcohol. Una aventura...No pasa nada por probar, ¿No? Así que tomo su mano y dejo caer el paraguas. Nos alejamos con paso tranquilo de aquel mal oliente lugar, no hay nada que temer, eso es lo que mi corazón me esta diciendo. Tal vez esta sea la segunda oportunidad de la que todos hablan, tal vez ahora encuentre la felicidad, incluso quizá pueda ir a la escuela...Si, debe ser eso.

Las ultimas hojas del otoño que agonizaba conjugandose con el frio casi inaguantable del joven invierno recien comenzado, que...

— Claudia Solis Martinez
Leer más...

Claudia Solis Martinez

Las ultimas hojas del otoño que agonizaba conjugandose con el frio casi inaguantable del joven invierno recien comenzado, que congelaba los huesos, en aquella pequeña comunidad, en donde sus pobladores hacian frente al frio, en aquella rustica taberna hecha de madera. Donde se servian infusiones hechas a base hiervas y flores que aromatizaban todo el lugar. Bebidas que al ser combinadas con aguardiente contrarestaban el frio de las altas temperaturas. El lugar era un hermoso valle resguardado por enormes montañas parcialmente coronadas por un leve manto de nieve que daba un fino contraste entre algunas hojas verdes que ferreas sobrevivian a las heladas. Mismas que nos habian hecho detener nuestro camino justo ahi, en ese lugar casi en medio de la nada. Que solo entonces supe se llamaba monte marquez, ya en el interior el mozo nos ofrecio su limitada carta, al poco rato la humeante bebida, entro en mi dejando a su paso una calida temperatura. La preocupacion de no saber donde pasariamos la noche, en verdad me tenia tensa, por lo que pregunte al mozo, si habia algun hotel, el mozo hizo una mueca burlona al escuchar esto, un hombre, de aspecto enclenque y mediana edad, contesto un tanto servil la pregunta, al decirme que ahi no habia hotel ni nada que se le pareciera, el hombre, me ofrecio amablemente un modesto lugar, a las afueras del pueblo, para mi y mis amigos, quienes nos miramos un tanto desconfiados, solo entonces el mozo, nos sugirio aceptar la propuesta, al referirnos no haber ninguna otra posibilidad, aun no muy convencidos aceptamos, solo un rato despues y a bordo de una muy vieja carreta, enfilamos por un sinuoso camino obscuro y en medio del bosque, en el cual los ruidos que se escuchaban entre la maleza a nuestro paso nos hacian voltear, producto de todas aquellas especies animales que con mucha seguridad habia en el lugar. Al cabo de un rato vislumbramos a lo lejos una muy leve luz, en el quicio de una portezuela, el hombre que para entonces supe que...

Después del vuelo a Lyon recorrí ciento veinte destinos más a lo largo de ese año. Puesto que ya tengo un poco más de...

— María R. Carsí
Leer más...

María R. Carsí

Después del vuelo a Lyon recorrí ciento veinte destinos más a lo largo de ese año. Puesto que ya tengo un poco más de experiencia y en la compañía están satisfechos conmigo, por fin me han asignado un vuelo a larga distancia. Cuando me lo comunicaron, sentí una felicidad desbordante. ¿Qué lugar del mundo, opuesto al mío en todos los sentidos, iba a descubrir? Como si fuera la primera en pisarlo, para mí un destino, contra más alejado, más atractivos ofrece. Cuando me comunicaron el lugar, inevitablemente pensé en Amanda y no pude evitar reírme en la cara de mi jefe. ¿Realmente iba a ir a Seúl? Tras asimilarlo mejor, me acordé de todo lo que Amanda me había contado de sus años allí.
Trabajaba, como casi cualquier joven inmigrante por obligación, en un trabajo no muy cómodo ni bien remunerado. Servía copas en un local nocturno en el centro de la capital. Todavía reescribo en mi mente las líneas de su diario, que me prestó para que leyera el día a día de su estancia allí, que hoy recuerda difícil pero hermosa.

"Mi trabajo me consume entre el olor a alcohol y perfume barato, entre la música demasiado fuerte y las miradas obscenas por ser diferente.
Aquí en esta ciudad en seguida te ven como diferente. A algunos les hace gracia, otros lo detestan, a otros les excita. Es difícil pasar despercibida, aunque lo intentes desesperadamente. Cada día te piden posar para alguna foto y te sientes un animal de circo, un perro triste. Pese a todo, me gusta cómo me miran los jóvenes coreanos, con el pelo semirapado o tintado de platino y con cruces colgando del cuello, sugiriendo que, de entre todas las niñas lindas, tus ojos grandes son los que finalmente triunfan en su púber deseo. ¡Quién sabe! Quizás no sea tan malo ser diferente, después de todo. Quizás, entre la multitud palpitante bajo la música, alguien como un príncipe níveo aparezca y también aprecie mi rostro occidental."

Hace tres años que leí el diario de Amanda y tres años que fantaseé con algo así para mí. Ahora lo recuerdo y me pregunto si, cuando pise tierra nueva, me veré en circunstancias parecidas a las suyas en esa realidad, tan diferente a la mía en Barcelona.

Mañana parto a Seúl y estoy muy inquieta. Desearía embarcar ya y sentirme cada vez más cerca de esa ciudad que idealizo por ser lejana a la mía. Quizá me pase con todos los países que aún no he visto, puesto que tiendo a idealizar lo que me es desconocido para dar más emoción a mi vida.

Llamé a Amanda hace una hora para reírnos un rato. Es una lástima que ya no pueda despedirme de ella, aunque el vuelo de regreso a España lo tengo en apenas seis días. ¿Qué haré seis días en Seúl? Siemplemente voy a olvidarme de todo y a fundirme con su paisaje y su gente, para que cuando regrese me lleve un poco de ella. Mañana parto a una ciudad nueva y todavía no sé qué escribiré en estas páginas.

"Esto no va a poder conmigo, ya he sufrido bastante en mi vida como para que esto me afecte" pensó Alba intentando ser fuerte...

— Esther Pardo Estruch
Leer más...

Esther Pardo Estruch

"Esto no va a poder conmigo, ya he sufrido bastante en mi vida como para que esto me afecte" pensó Alba intentando ser fuerte después de comunicarle su especialista que la única solución para su enfermedad degenerativa ocular sería la microcirugía. Existía el remedio para que sus ojos no se apagasen con el tiempo, pero ésta seria una operación muy costosa, tanto dentro del quirofano por la dificultad de la misma, como por el tema económico que repercutia. En estos momentos de crisis, Alba no se lo podía costear. Todo se volvio oscuro para ella.
Sentada en una de las cuatro sillas que tenía el comedor del diminuto piso de soltera en el que vivía, se puso las manos en la cara y volvio a llorar. Alba era una mujer fuerte, hermosa y no lloraba con facilidad. Todavía no podía creerse lo que el destino le había deparado. Estaba triste, hundida, desorientada, confusa. "¿Qué pasará ahora? ¿Cómo saldré adelante?" Mil y una pregunta inundaron su mente en ese momento de reflexión después de la noticia recibida. Según el Dr. Pérez, le diagnosticó que padecía una distrofia corneal hereditaria. "Son poco frecuentes Alba - le decía el doctor - y de origen desconocido, se caracterizan por el deposito anormal de sustancias en la parte central de la cornea. Hay algunas que pueden permanecer estacionarias, pero lamentablemente la tuya está evolucionando lentamente; no notarás ningún signo de dolor ni molestia de momento, quizá alguna jaqueca, pero conforme vaya pasando el tiempo, no sabemos exactamente cuanto, irás perdiendo agudeza visual".
Las piernas le temblaban. Sintió que el corazón se paralizaba mientras escuchaba al doctor. No daba crédito a lo que estaba oyendo. "¿Hereditaria? ¿Qué?". No quería volver a su pasado y encontrarse con demonios revividos del infierno, de su infierno. Alba se crió con su tía Luisa, hermana de su madre; ya que está se desentendio completamente de Alba cuando tenía ocho años, y a su padre no lo llegó a conocer porque según su tía, las abandonó a ella y a su madre, cuando Alba hacia meses que había nacido.

Prepara los desayunos. Pone cereales en los boles cada mañana. Los llena hasta arriba, rebosantes, para que no nos falte de...

— Lola Borges Blázquez
Leer más...

Lola Borges Blázquez


Prepara los desayunos. Pone cereales en los boles cada mañana. Los llena hasta arriba, rebosantes, para que no nos falte de nada. Luego habla con su madre y con sus hermanas: su familia y el sol es lo que más echa de menos. Se reía mucho conmigo, le hacían gracia mis preguntas acerca de la democracia. "Si sólo fuera ir a prisión y no ser asesinado, yo no me habria ido a buscar marfil a otras costas”. Hace frío en este sitio. Pero él insiste, sólo necesita una habitación. Me enumeró los amigos que habían sido arrestados simplemente por hablar. A él mismo también lo arrestaron porque su tío era persona non grata para el gobierno. Ni siquiera en la Universidad podía comunicarse con libertad. “Si quieres hablar, más te vale marcharte. Lo sabe todo el mundo.”
"La violencia nace de la imposibilidad de expresarse." Esa frase, pronunciada en francés de Francia podría haber valido un premio Nobel o mil millones de ejemplares. En la cocina de una residencia de estudiantes, no vale nada. Pero esa frase a mí me costó mil pelos de punta.

Aquí en Bruselas llueve mucho. "La violencia nace de la imposibilidad de expresarse" y el cielo está harto de escuchar a tantos funcionarios sin alas. Sólo hacía tres años que esta persona sin nombre había abandonado su país. O más bien, hacía tres años que ese país de cuya capital no puedo acordarme había abandonado a esta persona. Otros mil pelos de punta.
Me contó que hablaban más de sesenta lenguas diferentes, principalmente de transmisión oral. “¿Cómo se dice me llamo Julia?”, “No, no empecemos con eso. ¿Para qué? Tú nunca tendrás la necesidad de utilizar mi idioma”. Era cierto, el imperialismo también es lingüístico. Otro día trataríamos temas más joviales que el control de los medios de comunicación por los gobiernos que quieren gente mansa: un pueblo de espectadores de una función en la que los protagonistas no han pasado ningún casting. “Al que no aplauda, lo mato”. La solución no puede venir de fuera. Él comprendía la revolución como única salida. La revolución nace de las entrañas de la gente que forma a sus mesías con la esperanza de que lleguen a presidentes. Y que les representen. “Hay otros países que están peor”, se decía a sí mismo, gesticulando con fuerza, como tratando de autoconvencerse: “sí, nuestros vecinos están mucho peor”. Claro, si te comparas con el último de la clase siempre serás inteligente. Lo que sale en la televisión se convierte en verdad absoluta. No se puede demostrar lo contrario. Todo el mundo es culpable hasta que se demuestre lo contrario. No se puede demostrar lo contrario.

Aquella tarde me ofreció todo lo que tenía: unos pasteles de elaboración y procedencia desconocida que transportaba en una caja de cartón. Y no me brindó tan sólo un mordisco, sino un pedazo bien cortado de cada uno, para que los probara todos, para que si uno sabía más delicioso que otro, ambos tuviéramos la opción de disfrutarlo. “Merci. C'est gentil”. Pero para él, compartir no era gentil, sino lo más natural del mundo.

Pasó las horas previas al alumbramiento esperando una llamada que le devolvería los sueños. Por entonces, ese deseo dominaba...

— Estela R. Fraire
Leer más...

Estela R. Fraire

Pasó las horas previas al alumbramiento esperando una llamada que le devolvería los sueños. Por entonces, ese deseo dominaba sus pensamientos. Lo tenía todo preparado con antelación, las primeras mudas, unos jerseis tan pequeñitos que enternecian su mirada.Se preguntaba en qué momento había decidido reunir tantas prendas de vestir para su hijo. Otra vez volvian los pensamientos, la despedida, las promesas: esto es para que te sientas mejor, para que te alejes de todo el ajetreo de la campaña...ya sabes cómo es la prensa, lo pueden comentar de forma hiriente, debemos ser responsables con el equilibrio emocional de nuestro hijo. El vendrá en el mejor de los momentos, es fruto del amor, de nuestro amor, mis hijos lo comprenderán a pesar de los pesares y a ella (jamás se refería a su mujer por su nombre) no le quedará otra
que concederme el divorcio. Ya lo sabe, se lo he dicho, ni siquiera se ya sorprendido, creo que hace tiempo que también quiere cambiar de rumbo. Alguien del par todo, me ya comentado que, cuando salgo de viaje, recibe la visita de Moragas. ¡Quién lo iva a decir! No se comentaba por ahi que Moragas era rarito, ya me entiendes, afeminado. Ella que está rodeada por los hombres de su familia, no me explico cómo le puede gustar un tipo asi. Tú no debes preocuparte de nada, te he abierto una cuenta en First Union, ni te imaginas lo que me están dejando los constructores, los casos que llevamos en el despacho, los contratos...Pero bueno, lo que quiero es que el dinero no sea una preocupación para ti. Ahora te debes centrar en prepararte para el parto. Yo no te puedo acompañar, así con la prensa pisándome los talones, son capaces de seguirnos hasta el refugio. Piensa que lo hago por ti. Vas a ser la madre de mi hijo y mi futura esposa y no se te olvide la Primera Dama. ¿Lo has llegado a pensar alguna vez?. Por la prensa no te preocupes, todas esas fotos que publican en las que me emparejan con una distinta cada dia, no son más que estrategias disuasorias, cosas que se le ocurren a los futuros periodistas que militan en las bases del partido aunque he de reconocer que ultimamente se están extralimitando. Y si no qué te parecen esas fotos en las que salgo acompañado de esa actriz de telenovelas. Esa, la que lleva el peinado más inmenso que te puedas imaginar...Pero si es que ni me sale su nombre aunque dudo que tú vayas a perder tu precioso tiempo en esas tonterías de la prensa rosa. Te pido comprensión y que entiendas la jugada. Se trata de que a ti no te roce ese tipo de prensa. Es simplemente una forma de darle al populacho tema de conversación. Ya sé que últimamente me sacan en mucho reportajes con la señorita del cabello aleonado pero es que la gente lo pide. Esa mujer no representa nada en mi vida, dudo que haya leído un libro, pienso que solo tiene tiempo para elegir trajes, mantener el largo y color de esas uñas que dan miedo y asegurar sus extensiones. Es que alguna vez has pensado que todo ese pelo es suyo.Eso es lo que me gusta de ti, eres tan señora, tan discreta, has ido a los mejores colegios, nadie podrá decir nada de ti ni señalarte mientras te mantengas alejada del pais hasta que se decida mi candidatura...Una mirada calmada, segura, relajada, conocedera de acontecimientos... aunque impuesta por las circunstancias. No había decidido alejarse del padre de su hijo. Se lo habían pedido

“Hoy no me desperté por la noche…eso de estar dejando la teta no va a poder conmigo. Mamá se ha despertado a las 9, me ha...

— Gemma García De La Mora Álvarez
Leer más...

Gemma García De La Mora Álvarez

“Hoy no me desperté por la noche…eso de estar dejando la teta no va a poder conmigo. Mamá se ha despertado a las 9, me ha llamado dulcemente por mi nombre, me ha acariciado la cabeza como ella mejor sabe y me ha metido en su cama…"Mmmm qué calentito se está aquí". Vuelvo a cruzar las piernas igual que cuando estaba en la tripa. "Que agustito con Mamá..." Abro un ojo y me lo pienso mejor antes de abrir el otro. Creo que debería dormir un poco más…Entonces, palmoteo incesantemente el otro lado de la cama…"Hoy tampoco está mi Papá".

De mi Papá sé muchas cosas. Sé que no tiene teta y que le encanta bañarme. Mamá dice que es camionero. Yo no sé muy bien qué es eso. Sólo sé que anoche no me bañó él. De ante-anoche ya no me acuerdo… … Algo se dijo de un tal “Burdeos”…"Mmmm suena a marca de leche". Quizás Papá haya ido a por leche. Parece que tarda, hace dos días que se fue.

No sé muy bien qué le pasaba a Papá el domingo... No hubo siesta en sus brazos como el sábado. Papá me miró y tenía agua en los ojos....Él tiene unos ojos verdes preciosos, se parecen un poco a los míos, pero creo que los míos son más bonitos (o eso dice mi Mamá). " !Uy!Todavía no controlo muy bien estos deditos, ni Mamá me cortó las uñas". Toco la cara de mi Papá.... "!Qué agua tan rara!" Me da más 136 besos y se va…..

Cuando Papá no está, mi Mamá creo que pasa de darme 1000 abrazos a 2000, y yo le sonrío mucho más... Parece que le gusta. Dice que le encantan mis dientes de ranita. Esos días me baña ella…le da su toque especial. Ella dice que ahora que estoy yo la vida es más bonita y creo que es porque ya no pasa tanto tiempo sola.

En ocasiones pasan más de 5 días sin ver a Papá...y yo que sólo tengo 6 meses y 3 días...a veces me cuesta reconocer su cara. y es que llega toda entera llena de pelos...como los de las perritas...Hasta que de repente ocurre la magia...y entre el olor de mi colonia de bebé aparece otro que hace que Mamá respire hondo, como cuando sale a la calle en un día de lluvia....

La calle estaba desierta, llovía sin parar, y Lucía miraba desde la ventana de su viejo piso, sentada en su rancia y gastada...

— Patricia Lopez Cianca
Leer más...

Patricia Lopez Cianca

La calle estaba desierta, llovía sin parar, y Lucía miraba desde la ventana de su viejo piso, sentada en su rancia y gastada butaca, que tantos años lleva en ese rincón. Ella no puede hablar, casi no se puede mover, solo sabe pensar.
Cada mañana el mismo ritual, una señora forzosamente agradable y de mediana edad, con cansancio en su rostro, la ayuda a levantarse con dificultad hasta la silla de ruedas, después de haberla aseado y vestido.- como si fuera a salir de casa...- piensa siempre Lucía.
La acerca suavemente hasta la butaca, situada en la misma ventana del salón, la sienta, y se va para prepararla el desayuno.
Y a partir de ahí, Lucía sabe que ése ha sido todo el esfuerzo que va a hacer hasta la hora de irse a la cama.
La señora, la trae el desayuno en una mesita con ruedas, café y una tostada. La pone un babero y comienza a dárselo a la boca como a un niño pequeño.
Los pensamientos de Lucía se vuelven contradictorios, entre agradecida por la ayuda, y rabiosa por la situación a la que ha llegado. Porque se dá cuenta de cuán inútil se ha vuelto, y lo que ha cambiado su vida en tan solo un año.
Siempre fue una mujer luchadora, tuvo cuatro hijos en las peores circunstancias, sacó su familia a delante con muy poco dinero, colaboró en mil y una actividades, y todo, para quedarse sentada en esa butaca, mientras una "desconocida" la hace todo hasta el día de su muerte.
¿Quién elige cómo debemos vivir la etapa final de nuestras vidas? ¿Porqué no va conforme a los esfuerzos y logros realizados a lo largo de nuestra existencia en la tierra?
Es injusto pensar que una vida dedicada a los demás y llena de sacrificios, tenga que acabar así.

La mujer que la acompaña día tras día, fue contratada por Pedro su hijo mayor, el cual trabajaba tanto que solo podía ofrecer dinero para que su madre estuviera bien atendida. Y lo estaba. Pero para Lucía no era suficiente, aunque lo aceptaba con resignación.

La señora se llamaba Cándida, tenía el pelo castaño y rizoso, bajita y regordeta, pero la trataba mejor que muchas personas que Lucía había conocido en otras circunstancias.

Cándida la retiró el desayuno, la limpió las comisuras de los labios, y encendió la radio para que Lucía estuviese entretenida mientras ella limpiaba el resto de la casa.

Sobre la una del medio día, sonó el timbre, Lucía miraba por la ventana con la mirada perdida. Cándida abría la puerta y saludaba amistosamente a María, la hija menor de Lucía.

María entró al salón como un torbellino, -Hola Mamá- decía en un tono demasiado alto como para que Lucía la oyera mejor, mientras que la daba un beso en la mejilla. Lucía la miraba fíjamente pero sin expresión en su rostro. Y María le abrumaba a preguntas, mientras que ella respondía débilmente con la cabeza.


“Pero… ¿qué estoy haciendo aquí? No pinto nada. Entiendo la mitad de lo que dice este hombre. Son todo artistas de verdad. ¡No...

— Sandro Gregorio
Leer más...

Sandro Gregorio

“Pero… ¿qué estoy haciendo aquí? No pinto nada. Entiendo la mitad de lo que dice este hombre. Son todo artistas de verdad. ¡No ha sido buena idea venir aquí!”
Los pensamientos en la cabeza de Lucas aparecían, se reflejaban en sí mismos y desaparecían a una velocidad tal que no permitían al muchacho tomar verdadera conciencia de ellos. El pánico hecho neurona. Sus ojos rebotaban sobre cada uno de los miembros del grupo como si de la pelota de un flipper se tratara.
Stepanka, la chica de la República checa, utilizó su mórbido inglés para hacer una incursión en el mundo interior del joven andaluz: “¿A que es una pasada la idea del proyecto? “. Sasha, el líder del grupo, asentía con la cabeza…
La pelota de flipper aceleró, las conexiones neuronales devinieron frenéticas y una de ellas consiguió transformarse en sonido a través de los músculos labiales. “Sí, claro”, exclamó el chico.
Lucas era el único adolescente tímido de Cádiz. La idea del campo de trabajo, como no podía ser de otra forma, no había sido suya, sino de su tía Adela. Cuarenta años bien llevados, soltera, enamorada de la sensibilidad de su sobrino, la tía antes del verano había sentenciado, implacable: “¡Este año no quiero ver ni un libro en tu mano! Tu prima Raquel ha ido ya a dos campos de trabajo y ha vuelto transformada: ya no hay quien la pare cuando habla y ha empezado a ir a clase de equitación.”
Lucas realmente no entendía muy bien cuál era la parte positiva en la transformación de Raquel, pero una cosa era cierta: desde hace unos meses algo pellizcaba su alma. Los dibujos y las lecturas le llenaban el corazón, cierto, pero una puertecita se había abierto en su interior y una brisa suave entraba desde fuera. Y no había remitido desde entonces…
Quería ser artista, lo tenía claro, pero por alguna razón el flujo de energía entre él y el mundo siempre había sido monodireccional: desde dentro hacia fuera. Los últimos (y únicos) 18 años de su vida habían sido dedicados a elaborar, madurar, construir formas en su interior que venían plasmadas sobre el papel con extraordinaria facilidad por las mismas manos que aún temblaban cuando se posaban sobre un volante. Su único contacto con el mundo exterior: los libros de su padre, gran devorador de Dylan Thomas, Lord Byron y Cia.
Así que semanas atrás por la puertecita filtró algo que no tinta sobre filigrana, era algo más, nuevo, perturbador, vivo y, lo que era peor, parecía encajar a la perfección con la idea del campo de trabajo en Bosnia perpetrada por la incombustible tía Adela. Título escalofriante del campo: “Integración del arte en la realidad de los pueblos Balcanes”.
Lucas se dijo “¿Por qué no?” y noventa días, cinco mil kilómetros y dos idiomas después, puesto delante de los miembros de su grupo de trabajo en Blagaj, no paraba de repetirse “¿¡Por qué sí?! “.

Prólogo Conozco el significado real de la palabra oblivion. Es un vocablo anglosajón, definido literalmente como“caer en el...

— Joel Ayala Alicea
Leer más...

Joel Ayala Alicea

Prólogo
Conozco el significado real de la palabra oblivion.
Es un vocablo anglosajón, definido literalmente como“caer en el olvido total, extinción: la nada”. Un lugar abstracto, etéreo; una especie de limbo, la destrucción del ser. Civilizaciones enteras sucumbieron bajo las garras de oblivion. Hiperbórea, Lemuria, Atlántida y más recientemente la civilización maya, son sólo ejemplos de lo que en inglés se denomina como “to fall into oblivion”.
Si bien todo esto son mitos y leyendas que forman parte del folclor popular, no es menos cierto, de que casi siempre la mitología se basa siquiera en un ápice de realidad. Honestamente no lo sé; aún hay muchas cosas que no entiendo, pero de lo que sí puedo dar fe es de mi experiencia.
Esto fue lo que pasó, o dicho de mejor manera, creo que fue lo que pasó, pues al día de hoy no sé si lo viví o fue todo parte de un sueño revelador del que aún no despierto. A fin de cuentas, todo empezó así:
Mi nombre es Xavier Donoso y tengo diecisiete años; mi padre es - así, en presente, aunque me duela - el doctor Esteban Donoso, antropólogo, con más de veinticinco años de experiencia en el campo y catedrático de antropología en la Universidad de Madrid. Tiene cincuenta y cinco años, es de complexión fuerte, carácter serio pero entusiasta y mentalidad práctica y realista. Hace casi un mes - mañana se cumple -partió para América junto a un grupo de alumnos y profesores de la universidad, en una excursión de quince días, para visitar las edificaciones y ruinas mayas en lo profundo de la selva guatemalteca. Yo hubiera querido ir con él, pero con los exámenes finales en el instituto no me fue posible acompañarlo, aunque sí hablábamos diariamente por teléfono.
Si pasaba de las siete sin recibir su llamada, me apresuraba a llamarle al móvil y no tardaba en responder y luego se disculpaba, pues le faltaba el tiempo para empaparse con las maravillas y encantos de aquella tierra exuberante y misteriosa. Sentía verdadera pasión por las antiguas culturas de las cuales la maya era por mucho su favorita y por tanto debía sentirse como niño en un parque de diversiones. Siempre pensé que nuestra relación era más o menos simbiótica : yo, como hijo único y huérfano de madre, volqué todo mi amor y cariño hacia él y eramos - somos - en realidad como uno sólo. Hoy sé lo duro y difícil de estar sin él y de que ya me va doliendo demasiado todo el amor que invertí en su figura...
Pero, a los hechos:
Hace varias semanas, el veintiseis de noviembre para ser exactos, le llamé al móvil, pues eran casi las diez de la noche acá en España y aún no había llamado. Al no responder le dejé un mensaje de voz y una hora después desperté sobresaltado por el timbre del teléfono. Esa noche lo escuché diferente, con un timbre nervioso en la voz. Las palabras se le venían encima sin pausa y hablaba a borbotones, frenético. De lo que pude sacar en claro de su diálogo febril fue lo siguiente:
Esa noche le habían llevado a ver El Pozo de las Ánimas, que, a saber, no es más que un enorme hueco natural en el suelo de la selva y que, al parecer, era utilizado por los sacerdotes mayas para efectuar sacrificios humanos y ofrendar a los dioses. A mi entender, la explicación lógica y racional de esto, no era más que la de un sumidero o socavón, seguramente ocasionado por el movimiento de aguas subterráneas. Me dijo que, en un principio, él había dado esa misma explicación a los lugareños, pues la gran mayoría de estos, en especial los más viejos, le atribuían al pozo, cualidades casi diabólicas.
Aparentemente, desde que se estableció el pueblo, se contaban en decenas las personas desaparecidas y nunca encontradas. Y ni hablar de los animales domésticos y de granja, que misteriosamente se esfumaban siempre en las cercanías de aquél pozo siniestro. También hablaban de la vez que tres días después de la desaparición del carpintero del pueblo, su mujer despertó a todo el mundo en la madrugada, dando alaridos de poseída; al detenerla esta afirmó histérica que había visto a su esposo sentado tranquilamente sobre su sillón favorito frente a la ventana del balcón y “cuando me le acerqué, me dijo llorando, que me quería mucho, a pesar de todas las cuerizas que me había dado y cuando lo fui a abrazar, se me deshizo en las manos, por Cristo que así fue, Virgen Santísima; seguro, segurito que era el diablo.”
La gente incluso advertían a los fuereños que evitaran a toda costa, acercarse demasiado al pozo, y en especial al caer la noche, pues aseguraban que de aquel abismo se escapaban alaridos y lamentos sobrenaturales que le helaban la sangre al más valiente. Esto, afirmaban, era ni más ni menos, que el crujir de dientes de los condenados al fuego eterno, pues era sin duda alguna el umbral del mismísimo infierno.
Fue una sorpresa que papá siquiera prestara consideración a patrañas y supersticiones pueblerinas, pues ha sido siempre un hombre de proceder científico, ferviente partidario de la lógica y la razón. Después de esa noche nos comunicamos tres veces más, a horarios tan irregulares que iban desde las cuatro de la tarde hasta las tres y media de la madrugada del día veintinueve, la última vez que hable con él...
Estaba febril, casi fuera de sí y a ratos incoherente, narrando sucesos irreales y fantásticos. Había pasado la noche y buena parte de la madrugada en las cercanías del pozo y me aseguró que todo lo que se comentaba en el pueblo acerca de aquel lugar no solo era cierto, sino que esa noche, incluso él había sido testigo de fenómenos inexplicables y ni hablar de los gemidos enloquecedores, provenientes del abismo.
Aunque, debo confesar que estaba yo tan atarantado de sueño, que ahora que lo pienso, no estoy tan seguro de si me dijo todo esto o solo lo soñé. Pero lo que sí es cierto, es que después de esto no volví a saber de él, por lo menos de manera tradicional...
El día treinta me habló Raul. Se le hizo muy difícil decirme lo que yo, quizá subconscientemente ya intuía. Raul es un joven de veinte, un muchacho muy impresionable y delicado, que de no conocer tan bien a papá, hasta pensaría que fueran amantes. Pero me estoy desviando de los hechos. Transcribo aquí lo que dijo Raul:
“-...lo que sucedió, en realidad nadie lo sabe con certeza, Xavier, pero la policía está investigando, al menos eso te puedo decir. Considerando la situación aquí, sería lógico pensar que fue víctima de secuestro. Pero no podemos adelantarnos a los hechos, eso dice la policía. En todo caso, debemos esperar por la investigación. Créeme Xavier, estoy tan desesperado como tú, pero no hay de otra, debemos ser pacientes...
Fácil decirlo, cuando no es tu padre el que está desparecido, justo al otro lado del océano en tierras desconocidas.
Poco después hablé con el licenciado Sánchez, vicepresidente de la junta directiva de la universidad, y quien junto a papá, había organizado todo lo referente a la excursión. Igualmente me recomendó tranquilidad y paciencia; que todo estaba en manos de las autoridades y me disuadió de mi intención, que era tomar un vuelo inmediato a Guatemala.
Esa misma noche, el exceso de ansiedad y preocupación, apenas me dejó dormir. Cerca de la madrugada creo que por fin el sueño me venció, porque tengo la vaga impresión de haber soñado. La cuestión es, que no sé si lo soñé o quizá fue en medio de un estado síquico que desconozco, pero esa noche papá vino a verme.
Vestía chaqueta azul a cuadros y un pantalón negro, descolorido por el uso. Lucía sucio, desaliñado, con una barba de tres días, el pelo revuelto y una expresión desesperada. Gruesas lágrimas surcaban su rostro sucio de lodo y arcilla. No sé porqué, pero lo cierto es que no me sorprendí cuando comenzó a hablarme sin mover los labios. Empecé a sentir su voz retumbando dentro de mi cabeza, mientras me contemplaba quedamente, con una mezcla de anhelo y angustia. Transcribo aquí gran parte de lo que dijo - o lo que me transmitió, que de alguna manera es lo mismo – o al menos lo que recuerdo con mayor fidelidad:
“-...hijo mío, te amo...Creo que nunca antes me permití la oprtunidad de decírtelo y estoy arrepentido de eso... no sabes cuánto....Yo...estoy en el abismo, Xavier; un terror sin fin en el que no se me permite siquiera el privilegio de la muerte. Todo es oscuridad aquí, Xavier...aquí, en el vacío infinito, no se muere de otra cosa que no sea de nostalgia y de soledad... Nunca olvides que te amo...
Después de esto solo tengo conciencia de encontrarme sentado en mi cama y sudando copiosamente. No me sentía amodorrado y mucho menos la sensación del despertar reciente; más bien sentía como si hubiera salido de un trance , o algo parecido. Es lo más certero que puedo describirlo y aun así no estoy conforme, pero no puedo hacer más.
Preso de la febril certeza de haber asistido a una revelación mayor, temblando de ansiedad me levanté, levanté el auricular y marqué el móvil de Raul. No solo fue inútil, pues solo respondió tres horas después, sino que cuando lo hizo destruyó todas mis esperanzas.
Aún con la inusual fijación de papá con el mencionado “pozo de los sacrificios”, no existía prueba ni motivo plausible para que este se hubiera animado a descender a las profundidades, y en ese caso las probabilidades de encontrarlo con vida eran nulas. De haber caído accidentalmente el desenlace tambien resultaba evidente.
Además, no era una posibilidad que no hubiera sido considerada: el consulado español había gestionado la colaboración de un par de escaladores profesionales, que aquella mañana habían emprendido el descenso para siquiera, en todo caso, recuperar los restos de mi padre. Tras cuatro horas, casi dos mil quinientos metros de cuerda y más de media milla en lo profundo del abismo, desistieron de continuar después de empezar a sufrir de mareos y desorientación. Se teorizaba que un caudal de agua subterránea fuera la original causante de la formación, pero los rescatistas aseguraron que aun a la profundidad inmensa que alcanzaron, reinaba un silencio absoluto en aquel vacío. Que aun lo más inexplicable aparte de la oscuridad infinita, era el sentimiento de zozobra y de extrema soledad que les hizo brotar lágrimas. Al final, se rehusaron a repetir el descenso, aduciendo intensos vahídos y fuerte conmoción emocional.
Esa misma noche volví a tener otro encuentro con papá. Repito: no tengo la certeza de que efectivamente, se comunica conmigo desde lo profundo de una fosa oscura en Centroamérica, desde otra dimensión o si en efecto, lo hace desde la muerte. De lo que sí estoy seguro es de que no alucino y que cuanto aquí describo me sucedió tal cual, aunque reconozco que muy bien puede ser interpretado como repecusión traumática a consecuencia de la desparición de mi padre.
En esta ocasión, papá no habló; solo se limitó a contemplarme fijamente con una mezcla de tristeza y derrota en la mirada. No lloraba, pero se le adivinaba una sombra acechando en sus ojos vidriosos. Me quedé inmóvil, esperando algo de él, no sé, algún gesto, una palabra, algo... Tener alguna interacción, pero solo me contempló y finalmente me envolvió con la sonrisa más triste del mundo...
En ese momento, puso en mi mente tales pensamientos e imágenes, de un mundo que no es el mío y me asaltaron unas emociones tan poderosas que comencé a sollozar como un chiquillo. Fue avasalladora la sensación de profunda angustia y desesperanza que me embargó y estuve largo tiempo, llorando amargamente el destino aciago de papá. Cuando me quedé sin lágrimas, me levanté y me di un duchazo caliente y no volví a conciliar el sueño hasta bien entrada la mañana.
De esto hacía ya una semana; no había vuelto a tener experiencias similares y mi sueño había vuelto a ser regular y sin novedad. Pero hace dos días, faltando un cuarto para la medianoche, me desperté con un sobresalto y con el corazón galopándome en el pecho. Bañado en sudor y agitado, sentí como se me erizaba todo el vello de la nuca y se me heló la sangre al percatarme de una presencia sobrenatural en el cuarto.
En ese momento, vi a mi padre materializarse casi por completo, justo al lado de mi cama. Casi podría jurar que el tiempo se detuvo y también mi respiración. Papá, con el rostro anegado en lágrimas, se acercó a mi y pude sentir el frío glacial del gélido beso que depositó en mi frente.
Entonces me di cuenta de que jamás volvería a verlo.
No ha vuelto a visitarme y sospecho que no volverá a hacerlo. Lo único que espero, es que por lo menos haya encontrado paz. Yo, por mi parte, decidí que no iba a seguir postergando mi viaje a Centroamérica; espero conocer, de primera mano, todo lo concerniente a la desaparición de mi padre, el doctor Esteban Donoso.


21 de diciembre

Madrid, España

Como cada tarde, Jake se sentó en aquel banco a esperar. Llevaba dos meses vigilando a aquel hombre. Su mujer sospechaba que...

— Robe Ferrer
Leer más...

Robe Ferrer

Como cada tarde, Jake se sentó en aquel banco a esperar. Llevaba dos meses vigilando a aquel hombre. Su mujer sospechaba que tenía una aventura extramatrimonial y había contratado sus servicios.
Necesitaba el dinero y nunca decía que no a un encargo de aquellas características. Suponía un dinero fácil. El cliente le entregaba datos y fotos de su pareja y él se limitaba a seguir a la persona en cuestión. En una semana o poco más tenía un elaborado dossier sobre las actividades que el cliente suponía que tenía su pareja y caso resuelto. Él recibía aquella pasta gansa y el cliente confirmaba sus sospechas.
Sin embargo, en éste caso la cosa no había resultado tan sencilla. Había esperado al marido a la salida de su trabajo y lo había seguido hasta una nave de trasteros y guardamuebles de alquiler.
Cuando quiso entrar al interior, el vigilante se lo impidió argumentando que solamente podían entrar quienes tuviesen un habitáculo registrado a su nombre o fueran con una orden judicial para registrar alguno de ellos en concreto. Como no tenía ni una cosa ni la otra, no pudo pasar.
Al poco alquiló un trastero para poder entrar en la nave, pero fue inútil porque cada pequeño almacén era independiente de los demás y la forma de acceso a cada uno era única e independiente del resto. Sólo el propietario, mediante una llave especial, podía llegar hasta la puerta correspondiente.
Había intentado hacerse el encontradizo con él. Había simulado ser un antiguo compañero del colegio y hasta había preguntado en su entorno laboral, pero nada. No había conseguido ningún dato adicional. Su vida fuera de su hogar y su trabajo era demasiado hermética. Nadie sabía lo que hacía desde que entraba a aquel almacén y volvía a salir varias horas después para regresar a su hogar.
Jake también vigiló varios días los trasteros tanto antes de la entrada del marido como después de su salida. Permaneció sentado en su coche horas sin ningún resultado positivo.
Su cliente estaba impacientándose por la falta de noticias que confirmaran sus sospechas o que las descartaran para siempre. Él siempre le decía lo mismo, que tarde tras tarde salía de su trabajo y se dirigía hacia aquellos almacenes. Entraba, permanecía algunas horas y salía de nuevo para regresar a su hogar. La mujer, cansada de oír siempre lo mismo, le había dado un último plazo. Tenía una semana para averiguar qué hacía su marido en aquel lugar.

Un hombre joven entró en el restaurante y miró las mesas buscando a alguien. No lo vio, de modo que se dirigió al maître. —...

— Núria Sancho Subirats
Leer más...

Núria Sancho Subirats

Un hombre joven entró en el restaurante y miró las mesas buscando a alguien. No lo vio, de modo que se dirigió al maître.
— Disculpe por favor, ¿ha llegado el señor Alastor Raum? He quedado aquí con él.
— ¿El señor Raum?— dijo mirando su cuaderno— ¡Ah, sí! La mesa del reservado. Por favor, sígame, caballero.
El maître lo guió hacia una mesa pequeña situada en un rincón del restaurante. Era un lugar íntimo, separado del resto del local por unas paredes de madera, y situado junto a la cocina. El sitio perfecto para realizar reuniones sin ser visto ni oído por nadie.
El joven no entendía el porqué de tanto secreto, pero no puso ningún reparo cuando el señor Raum expuso sus exigencias. Llevaba demasiado tiempo intentando conseguir ese objeto, lo había buscado por todas partes: en diferentes países, en subastas públicas, en mercados clandestinos,…
El maître le introdujo en el reservado y le ofreció la silla mientras el señor Raum se incorpora a medias de la suya para saludarlo con un firme apretón de manos. Alastor Raum era un hombre mayor, con un abundante cabello canoso y pequeñas arrugas en las comisuras de los labios y los ojos que le otorgaban un aire de madurez, elegancia e inteligencia. Sin embargo su mirada era fría y calculadora. Podría decirse que incluso vacía.
Ninguno de los dos abrió la boca hasta que el maître salió, y solo hablaron de frivolidades hasta después de pedir el almuerzo y tener los platos frente a ellos. Pese a ello, el joven no pudo evitar fijarse en el paquete rectangular dejado en un rincón de la pequeña estancia.
El señor Raum hablaba con voz suave pero seria y firme y tras la salida del camarero, sin ningún tipo de rodeo, sacó el tema por el cual se habían reunido.
— ¿Ha traído el dinero?
— Lo traigo. 6000€ en efectivo. Tal y como usted me pidió. — respondió el joven señalando el pesado maletín que llevaba con un leve movimiento de cabeza.
— Muy bien. Déjeme contar el dinero y el cuadro será suyo, joven.
— Primero quiero verlo, señor Raum. No compro cosas sin haberlas visto previamente. Aunque sean una ganga.
— Por supuesto, ahí detrás lo tiene. Vaya a echarle un vistazo mientras cuento el dinero y luego cerraremos el trato.
El joven se levantó, intentando controlar los nervios que tenía a flor de piel, y se dirigió hacia el paquete. Con las manos temblorosas tomó el cuadro y dudó unos segundos antes de desenvolverlo con cuidado.
El joven era un importante hombre de negocios que se había enriquecido considerablemente gracias a sus afortunadas inversiones en varias empresas de desarrollo tecnológico. Eso le permitía gastar su dinero en “pequeñas excentricidades”, y una de ellas era su gran interés por lo oculto y el misterio. El cuadro que estaba a punto de adquirir no era una simple pintura. Tras la tétrica composición y los precisos trazos de pincel se ocultaba una funesta leyenda, una maldición que arrastraba desde hacía siglos.
Desenvuelvió el cuadro y lo contempló.
Era una pintura oscura, de un estilo barroco, recargado y con gran detallismo en las figuras. El marco estaba ennegrecido. La obra representaba una escena del infierno con una vividez y un realismo tan grandes que incluso podía escuchar los gritos de las almas torturadas que se representaban en él.
Cuerpos desnudos se apilaban en la imagen sin distinción de sexo ni de edad. Figuras que se contorsionaban en potros de tortura o envueltas en llamas que parecían bailar realmente ante sus ojos. Los rostros de las víctimas reflejaban miedo, dolor e impotencia al mismo tiempo; los rostros de los torturadores, monstruos multiformes e indefinidos rodeados de sombras, mostraban placer, lujuria y locura.
— ¿Es cierto? ¿Realmente está maldito y las personas no son simples dibujos, sino autenticas almas condenadas?
— Conoce su leyenda. Usted es quien debe decir si es cierta. Yo solo quiero deshacerme de él. Es demasiado tétrico para mi gusto.
El señor Raum habló sin girarse ni un solo momento y sin dejar de comer.
Con cierta reticencia el joven envolvió el cuadro de nuevo y regresó a su asiento. Durante el resto del almuerzo no pudo evitar echar pequeños vistazos al objeto situado junto a la pared sin poder apartar la macabra imagen de su memoria. El señor Raum, en cambio, ignoró el cuadro por completo y habló de negocios a pesar de que era evidente que el joven apenas lo escuchaba. Al final el joven no aguantó más y formuló la petición que daba vueltas por su cabeza desde que había visto la pintura.
— Usted conoce la historia de este cuadro ¿verdad?
— Si, aunque imagino que usted también la conoce, sino no se habría interesado tanto por él.
— Si, pero yo solo conozco algunos fragmentos de su leyenda; me gustaría conocer la historia completa.
El hombre se quedó en silencio unos segundos con la mirada baja, meditando. Cuando la levantó habló de un modo suave y pausado.
—Este cuadro que usted acaba de adquirir basa su leyenda en unos… digamos misteriosos hechos que sucedieron en el pueblo de su autor hará ya tres o cuatro siglos. — El señor Raum hizo una pausa y tomó un sorbo de café. — Según se cuenta, el autor de este cuadro era un joven algo melifluo que gustaba de las pinturas románticas i bucólicas, aunque no tenía un talento demasiado sobresaliente. Por ese motivo era víctima del constante desprecio y la burla de sus conciudadanos, cosa que le provocaba gran pesar, pues solo encontraba satisfacción en la pintura. De repente, sin que nadie supiese porqué, el carácter del pintor cambió. Se volvió un ser taimado, cruel e irascible. Al mismo tiempo, su pintura también cambió adquiriendo un carácter lascivo, tétrico y violento pero de gran realismo y calidad. Sin embargo el nuevo estilo de sus obras no gustó a sus vecinos, pues era demasiado lúgubre y macabro, lo cual le valió nuevamente el desprecio y el rechazo. Dice la leyenda que el joven pintor juró vengarse de su pueblo sin excepción ni consideración alguna por sus ataques. Ese día el pintor se encerró en su casa y empezó una nueva obra. En ella ilustraba a sus conciudadanos sometidos a crueles torturas y encerrados eternamente en el infierno, sin distinciones de sexo ni edad, como había jurado. Con cada nueva figura que empezaba a dibujar, su doble real enfermaba gravemente; con cada figura que terminaba, su doble real fallecía entre grandes dolores sin que los médicos lograran hacer nada.
»Decenas de personas murieron de ese modo sin poder evitarlo hasta que el pueblo entero, enfurecido, asaltó la casa del pintor. Lo encontraron en su estudio, desnutrido, pálido, manchado de pintura, con los ojos fuera de las órbitas y absorto en su pintura. Las gentes reconocieron en el cuadro los rostros de las personas fallecidas y acusaron al joven pintor de herejía, de vender su alma al diablo. El artista fue llevado a la hoguera, y su casa, junto con toda su obra, fue quemada hasta los cimientos para purificarla. Inexplicablemente esta última pintura fue lo único que sobrevivió al incendio. Tanto la casa como los demás cuadros quedaron reducidos a cenizas.
»Se dice también que el alma del pintor quedó atrapada en su obra inconclusa y que solo podrá salir de ella cuando esté terminada, su venganza cumplida y su trato con el diablo realizado.
— ¿Su trato?
— Si, las almas de sus enemigos a cambio de la suya propia. Aquí entra lo que podríamos considerar como la parte “moderna” de la leyenda. — El señor Raum toma otro sorbo de café. — El cuadro ha ido cambiando de manos a lo largo de los siglos, a veces como regalo o vendido, aunque casi siempre como herencia o subastado tras el fallecimiento repentino de su propietario. Así es como llegó a mis manos, tras el fallecimiento de un tío lejano mío. Que pase de mano en mano por herencia podría considerarse normal de no ser porque la mayoría de estas muertes sucedieron en situaciones extrañas y, en muchos casos, poco después de la adquisición del cuadro. Entre los aficionados a esta clase de historias y fenómenos se dice que todos los que fallecieron en posesión del cuadro eran descendientes de los que, siglos atrás, mataron a su autor y que este, desde el infierno, los ha localizado, marcado e introducido en su obra.
»Por supuesto esto tan solo es una leyenda que circula por ahí, la mayoría de los datos no se han comprobado jamás y del pintor ni siquiera se conoce el nombre, ya que le cuadro está sin firmar. Usted mismo debe juzgar si la considera verdadera o solo un cuento.
Aunque ya conocía la mayor parte de la historia, el joven escuchaba asombrado en silencio. Tras eso ambos hombres terminaron el café y se despidieron. El señor Raum se fue con el maletín del joven y este con el cuadro del señor Raum, sosteniéndolo como si se tratase de una joya de incalculable valor.
Durante el resto del día el joven andó ocupado con reuniones de trabajo y otros asuntos, pero no dejó de pensar en la pintura y la historia narrada por el señor Raum. Al llegar a casa por la tarde volvió a desenvolver el cuadro y lo colgó en el salón sobre la chimenea, un lugar que guardaba para él desde hacía mucho. Se sirvió una copa de whisky y se sentó en el sofá para admirar cada detalle, cada pincelada de esa peculiar y apenas conocida obra de arte. El conjunto era asombroso, espeluznante, vívido de tan fiel y detalladamente pintado. Sin embargo lo realmente escalofriante eran los detalles. Las llamas del infierno relucían envolviendo los cuerpos que caían en la profundidad del averno, los cuerpos se retorcían y contorsionaban de una forma dolorosa en ángulos imposibles pero, al mismo tiempo, con una flexibilidad que daba a entender que lo peor estaba por llegar. En un rincón cuerpos atados en una noria se hundían en una acequia llena de lo que parecía lava hirviendo, en otro punto del cuadro un hombre atado de pies y manos llevaba un embudo en la boca por el cual le obligaban a beber un extraño líquido negro, en una de las esquinas inferiores un caldero enorme burbujeaba con una docena de hombres, mujeres y niños en su interior.
Aunque lo más terrorífico no se hallaba en las víctimas sino en los torturadores, los siervos del terror. Sus rostros, envueltos en luces y sombras, eran fieros; sus miradas, penetrantes y lujuriosas, encendidas en las llamas que los rodeaban, si bien los monstruos no se quemaban, sino que parecían alimentarse de ese fuego y del miedo, el dolor y el terror de los condenados. Unos pinchaban a sus víctimas con espadas y tridentes, otros les mordían la carne desnuda y todos parecían gozar contemplando y provocando todo ese sufrimiento y depravación.
El joven pasó el resto de la tarde y toda la noche sentado en el sofá con el vaso lleno en la mano, analizando uno a uno el rostro de los personajes.
Al fin, cuando ya empezaba a amanecer, el joven le vio. Allí estaba el pintor, con su atril de pintura y su paleta de colores. Su rostro pálido y demacrado no reflejaba el dolor de los demás hombres y mujeres, era la faz pálida y cruel de los espectros en un rostro humano. Sonreía siniestramente con los ojos fijos en él. Parecía observarlo.
De repente su mano cobró vida y le señaló.
El joven, por primera vez en muchos años, se asustó. La leyenda era cierta, el pintor lo había marcado. Intentó levantarse y huir pero, horrorizado, vio que su cuerpo ya no le respondía. Notó como se debilitaba sentado en el sofá. El pintor lo llamaba.
No, no lo llamaba a él, llamaba a su alma.
Poco a poco su cuerpo se quedaba completamente rígido y notaba como se introducía en el cuadro, sentía el calor sofocante de las llamas a su alrededor, los hierros de los aparatos de tortura apretando su cuerpo, las horcas de los torturadores pinchando y desgarrando su carne. Quería gritar, quería retorcerse, el dolor era insoportable, pero su cuerpo parecía de piedra y no podía moverse.
Inmóvil en el sofá vio como un nuevo personaje empezaba a dibujarse en el cuadro. Sabía cual iba a ser su rostro. Unas risas dementes y estridentes taladraban sus oídos y resonaban en su mente, la risa lunática del pintor mientras trabajaba ávidamente en su obra.
Entre gritos mudos y dolores indescriptibles desapareció de su propio cuerpo y entró en el cuadro en el mismo instante en que el sol empezaba a entrar por la ventana del salón. El olor a sangre, azufre y carne quemada le abrasaba las fosas nasales, en su cuerpo sentía el dolor del fuego y la tortura, en su cabeza resonaban los gritos de otros cientos de personas, gritos a los que se unían sus propios aullidos de horror y dolor, solo que no eran su cuerpo ni su cabeza los que experimentaban ese suplicio inhumano, esos podía verlos sentados aún en el sofá con los ojos en blanco mientras el sol los acariciaba con suavidad y empezaba a calentarlos.
---
Un hombre entra en la casa y se dirige hacia el cuadro. Es un hombre mayor de aspecto inteligente y mirada fría. Mira a su alrededor y se dirige hacia el cuadro. Habla con voz suave y seria.
— Ya queda menos, amigo. Aquí tenemos otra víctima con cuya alma sustituirás parte de la tuya, — dijo, y miró el cuerpo rígido del joven de reojo — aunque debo reconocer que lo juzgué más fuerte y precavido.
Tras eso Alastor Raum saca una lista del bolsillo de su americana y tacha el nombre del joven. Luego descuelga el cuadro y sale de la casa.
— Vámonos de aquí, aun quedan muchas almas que recolectar antes de que se cumpla nuestro trato.
Alastor Raum se aleja de la casa, en sus ojos fríos refulge un instante el brillo de las llamas del infierno y, tras él, la casa del joven arde hasta los cimientos con el cadáver rígido en su interior.

Llevaba una camiseta de manga larga ocre, desgastada, raída, con un oriental largo tiempo olvidado plasmado en el centro de la...

— Lorien Andrés Abardia
Leer más...

Lorien Andrés Abardia

Llevaba una camiseta de manga larga ocre, desgastada, raída, con un oriental largo tiempo olvidado plasmado en el centro de la prenda que proponía un estilo de vida basado en el fluir. Unos tejanos totalmente desgastados y con varios remiendos caseros cubrían sus piernas, y unas zapatillas Munich beige luchaban por dejarse ver entre el montón de barro que se acumulaba en sus ropajes. El chico parecía recién salido de un tornado tropical, con nombre de mujer furiosa, aunque un detalle destacaba más que los jirones de su ropa: Su cara estaba totalmente desfigurada.

Le faltaba una oreja, y la otra no era más que un bulto horrendo, semejante a esos trozos de longaniza que, incapaces de romper la tripa que los recubre, se hinchan de forma desigual hasta llegar al punto de eclosión. Tenía poco cabello, aunque esos pocos mechones eran tan largos que, de estar peinados, le llegarían a los hombros. El principal de ellos, con nudos varios y fango reseco, se desprendía sobre su cara, tapando uno de los pequeños ojos negros que decoraban su cara. La nariz era pequeña, diminuta, inexistente, y su boca enorme ofrecía unos dientes totalmente alineados, aunque amarillos, en la mandíbula superior, y repartidos de forma aleatoria en la inferior.

Se internó en el pantano, acompañado tan solo por el tintineo de las cadenas que pendían, oxidadas sobremanera, del grillete escondido en la manga izquierda de la camiseta. Sus dedos, doblados como los de un anciano atacado por una artrosis avanzada, buscaban una presa entre el lodazal. Llevaba días sin comer, y sabía que no podía dejar perder la oportunidad que la niebla le ofrecía. Su estómago rugía feroz, reclamando unas proteínas que, de no llegar, harían detener el ya saturado corazón del esclavo.

Un reflejo de plata, con tintes púrpuras, asomó entre las algas, y el chico se abalanzó contra él, clavando sus huesudos dedos en el lomo de la presa. Sacó victorioso el pez del agua, pero instantes antes de poder hincar bocado, apareció. Era preciosa, majestuosa, con unos ojos vivos y brillantes, llenos de vida, que miraban el preciado bocado. Estaba posada encima de un tocón de árbol, calcinado por un rayo años atrás, y sin mediar palabra el chico supo que debería luchar por su almuerzo. Ella también adivinó sus pensamientos, y durante unos segundos eternos sopesaron a su adversario. Era hermosa, muy muy bella, y no quería hacerle daño. Pero necesitaba comer.

Ninguno de los dos pensó en compartir la comida; ella no vió sus grilletes; él no vió los cuatro surcos ya cicatrizados que recorrían su pecho descubierto. Los dos sufrieron terribles tormentos en el pasado, y se habían olvidado del contacto con un amigo casual, un compañero de viaje oportuno con el que pasar mejor las dificultades que se presentaban en estos tiempos de individualismo y soledad. Ella abrió sus gigantescas alas y se abalanzó contra él, que ya se ponía en posición de defensa, preparado para actuar.

La refriega fue brutal, rápida y sin miramientos. Durante días el chico intentó recordar cómo se desarrolló con exactitud, pero no encontró recuerdos del combate en ningún agujero de su podrido cerebro. En ese momento pensó en que QUERÍA con todas sus fuerzas a esa águila. No es que quisiera poseerla, sino que la amaba. Era un ser desdichado, como él, fruto de unas circunstancias que ninguno de los dos habían escogido, hijos de un sentimiento de rebeldía que no cuajó en su interior. Las heridas lo demostraban. Estaba decidido. Le daría la comida. La alimentaría y la cuidaría. Haría de ella el ave rapaz más feliz que quedase en la tierra. Así tenía que ser. Así quería que fuese.

Cuando salió del trance en el que se hallaba sumido con esos pensamientos, se decubrió con las manos llenas de sangre y plumas, y el águila en el suelo, graznando. El pez que había capturado se había desintegrado durante la lucha (al menos estaba seguro de no habérselo comido) y él había acabado con su única oportunidad de sentirse pleno, como antes se había sentido. Por su egoísmo. Por su violencia. Por su terquedad. Por el hambre vacía que sentía desde hacía muchos meses. Ella lo miraba desde el suelo, intentando levantar el vuelo, y él no pudo hacer nada más que echar a correr. Podría haberla ayudado, quizás incluso curarla. Pero él no sabía hacer tales cosas, y las lágrimas y sollozos que emitía la moribunda le impedían pensar con claridad.

Así que hizo lo que mejor sabía hacer: se levantó, y siguió su largo, triste, y oscuro camino.

El ruido que había a su alrededor era tan grande,que apenas podía escuchar sus pensamientos.Observó a todas aquellas personas...

— Sonia Centeno Saiz
Leer más...

Sonia Centeno Saiz

El ruido que había a su alrededor era tan grande,que apenas podía escuchar sus pensamientos.Observó a todas aquellas personas que cruzaban la calle a un lado y a otro como cada mañana,intentando imaginarse cómo serían sus historias.Porque todo el mundo tenía una.
La anciana que paseaba su carrito de tela con la pequeña compra diaria paseando sus ojos cansados por los escaparates de la ciudad.Seguramente alguna vez fue una joven hermosa llena de vitalidad.Sin embargo,gastada por la vida,sólo reflejaba cansancio y melancolía. La imaginaba en las noches de Navidad,sola en su casa soñando con el pasado,lleno de horas y sueños felices.
Veía hombres de negocios jóvenes y apuestos ,demasiado atareados para dirigirle siquiera una mirada.Y aquel hombre que cada día cruzaba la calle con una niña pequeña de la mano.Se imaginaba que era viudo o separado o quizás su mujer trabajase temprano.
A Clara le gustaba inventar sus historias y verlos pasar,tan ocupados y estresados ,que apenas notaban su presencia.
Sin embargo ella siempre les daba los buenos días acompañados de una amplia sonrisa.
Ella también tenía su historia,aunque quizás nadie se había parado nunca a imaginarla .
De repente escuchó el sonido de unas monedas caer en la cesta,y,cuando iba a sonreír y dar las gracias,vio su bello rostro juvenil reflejado en los límpidos y claros ojos de un hombre.
-Toma-le susurro-hoy no has ganado nada.
Y después se alejó mientras Clara se imaginaba cómo sería su historia con aquel hombre,cómo sería estar en sus brazos y verse reflejada en aquellos ojos cada noche.
Observó las monedas q descansaban en sus sucias manos,y comenzó a soñar .
Pero al imaginárselo en su acogedor hogar,rodeado de una preciosa familia y disfrutando de una ducha caliente cada mañana,sintió una punzada de dolor en el pecho.Sólo se trataba de tener sueños pequeños,no de aspirar a cosas que ella nunca tendría.
Miró las yemas de sus dedos algo ásperas pero gráciles y se acarició los pómulos.Era tan fácil imaginar que eran las manos de aquel hombre las que repasaban la piel de su rostro con delicadeza,mientras clavaba sus ojos azules en los de ella...
Lo esperó cada mañana esperando que apareciera de nuevo. Los minutos pasaban demasiado lentos y la vida de las personas que continuamente cruzaban la calle ya no le interesaban.
Quería volver a verle.
Quería tener una vida real.
Cuanto más se empeñaba en olvidar a aquel chico,más pensaba Clara en él .Se sentía como una estúpida dejándose envaucar por una ilusión que ella misma había creado en su cabeza.Pero cuanto más empeño ponía en olvidar,más pensaba en el chico de ojos azules.
Se imaginó que él venía y le daba una nueva vida,que cuidaba de ella y,algún día,siendo ya ancianos,caminaban de la mano por la calle manteniendo el cariño,aunque las pasiones hubiesen desaparecido con la juventud.
Pero él no volvió a pasar por allí,y ella empezó a imaginar que le había ocurrido algo.
"Lo que ocurre-pensó Clara- es que la gente normal no mira a los malditos y penosos vagabundos"
No los ven,no existen,y sí lo hacen,lees en sus ojos asco y desconfianza,y alguna vez lástima deseando que no les ocurra a ellos.
Pero muy pocas veces alguien te dirige la palabra.
El sol cayó,y ella pensó que era hora de marcharse.Miró la esquina donde se había sentado el último año y pensó que echaría de menos a las personas que veía a diario.Pero tenía que irse.
Podía vivir en la calle,aparentar ser fuerte aunque no lo fuera,disfrazar su dolor y su tristeza con una sonrisa cuando lo que deseaba era echarse a llorar y salir corriendo.Cuando lo que deseaba era cariño y una vida normal,cosas que desde la altura de una acera,jamás conseguiría.
Así que se marchó,dejó aquella calle huyendo de la imagen de aquel hombre y de los absurdos sueños que le hacía imaginar por una simple mirada.
Había cientos de miradas,pensaba ella enfadada,estás sola ,en la calle,sin nada,claro que deseas creer que te ha mirado de una forma especial .
Así que se fue.
A la mañana siguiente caminó en otra dirección para escoger un nuevo lugar donde pedir ayuda.No le gustaba hacerlo,incluso al principio ofrecía su ayuda a personas que necesitasen llevar la compra,arreglar cosas en casa o limpiar algo.Pero aquello no funcionaba en una ciudad.La gente estaba podrida por dentro.No te veían,no sabían que existías.
Caminó distraída por la acera observando su reflejo en los cristales de los portales.No era tan malo vivir en la calle como todos pensaban.Era peor vivir en el lugar del que ella escapó.
No tenía madre,salvo la que ella se inventaba en sueños.Y por desgracia,tampoco la figura de un padre.Porque Alberto nunca lo fue.
En casa jamás se podía levantar la voz ni dar una opinión.Lo siguiente que recibía era un golpe.Después de cada paliza,él desaparecía durante días y luego volvía como sí nada.jamás pedía perdón.
Clara lloraba cada noche hasta que se le secaban las lágrimas,y el miedo y el dolor se convirtieron en odio.Cada vez que le miraba,deseaba que se muriera.Pero hasta eso le asustó .Ella no quería convertirse en alguien así.A pesar de la mala vida que había llevado,ella creía que debía existir algo más.Que ella se merecía algo más.
Así que una noche que él no volvió,Clara se marchó para siempre.
Recorrió varios pueblos haciendo trabajos y buscándose la vida.Al principio le fue bien,se sentía feliz de ser libre y de estar lejos de él .
Después alguien le habló de la ciudad y acabó pidiendo en las calles.
Tampoco estaba mal,pero ella prefería hacer algo útil.Sin embargo nadie le dio una oportunidad.
Observó su reflejo en el cristal.Era muy joven para estar en la calle.Los mendigos que veía tenían la piel quemada y envejecida de estar a la intemperie.Algunos bebían o se drogaban y estaban sucios .
Pero Clara sólo tenía veintidós años y era aún una cría.A pesar de la vida que llevaba y había llevado,mantenía intacta su ilusión.Posiblemente era eso lo que le daba fuerzas para seguir adelante:el deseo de conseguir lo que quería.
Pero no estaba segura de cómo hacerlo.Acabar en las calles era muy fácil,sí la gente supiera lo fácil que era,sus miradas reflejarían el pánico.
Pero salir no era tan fácil.
Clara se aseaba cada día y también se lavaba los dientes,aunque ese día no hubiese comido.Alguna vez otro vagabundo se rió de ella por eso.
Pero,al contrario de lo que él creía,Clara no pensaba impresionar a nadie.Sólo quería sentirse bien.
Así que aquella mañana el reflejo que le devolvió el cristal,fue el de una joven normal y corriente y salió dispuesta a encontrar una nueva vida.

Vivió con su madre hasta los cuarenta y tres años y, unos cuantos más, en casa de su tía que, al morir también, le dejó el...

— Sílvia Catchot París
Leer más...

Sílvia Catchot París

Vivió con su madre hasta los cuarenta y tres años y, unos cuantos más, en casa de su tía que, al morir también, le dejó el piso donde vive. Cuando se quedó solo, se deshizo de todo lo que no necesitaba. Vació su cuarto, lo cerró y no lo abrió más. Cambió el colchón y se instaló en la habitación grande. Se quedó con la cama, la mesilla de noche, el armario, añadió una de las sillas del comedor y conservó la cómoda, que todavía está vacía y sobre ella tampoco ya hay nada. Había algunas fotos de la familia, de sus padres, enmarcadas y en blanco y negro, y la de algún familiar que nunca conoció. En los cajones guardaba libretas con números apuntados hasta la última hoja, pero un día decidió tirarlos también. En el comedor mantuvo el sofá, la mesita con la luz, la única que alumbra toda la sala, la mesa baja de delante del sofá, la tele, el colgador de pie de la entrada y un mueble con las puertas de cristal donde sólo tiene la botella de coñac y la copa. Se miró durante muchos días el cuadro de encima del sofá, si lo quitaba quedaría un clavo sin nada colgado: era una escena de caza y los colores no le molestaban. Hay un pequeño balcón que nunca abre, donde hubo una planta que se acabó muriendo .

Duerme a oscuras y todo tapado. Suena el despertador, a las 07:01, como cada día. Se levanta de golpe y se queda sentado en el borde de la cama, sin pensar en nada. Se pone las gafas y las zapatillas. Se levanta, y se abrocha la bata que está encima de la silla. Abre la persiana medio palmo, coge la ropa interior del armario, lo vuelve a cerrar y va hacia el baño. Mientras se calienta el agua de la ducha, se lava los dientes y aprovecha el vapor condensado en el espejo para afeitarse, no le gusta verse reflejado. Una vez limpio y peinado, va hacia la cocina. Prepara la cafetera y la pone al fuego. Introduce dos rebanadas de pan en la tostadora y saca la mermelada de la nevera. Sobre el mármol coloca la taza con la cucharilla, el azúcar, el plato y el cuchillo. Entonces ya se viste. Abre el armario y coge una camisa beige cualquiera. Los pantalones , si ya se les ha puesto el día antes, los tiene colgados de la silla junto con el cinturón. Los zapatos están debajo, mirando hacia él, también marrones, sin cordones y con la suela de goma. Vuelve a la cocina y se toma el desayuno. Cuando ha terminado, lo lava todo, excepto la cafetera, lo seca y lo guarda. Abre la nevera y deja la mermelada, coge la bolsa de plástico, la mete dentro de la bolsa que tiene colgada en el perchero y la deja en el suelo, delante de la puerta. Se hace la cama, abre un dedo la ventana y ajusta la puerta. Entra una vez más en la cocina, enjuaga la cafetera y comprueba que el gas está bien cerrado. Vuelve al perchero, se pone la chaqueta, se asegura de que la libreta y el lápiz están en el bolsillo, se cuelga la bolsa y , bien atento a los sonidos de la escala, espera.

A pesar de ir a tanta velocidad podía ver como el espacio se movía lentamente a su alrededor. No se sorprendió al pensar que...

— Eunice Espejo
Leer más...

Eunice Espejo

A pesar de ir a tanta velocidad podía ver como el espacio se movía lentamente a su alrededor. No se sorprendió al pensar que era inmenso, todo el mundo lo sabía, pero sí se sorprendió al descubrir que el hombre jamás sería capaz de explorarlo por completo. Habían pasado siglos desde que habían subido allí por primera vez, y aún así, ni siquiera habían salido de su propia galaxia. "El espacio es inmenso" se volvió a repetir, y cerró el mirador de su compartimento.

Su nave se dirigía al planeta Lacerta, la siguiente escala de la conquista espacial. Su labor era la de explorar el planeta con una tripulación humana por primera vez. Esto no quería decir que no supieran a lo que se enfrentaban. Antes de mandar cualquier nave con tripulantes humanos estudiaban el planeta a través de satélites, robots de exploración y naves precursoras que orbitaban el planeta hasta que se había averiguado todo sobre él. Lo que buscaban era estudiar el planeta desde dentro y confirmar los datos ya recogidos, preparar el terreno para la terraformación.

Apoyado en el quicio de la puerta, observaba como su hija hacia la maleta. Tenía la habitación llena de ropa, zapatos, cajas y...

— Mª Nieves Fernández Céspedes
Leer más...

Mª Nieves Fernández Céspedes

Apoyado en el quicio de la puerta, observaba como su hija hacia la maleta. Tenía la habitación llena de ropa, zapatos, cajas y decenas de recuerdos que dudaba en llevarse a la universidad o dejar en su cuarto. Su padre la observaba con una mezcla de inquietud e ilusión. Olga, su pequeña Olga, se iba de su lado a comenzar una nueva vida lejos de él. No quería admitir que un miedo atroz le destrozaba el corazón y el alma, temiendo que la niña de sus ojos se deshiciera de su tímida sonrisa y su angelical inocencia, convirtiéndolas en todo aquello que un padre temía cuando una joven como ella se juntaba con la gente equivocada.

- ¿Por qué me miras así? - pregunto Olga mirándolo y frunciendo el ceño.
- Porque no quiero que te vayas - confeso Manuel con una triste sonrisa.
- Papá, ya hemos hablado de eso - dijo Olga a su padre dejando los vaqueros que tenía en las manos y dirigiéndose hacía él -. Tengo 18 años y quiero ser médico. Voy a la universidad para eso, para estudiar y labrarme un futuro. Para nada más - aclaró Olga mientas abrazaba a su padre.

Mientras Manuel le devolvía un abrazo cargado de cariño y temor, no podía quitarse de la cabeza que ya no podría proteger a su pequeña como lo había hecho hasta ahora.

Nunca maté a nadie que no se lo mereciera, todos los muertos se lo ganaron a pulso. Me tenían harta, jode y jode, por...

— Joan Carles Guisado
Leer más...

Joan Carles Guisado

Nunca maté a nadie que no se lo mereciera, todos los muertos se lo ganaron a pulso. Me tenían harta, jode y jode, por deshacerme de unos cuantos sacerdotes de mierda, ¿quién les iba a hacer justicia a los pobres padres? ¿La iglesia?, no, ¿y las autoridades? mucho menos, todos se tapan entre ellos. Si hubierais escuchado a los padres de los niños, seguro que no me estaríais jodiendo; solo pensar cómo trató el maricón del obispo a los padres aún me da nauseas.

«—Tanto los niños como ustedes olvidarán pronto lo que les hizo el padre Nicolás. Al rato, ya ni se acordarán. Deben perdonarlo. El padre es un hombre enfermo.»

¡Estas palabras, les dijo el “señor” obispo! a las familias de la parroquia, ellos habían acudido, a él, pidiendo justicia y consuelo; más de sesenta niños habían sido violados por el cura de mierda, pero nada, el obispo nunca los ayudó y continuó diciendo:

«—Lo que hizo el padre Nicolás fue un error, es mejor que no se sepa. Mejor que ustedes no vayan a la policía, los perjudicados van a ser ustedes. Todo el mundo se va a enterar de lo que les pasó. Es conveniente no decir nada, para que los niños no salgan dañados.

Del Amor al Odio. By FranOrieta. -Entonces… ¿Qué fue lo que paso? Pregunto el detective mirando fijamente a los ojos de...

— Franco Luis Orieta
Leer más...

Franco Luis Orieta

Del Amor al Odio. By FranOrieta.


-Entonces… ¿Qué fue lo que paso? Pregunto el detective mirando fijamente a los ojos de Anthony

-Desperté y allí estaba ella- Respondió señalando el lado derecho de la cama. Créame detective era la única manera de frenarla, jamás quise hacerle daño pero… no podía más, mi vida se había vuelto un caos…

-¿Admite que fue Usted?- Pregunto el Detective

-Así es- Respondió rápidamente Anthony mientras encendía un cigarrillo con absoluta frialdad.



3 Años antes…




-Así pues, y visto vuestro consentimiento, y en virtud de las facultades que legalmente me han sido otorgadas, os declaro desde este momento marido y mujer-

-Este es el día mas feliz de mi vida- Dijo Brenda lanzándose a los brazos de Anthony.

-Y el mío mi amor, soy el hombre más feliz de este mundo, me costo, pero al fin eres mía, solo mía. Dijo Anthony mientras sus ojos se llenaban de lagrimas. -Corre, ve con tus amigas que están deseando que tires el ramo.. ha.. y si puedes, intenta que lo coja Elizabeth.. ya sabes.. tiene 50 años y aún sigue soltera- susurro al oído de su esposa.

Al escuchar esto, Brenda empujo sutilmente a Anthony mientras reía sin parar y tras acomodar su vestido se alejo hacia donde estaban sus amigas.

Anthony conoció a Brenda hace exactamente 8 meses en el club de striptease donde ella Brenda. El era uno de los mejores clientes hasta ese día, el día en que se enamoro perdidamente de la mujer mas bella que alguien podría llegar a ver.
Pero no siempre todo es lo que parece, detrás de esa belleza había un pasado tan oscuro como la misma noche.



Bueno, algo rapido que se me ocurrió en el momento je. Perdón por los errores estoy desde el móvil y se me corren los textos :(
FranOrieta.

Adoro cuando se pone a jugar con un dadito de hielo. Me emboba ver como lo envuelve suavemente con sus dedos, como deja que...

— Francisco Manuel Cazorla Crespo
Leer más...

Francisco Manuel Cazorla Crespo

Adoro cuando se pone a jugar con un dadito de hielo. Me emboba ver como lo envuelve suavemente con sus dedos, como deja que resbale húmedo por la palma de su mano; como juega con él mientras el pobre dadito se va derritiendo poquito a poco y va entregando su vida sin apenas ofrecer resistencia. Y me embarga el nerviosismo; cuando ya abatido y desaguándose, lo toma fuertemente con dos dedos, y se lleva al dadito a esos labios carnosos y sonrosados, lo pasea de comisura a comisura, lo abrasa de dulce calor. Y el dadito comienza a dar sus últimos suspiros. Se ha perdido en la cálida ratonera de su fin.
Adoro pensar que si le hace eso al dadito de hielo, qué no me haría a mí…
Todas las noches me pregunto por qué diablos sigo viniendo a este local. Podría ser un marido normal, de los que llegan a casa después de un duro día de trabajo, besan cariñosamente a su mujer y le acarician el cabello a sus hijos. Pero no. No lo soy. Simplemente soy un desgraciado que intenta vender libros y se mete en un bar de mala muerte para mirar a Lulú. Odio mi trabajo. Odio a mi mujer. Y odio a mis hijos. Pero amo a Lulú...

Existe un lugar social formado por infinidad de personas, de diferentes ideas, sentimientos y formas de vivir; pero que al...

— Patricia Dávila
Leer más...

Patricia Dávila

Existe un lugar social formado por infinidad de personas, de diferentes ideas, sentimientos y formas de vivir; pero que al final todas se interrelacionan entre sí y acaban por tener un fin común: escudarse a través de la imaginación y el morbo en algo irreal...
Existe en este lugar social los que necesitan afecto, los que no son comprendidos, los que ocultan la verdad, los apasionados, los solitarios, los adictos al sexo, los soñadores, los principiantes.
Podría enumnerar un sinfin de personalidades y modos de vivencia pero al final todos ellos disfrutan utilizando su imaginación, jugando partidas, intercambiando información personal; pero por sobretodo disfrutan siendo otros, al menos en un momento dado, la posibilidad de cambiar de vida en un mundo imaginario o vivir la vida de una manera distinta.
Yo fui una de ellas... debo confesar que en un primer momento me arrastraron a ese ámbito... y

Así que esto es morir... lo imaginaba... Es como asfixia… me estoy muriendo… Lloro por dentro, me angustio… y gesticulo...

— Adele Urbán Flores
Leer más...

Adele Urbán Flores

Así que esto es morir... lo imaginaba...
Es como asfixia… me estoy muriendo…
Lloro por dentro, me angustio… y gesticulo arrepentido…
...Tranquilidad, cierro los ojos... un parpadeo con mil recuerdos... reflexiono mis pendientes… pienso en ella… pienso en todos, vivos y muertos... suspirando con dolor... melancolía... sigue la asfixia… Así que esto es morir... no lo esperaba...
El tiempo eterno en unos segundos… había mil cosas… no terminadas… no era mi tiempo… es muy injusto… no duele, nada… mi última lágrima… ya no respiro… mi corazón, ya no lo siento…
Estoy tirado, mi cuerpo inmóvil… todo en silencio… ¿Qué habrá pasado? Me veo muy solo… y muy descuidado…
Tenía una vida, medio recuerdo… todo es borroso… Así que esto es morir… esto es tan raro…
No siento, nada, pero aún siento… ¿Esto es un sueño?
Estoy llorando, o eso creo… Todos se acercan, me ven con asco, otros con miedo… Tengo 30 años… no era momento… todo empezaba…
Tenía mil sueños, expectativas… Ahora lo entiendo y ya no hay tiempo…
¿Qué dirá Laura? Siento como ansias… pero no siento.
Todo es silencio, pero los veo… cierran mis ojos, pero los veo…
Estoy volando pero en mi cuerpo… ahora me cargan… siento y no siento…
¿Ya estoy muerto? ¡Si sigo adentro! Estoy en mi cuerpo, pero me veo… esto es muy raro, pero sí, estoy muerto.
Mi pecho se asfixia, pero estoy ya muerto… lloro por dentro, no lagrimeo…
Y pasa el tiempo y aún no entiendo… esto es tan raro… ¿Por qué estoy muerto? Estoy muy joven, no era mi tiempo… Estoy muy triste… y tengo miedo.
Es como asfixia… qué está pasando… ¿Por qué me esculca? ¿Qué no hay respeto?
Y pasa el tiempo…
¡Ahí está Laura! ¡Ahí está mi Laura! Está llorando… ¿Por qué no me toca? ¡Y no me abraza! ¡Si sigo adentro! ¡Estoy en mi cuerpo! ¿Me ve con asco? ¡Ah! Es que estoy muerto…
Tocó mi mano, me la acaricia… y yo no siento… veo sus ojos… ¿Por qué estoy muerto? ¡Te amo! ¿Me oyes? Te amo y lo siento… lo siento mucho… Yo no quería, aún no lo entiendo… te pido disculpas… ¿Por qué estoy muerto?
¡Habla y di algo! ¡Estoy adentro! Tú no me escuchas, yo sí te veo… Quiero abrazarte y no me muevo… ¡Me desespero! ¡Yo sigo adentro! Siento una asfixia con muchas ansias… ¿Así que esto es morir? ¡Qué pendejada!
El algodón no me incomoda y ni lo siento… ya estoy vacío, me dio mucho asco, fue algo muy feo, cerré los ojos, cierro el olfato y no huelo, nada… Y sigo adentro…
¿Y por qué este traje? ¡Ni me gustaba! Y esta corbata siempre asfixiaba.
¿Cómo me salgo? ¡Esto es absurdo! Si ya estoy muerto, por qué no muero…
Ya no me angustio, pero no entiendo… esto es tan raro...
¿Y si me queman y sigo adentro? ¿O si me entierran y todo es negro?
Mi angustia vuelve… lloro de nuevo… siento esa asfixia… ¡Me desespero!
Lloré ya mucho… por fin entiendo que no hay remedio… ¡Chin! ¡Estoy ya muerto! Maldigo y rezo…
Hay tanta gente, mucha llorando… Laura hasta enfrente y mi madre al lado… ¿Cómo los veo si sigo adentro? ¿Me lo imagino? ¿Estoy soñando? Sigue mi angustia y no hay remedio.
Oigo que rezan… me rio por dentro… si Dios existe ¿Por qué no lo veo? No fui tan malo… ¿Si sigo adentro es por ser ateo? Qué fea bromita… ¡Ahora ya creo! ¿Me escuchas? ¡En ti ya creo! ¿O es que no existes? ¿Qué estoy diciendo? Seré sincero: ¡Creo y no creo! ¡Si eres tan bueno toma mi alma y pudre mi cuerpo! ¿Qué no lo entiendes? ¿Por qué sigo adentro? ¡Sí, tengo miedo!
Esto es muy raro… Ahora qué hago…
Debo salirme, salir de mi cuerpo… salir de esta caja e irme al cielo… o al infierno… me da lo mismo, ¡Sí, soy ateo! ¿Ya me escuchaste? ¡En ti no creo! ¿Qué estoy diciendo? Estoy angustiado… y tengo miedo… siento una asfixia… tengo como ansias… Ok… sí creo… Bueno, no creo… ¿Qué estoy diciendo? Me da lo mismo, estoy ya muerto, y lo que pase… y lo que pase ya no es consuelo… Que pase el tiempo, ¡que pase el tiempo! ¡Ya no me importa! Yo ya estoy muerto… No, no lo entiendo, yo ya estoy muerto y sigo en mi cuerpo… Bueno, ya no me importa, pero mi angustia me está asfixiando… estoy aterrado, sí, tengo miedo… ¿Cómo le hago? ¿Cómo me salgo?
No recuerdo haber escuchado algo como esto… La ciencia dice que en el cerebro ya no hay impulsos, no hay conexiones, pero yo estoy pensando y hablo conmigo, tengo conciencia, reflexiono y me angustio, me asfixio y me desespero, y tengo miedo. Cosas humanas, cosas de “vida”, pero estoy muerto… esto es tan raro… esto es muy raro… Qué miedo tengo…
¿Por qué no veo una luz que me llame? ¿Por qué no hay un túnel? ¿Por qué mi padre no me recibe con un abrazo? ¿Y san Pedro y sus llaves? ¿O dónde están el calor y las torturas del infierno? Ya estoy muerto y estoy delirando… ¿O estoy soñando? ¡Me desespero!
Seguro un asunto me tiene atado, algo inconcluso, no terminado… cómo saberlo, todo es tan raro, yo era tan joven, toda mi vida era el principio y había mil planes que siempre pospuse, creí que había tiempo, tenía una vida, ahora lo entiendo, desperdicié muchas horas, no aprecié el tiempo y al no atreverme a seguir mis sueños malgasté mi vida y, qué idiota, morí frustrado… hice mil cosas que ni quería, y otras no hice por tener miedo o por recatado o por flojera o por penoso o por no ser señalado… ahora lo entiendo y ya es muy tarde; suena a cliché, pero, si aún viviera, todo lo haría, no habría complejos… sí, hoy me arrepiento… seguro es eso por lo que, aunque muerto, sigo en mi cuerpo.
Pero, ¿De qué morí? No lo recuerdo.

«Venid a mi casa en cuanto podáis, es urgente». Dobla el papel y retiene la solapa mientras calienta la barra de lacre, deja...

— Trini Rodriguez Martín
Leer más...

Trini Rodriguez Martín

«Venid a mi casa en cuanto podáis, es urgente».
Dobla el papel y retiene la solapa mientras calienta la barra de lacre, deja caer unas gotas sujetando el pliegue y estampa el sello de la sortija que heredó de su padre. Sale del gabinete con la carta en sus manos.
─¡Pieter!
─Sí, señor.
─Llévala a la Oude Langendijk y entrégasela a Van Vermeer antes de ir al taller. No te entretengas.
─Si señor.
Es una fría tarde de invierno. Las aguas de Molslaan siguen heladas a pesar del sol que lució durante la mañana. Pieter camina deprisa, encogido, tiene los pies entumecidos de frío y las manos rojas de sabañones. Le castañean los dientes y su aliento se congela. El pobre jubón de retorta apenas protege sus huesos de las bajas temperaturas. Van Leeuwenhoek, prometió regalarle una capa en paño de lana, por ayudarle con el vidrio, pero no lo ha hecho, seguro que habrá ahogado su promesa en una jarra de cerveza.
Le gustan las tardes que su señor le envía al taller de su amigo; a veces vuelve con los dedos abrasados de frotar lentes con arena de cuarzo. Horas y horas aplicando el mismo movimiento circular.
─El pulido ha de ser firme y delicado ─le indica Leeuwenhoek─. Debes sentir el vidrio en tus manos como el cuerpo de una mujer a la que amas. Leerlo con las yemas de los dedos. Conocerlo y desterrar esa idea confundida de frialdad. Percibir sus elementos, cautivarlos. Iniciar entonces un cortejo llenándolo de requiebros y caricias; que se sienta el más deseado de los cuerpos y se abra para ti. No olvides su fragilidad a pesar de la dureza y trátalo con energía pero con suavidad.

De qué sirven los amaneceres para aquel, cuyo deseo es permanecer en las sombras. Aquellas que lo cobijan y jamás dejaran que...

— Esteban Iacomelli
Leer más...

Esteban Iacomelli

De qué sirven los amaneceres para aquel, cuyo deseo es permanecer en las sombras. Aquellas que lo cobijan y jamás dejaran que los demás noten su presencia en los dominios de esta estúpida vida, la cual se le ha otorgado.
De qué sirve el sol, para el de alma obscura, pensamientos negros, corazón quebrado.
Para que iluminar al que odia la luz, solo para castigarlo.
Entre sombras ha de quedar. Mas la molesta la parte de este día que lo ha sacado de su encierro de obscuridad, el despertar, otra vez.

"Oh si pudiera dormir por siempre".

Palabras, inútiles, ha oídos de nadie llegan, ni siquiera a los propios, el ha dejado de oírse hace mucho tiempo.
Dejando atrás aquel sueño, ese océano de solo sombras y escondrijos para llorar.
Dejando todo atrás, aparece en medio de este aire viciado, de caras borrosas y estúpidos ideales.
Caminar, correr, da lo mismo, la persecución siempre es tarea perdida, imposible ocultarse de estos seres, los cuales forman un entorno. Ese que aborrece.

"Quizá, el sonido, algún día, algún día."

Esas palabras, repican en su cabeza una y otra vez, cada día de su vida. Cada amanecer aborrecido.
Empujando las horas, aparece lo que cree es su mejor compañera, la amada noche, sus sombras, su ser, oculto en ella.
Ya las miradas no molestaran, porque ella está cuidando de él.

Es ahora, cuando en parte, es protagonista de su vida.
Mientras dura el día, solo es un espectador, un tercero. Nadie.
No se siente especial, no se siente vivo, no se siente parte del mundo, de este en el que ha de caminar.
Quizás llore un poco, por su cobardía. Quizá no. Tal vez solo se oculte y se siente a pensar, a divagar, a ver como seria si deseara estar aquí.

Todos sus mundos, terminan igual. Sin él.
Claro que en sueños, somos héroes, valientes, no existe el miedo. No. No para él.

"Quizá el sonido, una noche, una noche, tal vez...esta noche".

La noche pesaba sobre los hombros del sueño que no podía dejarse aplastar. La oscuridad en la habitación se escurría hacia...

— Edgardo C. K.
Leer más...

Edgardo C. K.

La noche pesaba sobre los hombros del sueño que no podía dejarse aplastar. La oscuridad en la habitación se escurría hacia arriba desde debajo de su cama, la cabecera le susurraba algo en la nuca. Y fue en ese momento cuando advirtió que la ballena estaba ahí. detrás de él. Lo observaba y esperaba como la sombra a la luz que le da vida; jamás se iría de su lado, -¡la ballena se queda!- fueron las palabras que su nuca logro descifrar.

Jacinto estiro la mano al cajón del buró y saco un paquete de cigarrillos mejicanos, pensó en el peyote que recibió del Marakame en el desierto, la boca se le hizo agua amarga, los minerales, algas, caracoles, moluscos y peces escurrieron por la boca directamente de sus emociones, repitiendo el trayecto en barco desde México hasta las tierras de la madre patria en los puertos españoles.

Nadie pudo verlas, pero se que estuvieron ahí, en la nuca, en la oscuridad, en la noche: gotas de lagrimas, sudor, agua marina y baba de la ballena que vive en su habitación.

13 de Noviembre 2013, Estoril. La luz del sol se cuela por la ventana de la habitación y cae suavemente sobre mi cuerpo aún...

— Cristina Estellés
Leer más...

Cristina Estellés

13 de Noviembre 2013, Estoril.

La luz del sol se cuela por la ventana de la habitación y cae suavemente sobre mi cuerpo aún dormido. Mi mente ya está despierta, pero no abro los ojos, dejo que los sonidos del nuevo amanecer lleguen a paso lento a mis oídos. Me doy media vuelta e intento recordar mi último sueño, pero no lo consigo. Hace ya tiempo que dejé de soñar, aunque mi alma se niega a aceptarlo, por eso rebusca incesante en cada momento de vigilia, cuando la mente no esté en pie de guerra y pueda robar un mísero instante de polvo de hada, pero sus intentos son siempre en vano. Hasta el momento sólo se topa con el lejano humo de las cenizas de aquellos sueños de los que antaño se alimentaba.

Ante su nuevo fracaso, me quedo quieta, como estatua de sal a orillas del mar que mece sus aguas al otro lado de esa ventana, hasta que abro los ojos y me siento al borde de esta cama sin nombre, mientras mis pies buscan cobijo ante el frío suelo que se extiende ante ellos, cansados ya de andar sin rumbo, siguiendo el camino de tu invisible rastro.

Dejo mi mente en blanco, y camino lentamente hasta la ventana, la abro de par en par, dejando entrar a las olas, a los peces y a las gaviotas, pero deciden quedarse fuera, tan sólo el intrépido viento osa entrar, para acompañarme en mi despertar. Y es entonces, cuando mi alma se niega de nuevo a alimentarse de las sombras de las cenizas, y cierra mis ojos, buscando en mi memoria aquella habitación donde no había sitio para el sol. Una habitación sin ventanas, sin mares, ni gaviotas, tan sólo cuatro paredes sumidas en la negrura, donde era el aire quien necesitaba oxígeno para respirar, y no yo. Me veo allí, contigo, mis ojos no te ven, pero mis oídos escuchan tu apacible respiración. Te abrazo, y allí, en tus brazos, viajo hasta el mar infinito y construyo estatuas de sal. Giro mi cuerpo, apago el despertador y salgo de un salto a la ducha. Apenas queda jabón, lo volteo, y mientras aprieto repetidas veces sobre él, pequeñas burbujas salen del bote y se quedan conmigo. Todas menos una, que vuela más alto que las demás y decide dejarme atrás, adentrándose en la habitación. Salgo de la ducha y busco el destino de la burbuja aventurera, la encuentro viajando lentamente hacia ti, hasta que se posa en tu brazo, y desaparece para siempre. Sonríes, y en ese recuerdo, vuelvo a sentir la sonrisa a mis labios, hasta que vuelvo a abrir los ojos, y la desdibujo por completo. Mi alma me abandona, pues ya obtuvo su pequeña ración de sueños y yo vuelvo al presente, me sobra luz, y me faltan tus brazos protegiéndome de la oscuridad.

Camino hacia la bañera y en mi espalda se clavan los cuchillos de una nueva habitación vacía. Dejo que el agua caiga con fuerza, me sumerjo en ella, y deslizo mi cuerpo lentamente, hasta que el agua cubre por completo mi cabeza, hasta que asfixia los sonidos del exterior que tanto contrastan con el vacío y el silencio de mi interior. Decido quedarme allí para siempre, pues fuera del agua ya nadie te busca y suenan más graves sus voces, que me aconsejan subirme a su mismo tren del olvido. Al principio a penas oía murmullos inaudibles, pero con el paso del tiempo y las esperanzas rotas, se fueron haciendo más nítidos, hasta que ahora los oigo claro y fuerte. Me gritan que te deje atrás, que empiece de cero, y no quiero entenderlos, no quiero escucharlos, pues siento que te estoy traicionando.

Mi cuerpo está cansado de buscarte y mi mente escapa de mi alma con excusas que pongan un punto y final a este sufrimiento; ¿Y si fuiste tú el que decidió desaparecer? ¿Y si realmente me dejaste? ¿Y si lo que andas buscando es empezar de cero una vida entera?

Cuando agoto casi por completo el aire de mis pulmones, me sorprendo saliendo a la superficie, dejando que todo vuelva a mí, el aire, el olor a sal, todo regresa de golpe, todo se mantiene igual que lo dejé antes de sumergirme, todo menos esa pompa de jabón, que vuela más alto que las demás y decide dejarme atrás, adentrándose en la habitación de este hotel, cuyo nombre nunca aprendí. Salgo de la bañera envuelta en un suave albornoz que no ahoga mi frío, y trato de averiguar su destino.
Sé que esta vez la pompa de jabón no morirá sobre tu brazo, viaja lentamente hasta la ventana y sale al mundo a buscarte, como haré yo, una vez más, también dejándome llevar por el viento, volando con las alas del difuso recuerdo de tu mirada, que embruja mi alma y grita en silencio mi nombre, pidiéndome que no suelte tu mano y te deje caer en las aguas abismales del olvido absoluto.

Despertó de un extraño sueño, con la angustia en la garganta y las lágrimas al borde del precipicio de unos ojos cansados. Era...

— Luciana Monteblanco Stábile
Leer más...

Luciana Monteblanco Stábile

Despertó de un extraño sueño, con la angustia en la garganta y las lágrimas al borde del precipicio de unos ojos cansados. Era el comienzo de una tarde especialmente fría de un domingo invernal. Recordó vagamente que en el sueño sus padres la acusaban de locura, argumentando que este desvío de carácter (para los cuerdos) se le notaba en la mirada. La de los ojos cansados. Sorprendida después de abrir los ojos y encontrarse con aquellas enormes ganas de largar el llanto, pensó que talvez algo de cierto este sueño podría tener, porque al fin y al cabo, luego de ciertos actos cometidos una acaba por dudar de eso que definen por cordura.
Abril decidió quedarse un instante más en la cama, miró la hora en su teléfono celular y constató lo que ya pensaba, que pasaba del medio-día. Sintió la casa silenciosa, le pareció raro que no se escucharan los gritos de sus sobrinos, corriendo por ahí. Intentó descifrar el olor que salía de la cocina y se preguntó cual sería el menú dominical, cuando sintió el gusto a resaca en su boca seca y al minuto las ganas de comer desaparecieron. Quiso recordar cuánto había bebido la noche anterior, pero no pudo exactamente. Sí recordaba la llegada a El Bar con sus amigas, que habían tomado un par de cervezas, algunas rostros, algunos diálogos y de pronto su mente se transformaba en un enorme agujero blanco. Y de pronto pensó, que si El Olvido tuviera un color, sería blanco. Ella sabía que la noche anterior podría haber sido para cualquiera una noche normal. Pero no lo fue. Hizo un esfuerzo por recordar algo, y ahora que podía mirarlo todo desde otro ángulo, lo percibía. Realmente no había sido una noche normal.
Había en el aire una especie de rabia camuflada mezclada a una excitación contagiosa que se elevaba del piso densamente como la niebla matinal de los pastos en inviernos crudos. De esos que crujen huesos y dificultan la respiración; de esos inviernos montevideanos habituales. No se entendía bien si era la vulgaridad estampada en las caras ajenas, en sus actitudes y en sus frases hechas, que le daban al ambiente ese carácter bohemio. Pero no se preocupó porque estaba familiarizada con esos antros; se movía en esos lugares como rata inmunda en las cloacas estrechas y laberínticas de las grandes ciudades. Y estaba ahí, haciéndole creer a sus amigos que de veras añoraba aquel lugar y aquellas voces, confirmando lo que ya pensaba: que para conservar algunas amistades a veces hace falta un poco de insinceridad. Afecto y amistad no combinan con verdades absolutas. Y mientras los observaba a todos, pensaba que podría aprovechar la situación y empezar a divagar sobre la falsedad de la vida, sobre como todo le parecía una gran payasada, vomitar todos sus pensamientos…
Lo que ella pensaba era que en lo más hondo de su ser, todo humano ansía una vida mediocre y en lo más profundo de su alma lo sabe. Guarda ese secreto bien escondido en algún lugar. Somos educados para mentir, fingir, hacer de cuenta, hasta que terminamos creyéndonos nuestras propias mentiras, se había dicho a si misma más de una vez. Y ahora tirada en la cama, recordaba las ganas enormes que había tenido la noche anterior de decir todo eso en voz alta; preguntarle a los que tenía cerca si eran capaces de asumir que habían elegido tener una vida mediocre y que eran infelices con eso; preguntarles si eran capaces de asumir que vivían en la mentira de la felicidad plena y absoluta. Recordaba exactamente como los miraba reír y hablar de sus vidas perfectas, de sus grandes planes de matrimonio, casa, trabajo, hijos, perros, jardín…y se sentía tan cansada de todo eso. No sabía muy bien lo que le sucedía últimamente, pero todo a su alrededor le parecía tan falso que llegaba a producirle un cierto asco. Muchas parejas, la democracia, el fútbol, las clases sociales, la historia, la televisión, las religiones, en fin…pero sabía que si optaba por decirlo, iba a sonar triste a oídos ajenos. Muchas de estas mentiras eran extremamente respetadas y hasta tomadas como verdades absolutas, pensó. Eso si que le sonaba triste. El hecho de que hoy en día, la mayoría de las personas prefirieran darle la espalda a la mediocridad, esquivarla y vivir en la mentira, eso si le sonaba triste. Y cuanto más pensaba, más le venían esas ganas arrebatadoras de decirlo, porque si no lo decía, al final estaba siendo ella tan falsa como los demás. Y otra vez pensaba en como le gustaría vivir su vida, navegando en un pequeño bote por el mundo, parando en cada puerto, trabajando cuando necesitara dinero para comer y nada más. Para Abril, esa sería la traducción de la felicidad. Así si, sería capaz de encarar a la mediocridad de frente y sonreírle, entregándose a la libertad de no estar atada a ningún dogma que le dictara la forma en la que debería vivir. Podría ser tildada de loca, pensó, no podría pasar mucho más que eso. El libre arbitrio es universal, la capacidad de elegir la tenemos todos; pero todos también tenemos miedo.
Y en algún punto, Abril también lo tenía. Era consciente del dolor que sentía en la espina dorsal cuando observaba a la gente ponerse la careta de la sinceridad, y salir por el mundo dando cátedra de lo que se dice políticamente correcto. Ella todavía no había hecho su elección; no había elegido aún una vida mediocre y sentía que estaba a tiempo de dar el salto. Pero tampoco había tenido el coraje para darlo aún. Todos mentimos, somos hipócritas y al mismo tiempo, lo sabemos, pensó esa noche. Y pensó también que si lo dijera, lo peor que podría pasar era despertar las risas sinceras de todos los presentes y la creencia popular de que su fortaleza alcohólica hoy la había abandonado, y que ya era hora talvez de empezar a pensar en retirarse. Inmediatamente supo reírse de si misma, al constatar como el alcohol a veces nos da un cierto coraje que de otro modo no tendríamos. Y decidió no aprovechar la situación, y mentir una vez más, como todos. Al fin y al cabo, a nadie le gusta charlar sobre temas tan profundos en una noche de sábado.
Fue cuando recordó que la noche había transcurrido así, con una normalidad aparente, puesto que hace varios sábados, estando bajo el mismo ámbito, había tenido los mismos problemas existenciales y las mismas ganas de echarlos para afuera. Y esa noche no fue diferente a las demás, hasta que lo vio entrar.


La mañana era el momento más duro del día. Lo que antes era pereza, monotonía y aburrimiento, ahora eran ojos avisores y oídos...

— Candela Robles Abalos
Leer más...

Candela Robles Abalos

La mañana era el momento más duro del día. Lo que antes era pereza, monotonía y aburrimiento, ahora eran ojos avisores y oídos alertas. ¿De dónde podían venir los chillidos hoy? ¿De al lado de la panadería, donde el cuerpo de María empezaba a pudrirse? ¿En la calle, llena de conductores sorprendidos y fragmentos de ventanas rotas? ¿De encima de su cabeza, de las alcantarillas a que se había reducido reducida su vida? Tenía a su favor que a ellos les desagradaban abiertamente todos los olores desagradables, desde el mal aliento al sudor, por lo que ese era el mejor refugio posible. La contra era que mientras menos objetivos tuvieran, más se verían tentados a ignorar las alertas en sus cerebros y simplemente hacer lo que querían. Sus pequeños cerebros no les permitían ser muy quisquillosos si la necesidad apremiaba. A ese respecto eran todos iguales a sus versiones anteriores al desastre. Continuaban siendo bebés después de todo, aunque aquella mutación los hubiera vuelto máquinas asesinas de tímpanos.

Amanda subió las escaleras y levantó cuidadosamente la dura tapa de hierro, como si temiera que en cualquier momento un camión fuera a aplastarle los dedos. Por lo que ella podía ver, la calle estaba vacía pero eso no era ningún consuelo. Ya se había dejado confiar en el pasado y recibido su castigo correspondiente. La pérdida de la utilidad en su brazo izquierdo, torcido de un modo repulsivo, le servía de constante recordatorio.

Aquella noche ella supo que él era el desconocido más conocido de su historia. Aquel momento único, fue sin duda, el momento...

— Pilar Martinez Pardo
Leer más...

Pilar Martinez Pardo

Aquella noche ella supo que él era el desconocido más conocido de su historia. Aquel momento único, fue sin duda, el momento que marcó un principio y un fin de quien era ella. Muchos hablaban de ello, pocos conocía que lo hubieran vivido con ese impacto con el que se viven las verdaderas historias. La vida se forma de momentos impactantes, aquellos que definen quienes somos, de donde venimos y hacia donde nos dirigimos, no hablo de casualidades, si no de causalidades...
Liz sintió que el frío dejaba de ser frío, que el barullo de la gente simplemente era parte del escenario donde, en cuestión de milésimas de segundo... él apareció. No hubieron miradas penetrantes ni sonrisas de película, simplemente, ella amó a ese hombre en ese lugar, sin conocerlo, sin apenas verlo al completo y sin saber absolutamente nada de él. Típico chico de melena revuelta, ojos azules y sonrisa cautivadora...

Capítulo 2

Va perdiendo los sentidos con el tiempo, y se envuelve cada vez más en su manto de sueños no cumplidos en vida, en esa...

— Elena Ramírez Estraviz
Leer más...

Elena Ramírez Estraviz

Va perdiendo los sentidos con el tiempo, y se envuelve cada vez más en su manto de sueños no cumplidos en vida, en esa oscuridad que brilla sin motivo y que le agobia...Y ya no puede ni pensar por sí mismo, si no que se limita a recordar cosas que no llegaron a suceder. Eso es la muerte en realidad, para quien no fue feliz en vida...Otra vida entera que le recuerda todo lo que no hizo: sin tener la capacidad de moverse, pensar, oír, tocar, sentir, comer...Nada. Y sin embargo tiene que cumplir todo lo que no hizo en vida, para estar completo y poder dejar de existir realmente. No recuerda quien fue ni cómo murió, nada. Solo que tiene ciertos objetivos, como son sentir compasión, llegar a grandioso, casarse y otros detalles como estos...¿pero por qué tiene que cumplirlos? ¿Acaso fue algo más que un ser medio atado a la vida en otro tiempo? Ahora no es más que una criatura incompleta, fallida, con un error en su programación, así no tiene esperanza...Ni ningún otro sentimiento en el que apoyarse aún. Ha de conseguir una manera de cumplir lo que no hizo en vida, guiándose solo por su instinto. De pronto, recuerda algo: es una joven, aproximadamente de 28 años, que marcha por la calle con sus amigos, radiante como un sol en pleno día. No es un recuerdo: es el recuerdo de un deseo que nunca se llegó a cumplir, pero a él le basta para seguir buscando una manera de cumplir sus objetivos. Uno de ellos era casarse. Sigue su viaje: la joven, que ahora ya sabe, se llama Laura, canta dulces melodías bajo la luz de la luna... Melodías de amor. No son para él. Entonces recuerda el sentimiento...Los celos. Un sentimiento insano, negativo, malo. No le gusta notar eso en su pecho, la malicia que le corroe...¿Tan malo era cuando estaba en vida? Continúa recordando sus anteriores deseos, y se dá cuenta de lo último que hizo antes de abandonar la vida...Un frío metal, un anillo de compromiso en su dedo. Un beso. De repente manos de otro hombre lo asfixian y muere, mientras Laura le acaricia y le llora sin descanso...Ella también tiene ese metal en el dedo índice.

Su frustración aumentaba por momentos y, a medida que ésta aumentaba, también lo hacía su resignación. Llegó a preguntarse...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

Su frustración aumentaba por momentos y, a medida que ésta aumentaba, también lo hacía su resignación. Llegó a preguntarse varias veces por qué no se le permitiría un último adiós para todos sus seres queridos. De nada servían los lamentos y las frustraciones; lo importante era qué iba a hacer a partir de ahora. Ya no valoraba sus experiencias vividas y, aunque recordaba sus sueños, poco a poco dejó de darles importancia. Sin temor alguno, llegó a pensar que Laura le olvidaría pronto. De todos modos, él ya no era parte del mundo.
De pronto, notó que algo le privó sus movimientos. Lo más curioso es que no había nada ni nadie próximo a él. Por más que lo deseara, era incapaz de moverse un milímetro. Aparte de eso, cada vez le era más difícil observar a la multitud. Poco a poco, la oscuridad se iba apoderando de él, de la misma forma que la tinta oscurece el agua. Enseguida sintió un escalofrío, lo que le causó desconcierto, ya que nunca más iba a sentir hambre, sed, dolor, ni cualquier impulso o sensación natural en todo ser viviente.
— ¡De nada sirve permanecer donde ya no perteneces! —bramó una voz carente de piedad.
Pese a no haber visto al sujeto que se entrometió, varias veces resonaron las palabras que acababa de oír. Era difícil confirmar con certeza si se trataba de una voz masculina o femenina. Aunque su inmovilidad desapareció, todavía se sentía dominado por la sensación escalofriante. Percibió que estaba en un vacío. Se mantenía firme y, sin embargo, no parecía que estuviera permaneciendo sobre un suelo. Tampoco había nada a su alrededor; al menos, eso era lo que captaba su vista. Sin pensarlo más, comenzó a caminar por aquella oscuridad infinita, sin saber dónde se encontraba ni tener fijado un lugar de destino concreto.
— ¿Será este sitio tan sombrío el cielo? —se preguntó.
—Me temo que no. Qué ingenuo... ¿Acaso esperabas un paraíso? —respondió la voz resonante.
— ¿Quién eres? —preguntó el afligido, un poco molesto.
—No soy nadie —contestó el ente con firmeza—. Igual que tú.
Antes de que se percatara, alguien con vestiduras negras cuyo rostro cubría una capucha se plantó delante suyo. Probablemente sería de otro mundo.

No le quedaba más que esperar a que pasase el tiempo. Nada podía esperar de aquella situación sobre la que no tenía control....

— Nacho Rey
Leer más...

Nacho Rey

No le quedaba más que esperar a que pasase el tiempo. Nada podía esperar de aquella situación sobre la que no tenía control. Veía una luz blanquecina a través de los rostros de aquellos que habían acudido a su sepelio. Podía ver a Laura, aparte, con un luz brillante como si no formara parte de aquel cuadro; su primer amor, el único verdadero que él pudiera recordar, al que no ya no besaría, ni abrazaría ni haría el amor a juzgar por lo que sucedía. Quiero mostrarme fuerte, sin resignación, si estos son mis últimos momentos de vida dejaré constancia de lo que importa, del amor que siento, que ahora poco a poco, bocanada a bocanada, se me va escapando. La asfixia deja paso a una mezcla de pena e ira, como un nudo en la garganta que de pura rabia se entrelaza con la vergüenza de haber muerto a manos de su marido; escondido como una rata, en vez de dar la cara, por detrás, haciendo infeliz al amor de su infancia durante cortejos desabridos y una boda apresurada. Quizás el sexo vago y violento de fin de semana fuera tuyo, Manuel, pero ese hijo, sin duda es mío. No, no puedo dejarlo en manos de él, los lastimaría, es un loco, un torpe, un desaprensivo sin entrañas, tengo que rebelarme, éste no será mi fin, no si estaba en su mano evitarlo. Por fin consigo abrir los ojos, oigo a Laura gritar y a su marido golpeando mi cabeza, mientras arruga una toalla alrededor de mi cuello. Quiero gritar, pero no so lo consigo, mi mente grita ¡socorro, socorro! Dos disparos oyen mi llamada... la habitación comienza a redibujarse , la cara de Laura, pálida, incrédula y asustada tapando sus vergüenzas con una sábana, con el arma aún en la mano y salpicada la cara de sangre, la sangre de Manuel, se me clava en el pecho. Quizás yo también esté recubierto con aquella misma sangre. Si, seguro, veo brotar el líquido pegajoso y rojo en mis menos mientras recupero el aire como si no existiera mayor elixir en el mundo, la toalla se suelta, suena un golpe seco a mi espalda; el cuerpo de Manuel, se encontraría observando esta vez su propia muerte, en aquel mismo instante. Adiós mezquino y cruel, no podremos saber cual será tu mortaja, de lo que no cabe duda es de que será inminente ocultar tu cadáver. Me acerco a Laura está temblando, retiro la pistola de su mano y la abrazo... todo no está perdido, pero aún no sé como nos libraremos de ésta, sólo quiero abrazarla y llorar...

Hace un esfuerzo por recordar lo que ha hecho en las últimas horas, pero todo se agolpa en su mente como si rebobinara una...

— Elimar Galviatti
Leer más...

Elimar Galviatti

Hace un esfuerzo por recordar lo que ha hecho en las últimas horas, pero todo se agolpa en su mente como si rebobinara una película. La asfixia no lo deja. Empieza a sentir que cae en una especie de letargo.

Sumergido en aquel ensueño, se ve transportado a su ciudad natal. Vienen a su memoria los 17, cuando ingresa a la universidad, con una mochila cargada de sueños. El día de bienvenida a los nuevos estudiantes, el primer día de clases…aquél instante mágico en el café de la facultad cuando sus ojos se encontraron con los de ella…Laura. Luego, danzan frente a sus ojos momentos fugaces y a la vez eternos, el primer beso, la primera entrega…

Eran días en que todo parecía posible. El mundo estaba a su alcance y él iba a por todas.

¿Qué fue lo que pasó después?... ¿qué fue aquello que olvidó por el camino?. Una terrible sensación de pérdida lo invade, se vuelve desesperación. Necesita volver a intentarlo. Acabar lo que empezó. Recuperar el amor que perdió.

De pronto, como si alguien a su lado sintonizara una vieja radio, se percata de una conversación:

- Aún no me lo creo. Que ya no esté aquí.

Y luego otra:

- Era tan bromista y siempre tan servicial. Recuerdas aquél viaje a…?.

Y luego otra y otra y otra: “El coche quedó hecho trizas”. “Su madre está inconsolable”…

Pablo no quería escuchar más. La sensación de asfixia regresó. Quería echar a correr, pero se siente arrastrado de nuevo hasta su cuerpo, sólo puede mirarlo de lejos.

- Si estoy muerto, ¿por qué aún sigo aquí?. ¿Dónde está la maldita luz???. Tiene que ser una pesadilla.

Grita con todas sus fuerzas en un intento por despertar. Al abrir los ojos, sólo oscuridad a su alrededor…

Recuerda sus días de escéptico, de no creer en nada, de pensar que luego de la vida no había nada más que un cuerpo corrompiéndose.

Entonces, en medio de su soledad, de una oscuridad y silencios absolutos, pensó:

- Si existe un dios...si realmente existes...algo, como te llames, este sería un buen momento para que te presentases...

Silencio y oscuridad absolutos...

Ya no sentía asfixia, a pesar de que aquélla oscuridad parecía envolverlo hasta aplastarlo.

- Está bien...me presentaré yo primero...yo...yo...me llamo Pablo. Hace dos semanas cumplí 30. No tengo mujer, no tengo hijos...y soy...soy...joder!, no tengo puta idea de qué o quién soy!!!...yo...tenía una profesión de éxito, un buen cargo, un buen sueldo...todo eso me parecía que era cuanto necesitaba y quería, pero ahora todo se me hace borroso, confuso, como haber estado perdiendo horas de verano viendo paisajes de playa en un libro.

Se detuvo y durante unos segundos dudó. Tal vez había recibido un golpe fuerte en la cabeza y alucinaba en medio de la inconsciencia. A quién le hablaba?. Se sintió tonto.

La imagen de Laura se dibujó nítida en su mente, mientras recordaba sus palabras:

- Cómo es que no crees en nada más que lo que llevas puesto?. Ven aquí, siéntate y mira todo esto. Nada hay en esta playa que puedas atribuir al capricho o al azar. De verdad piensas que todo esto, tú, yo, estamos aquí sin más, sólo para comer, dormir, procrear y un día morir y ya está?. Todo lo que piensas, sientes, lo que has creado, lo que has vivido, se borra de un plumazo cuando el corazón deja de latir?. Eso no tiene sentido!.

Recordó estas últimas frases acompañadas de su risa. Una risa que siempre hacía que dijera a todo que sí. Aquella vez decidió no llevarle la contraria, pero para sus adentros, había pensado que su candidez e ingenuidad le impedirían lograr lo que aspiraba de la vida.

siente como se aprsisiona su cuello como si tuviera una canica de vidrio blanco entre su aorta y su traquea comos i esa esfera...

— David Gonzales Roca
Leer más...

David Gonzales Roca

siente como se aprsisiona su cuello como si tuviera una canica de vidrio blanco entre su aorta y su traquea comos i esa esfera redonde magica se moviera por medio de sus tubos aereos u auriferos llenos de ese oro rojo llama do sangre hasta lo mas profundo de sus pulmones y alli explotara en medio de todos esos gaces llamados oxigenos.
Por un rato es solo un sueño por otro se le cumplen sus esperanzas de poder volver a ver a ese amor que fue y nunca volvera , despues de tanta sangre perdida en medio de las calles tumultuosas de Caracas , me siento asqueado de volver a respirar y lo unico que quiero es el dioxido de carbono de tus besosos sera que pido mucho .
lo mejor de todo es que cada vez que me recuerdo a mi mismo ese chiquillo flaco y taciturno tan lleno de vida d eideas de sueños solo veo a un cuarenton tratando de hacer un sueño , tratando de invanar una idea que lo lleve a la cuspide de tantos soñar solo me hace recuerdo a ese Walt Disney que lo elucubrarba todo y que al principio de su carrera lo tacharon de falta de creatividad , a ese Eisntein que lo tacharon de falto de ingenio y a ese Leonardo que lo tacharon de falta de inventiva es deceir si haces caso a cada pelotudes o jilipollada que ponen en 12 mil millones de paginas web estaras ahogado perdido o suicidado ..... mejor me quedo pensando en mi amada ...rubia alta cachetoncita de pelo corto o largo de cabello obscuro o rojizo quiza pajizo no importa loq ue si importa es que me ame con locura ya no me importa la cordura ni un gramo de coca la cambiaria es decir el amor es casi taciturno como lo era ese chiquillo de 4to basico perdido en sus sueños de puber y al final de cuentas que es vivir sino soñar que es amar sino dar que es llorar sin sicrificar nada nada es nada mientras loq uieras todo y si lo pierdes todo recien comprenderas lo que es mara sin ton ni son a tontas y a locas es decir ama hasta tu ultima gota ama mas que Bukowski respira sangre y bota amor por la ultima de tus huelals dactilares brota ammor por el ultimo de tus poros exuda a mor y asi y solo asi seras feliz...

Desde arriba Laura, taciturna y sombría lo analiza, incrédula del tenue color marfil que va cobrando la piel de la cara de su...

— Orfilia Moreira
Leer más...

Orfilia Moreira

Desde arriba Laura, taciturna y sombría lo analiza, incrédula del tenue color marfil que va cobrando la piel de la cara de su amado con el paso de las horas.
Esos labios rojos que tantas veces la besaron, le susurraron, le dijeron las palabras mas bonitas de su existencia, a partir de ahora permanecerán cerrados para siempre; esas manos que la acunaron durante innumerables noches parecen haber cobrado la gelidez del hielo.

Laura lo observa, intenta recordar en que momento el cuento de hadas se transformo en una pesadilla. Ahonda en su memoria, pero esta demasiado agobiada y los hechos se amontonan y superponen formando un ovillo imposible de desentrañar. Anhela el momento en que todo termine, en que todos dejen de observarla como un espectáculo de circo, en que pueda volver a su casa a refugiarse entre sus frazadas y creer, al menos por un momento, que todo lo ocurrido no fue mas que un mal sueño. Pero falta mucho para eso, o tal vez no tanto, pero para ella el tiempo parece haber perdido su relatividad. Todo pasa demasiado rápido o muy despacio, pero nunca con la velocidad que debe ser.

Vuelve a mirar a Miguel, ya casi no queda nada de ese joven gracioso, volátil y sonriente que solía ser. Solo queda una especie de cascara, carente de alma que espera ser enterrada junto con otras miles de cascaras carentes de alma en el cementerio municipal.
Laura ignora, que detrás de esos parpados cerrados, de esa boca cosida, Miguel la observa incapaz de consolarla. Ve desfilar a su lado un numero incalculable de personas que lo lloran, sus amigos, familiares, antiguos y nuevos conocidos, también desconocidos acompañando a caras familiares que poco a poco se van desdibujando a través de sus ojos, que ya no ven tan bien como antes.
Hace un colosal esfuerzo para incorporarse pero resulta completamente inútil y cae en la cuenta que lo mejor que puede hacer es dejar de esforzarse para comenzar a pensar como fue que llego allí.

La asfixia, nuevamente la asfixia comienza a colarse en sus huesos como si quisiera recordarle que el ya no pertenece al mundo de los vivos...

Tenía miedo. Tantas veces en su vida había sentido miedo!! Pero siempre hacía de tripas corazón, seguía su voz interior, y al...

— Diana Carol Forero
Leer más...

Diana Carol Forero

Tenía miedo. Tantas veces en su vida había sentido miedo!! Pero siempre hacía de tripas corazón, seguía su voz interior, y al final las cosas no salían tan mal. Claro que nunca antes había estado en una situación tan compleja como esta. Tal vez su tiempo había terminado al fin. Y no habría más segundas ni terceras ni cuartas oportunidades, esto sería todo... Sonrió con amargura. Tal vez era mejor así, y Laura podría seguir su vida como si él mismo no hubiera sido más que un mal sueño, una molestia intermitente Pero sus manos aún querían tocarla, su boca quería fundirse en sus besos, su cuerpo rabiaba por sentirle cerca de nuevo. Quería vivir para ella, no importaba cuánto tuviera que sufrir, ahora estaba seguro de que amarla era su destino.

Laura. Siente cómo su nombre le palpita en la boca del estómago, florece en sus pupilas y le duele en todo el cuerpo. Siente que ha venido a entender tarde como siempre, que el amor es algo que germina en cualquier circunstancia, como un virus y no debe ser restringido como una propiedad. Sabe que ama a Laura, quizás sin conectarse el cerebro, con la piel erizada, y el cuerpo inmovilizado, con cada célula de su cuerpo a pesar de que ya no puede tocarla. Le duele quererla pero ese mismo dolor lo llena de alegría porque sabe que gracias a él está más vivo.

Quiere levantarse y correr a sus brazos, pero esa inercia que lo envuelve no le permite mover ni un dedo. Ahora puede verla, Laura se acerca y levanta la tapa de la caja, sollozando, toca sus labios con los suyos y él puede sentir su aliento tibio y un amargo sabor a almendra; un terrible presentimiento lo golpea... Ella se inclina un poco más y él puede escuchar su voz de ángel susurrando a su oído: "te dije que iba a estar contigo para siempre. Y yo cumplo mis promesas. No se vivir sin tí, Y no es ahora cuando voy a aprender. Espérame, amor, que ya estaré contigo y esta vez sí para siempre".
Puede sentir cómo su cuerpo empieza a temblar así, inclinado sobre el suyo, cómo su piel se llena de perlas frías de sudor y sus ojos se tornan vidriosos. Él quiere levantarse, gritar, pedir ayuda, pero ni un suspiro sale de su boca. Pronto una pesada calma se instala sobre él y todo se va oscureciendo.

Te mueres inopinadamente y las has cagado, chavalín, la has cagado. Nunca quise contratar un seguro de decesos porque me...

— Maximiliano Jarque Blasco
Leer más...

Maximiliano Jarque Blasco

Te mueres inopinadamente y las has cagado, chavalín, la has cagado. Nunca quise contratar un seguro de decesos porque me parecía una estafa pagar durante años una póliza para el lejano día de mi muerte, y mira ahora, con solo treinta años, aquí con traje y corbata, maquillado y dentro de una caja de pino. Y a mi pobre hermano le tocó salir pitando a buscar una funeraria barata para contratar un sencillo ataúd, una corona ajada y una misa (cualquiera se la ahorraba, con el genio que tiene la tía Nieves, la hermana de mi padre, sí esta que está rezando el rosario como los conejos comen hierba, como aquella greguería de Ramón Gómez de la Serna). Eso sí, le han regalado unos recordatorios y un libro de firmas. Quizá se echa en falta un centro de flores, pero tampoco puedo pedir más, dada mi triste precariedad no es cuestión de que la familia le toque rascarse el bolsillo siendo el único hijo que se borró de Santa Lucía cuando se casó y dejaron de pagarle la mensualidad sus padres.
Mañana toca crematorio. Ya le han pasado el impreso a mi mujer. Ha elegido el modelo y el color de la urna, y ha optado porque la lectura que se leerá en la cremación sea de tipo religioso, supongo que el No llores si me amas de San Agustín, que uno ya ha ido más de una vez a este tipo de ceremonias. A mí me hubiese gustado más una lectura laica, pero ya de poco sirve mi opinión. Estas cosas se tienen que dejar atadas y bien atadas. Ahora ni siquiera esparcirán mis cenizas entre los pinos de La Calera, como hubiese sido mi deseo, aquellos que plantó mi abuelo cada vez que nacía alguno de sus hijos, doce nada menos, y que me tocaron en suerte el día que hicieron las particiones cuando murió mi padre, que a su vez las había heredado del suyo. Me espera un nicho pequeño, de esos especialmente acondicionados para depositar urnas funerarias. Al menos tendré buenas vistas porque desde el cementerio, que está en todo lo alto del pueblo, puedes ver la huerta, los chopos de la ribera y el río serpenteando. Uf, te mueres inopinadamente y la cagas.



¿Es cierto que muero o, solamente, vivo un sueño? ¿Hasta qué punto es real lo que siento, lo que veo, los olores que percibo?...

— María Teresa Inés Aláez García
Leer más...

María Teresa Inés Aláez García

¿Es cierto que muero o, solamente, vivo un sueño? ¿Hasta qué punto es real lo que siento, lo que veo, los olores que percibo? ¿Qué referencias me colocan en la situación real? ¿Dónde está el límite entre la idea de que estoy vivo y la certeza de la muerte? Y, por encima de todo... ¿Dónde está Laura? ¿Por qué llora? ¿Depende de mí? ¿Cuál ha sido la causa de mi muerte?
Echó la cabeza hacia atrás y respiró profundamente. No se oía nada. Un ligero airecillo sopló sobre sus cabellos. Parecían sudorosos y fríos. Movió sus dedos: algo húmedo y blando se deslizaba entre los dedos. Tenía el cuerpo totalmente paralizado, enhiesto. Pero no sentía que correa alguna sujetara sus brazos ni sus piernas. ¿Le habrían inyectado alguna droga? O... quizás peor... ¿Sería catalepsia? Una gran losa invisible se cernía sobre él y le impedía darse la vuelta, e, incluso, respirar.
Súbitamente sintió que, en el interior de su cuerpo, se sucedían una serie de procesos, algunos muy familiares. Necesitaba salir de aquel entorno pero... ¿Cómo? Esperaría un poco más. Aunque el tejido de sus pantalones fuera absorbiendo un líquido caliente y desagradable. Decidió, entonces, que no podía esperar más.
Cambió su posición real y se incorporó. Se quitó la máscara, los guantes y se levantó de la silla. Antes, grabó la escena para continuarla, después de breves momentos. Corriendo, en la oscuridad, se dirigió al cuarto de aseo. Dio una palmada y dos focos deformaron el silencio y la tranquilidad que había disfrutado hasta entonces.
Mientras se miraba en el espejo del baño, caía el agua deslizando el jabón que tenía impregnando los brazos y el rostro. Pensó que éstas iban a ser las experiencias más inusuales de unas vacaciones pagadas..
Volvió a embadurnarse las manos con el gel y las cremas. Se sentó. Ahora sí que programó la silla para que, si ocurrían acontecimientos de cierta magnitud, se sujetaran manos y pies y se cubriera el rostro. Se enfundó los guantes, la máscara y cogió el mando. Y, de nuevo, revivió su muerte.

Habia muerto totalmente confundido acerca de su muerte, ¿que habia sucedido? ¿Sería que estaba pasando por un coma? ¿Un paro...

— Victoria Bruni
Leer más...

Victoria Bruni

Habia muerto totalmente confundido acerca de su muerte, ¿que habia sucedido? ¿Sería que estaba pasando por un coma? ¿Un paro cardíaco?
Esto era confunso, todas las personas ahora si lo valoraban, el mismo se valoraba ahora, abrió los ojos luego de cerrarlos completamente, por ultima vez, comprendió que tan equivocado estaba acerca de su vida, y de como la habia llevado adelante, como habia desperdiciado esos 30 años.
Pero la vida de las personas que lo rodeaban iba a cambiar, despues de una tragica muerte de una persona joven, que tenia una vida por delante. Muchas personas arepintiendose de algo que no lograron hacer porque no imaginaro que iban a perder, ahora todos eran creyentes, ahora todos eran sus amigos. Ahora el joven de 30 años estaba rodeado de amigos, ahora si tenia una vida perfecta.
Quizas ese era el mayor temor de este joven de 30 años. Que el dia que cerrara los ojos, su cuerpo este rodeado de personas que meses antes nisiquiera estaban enterados de su existencia, hoy eran las mejores viudas lloronas sufriendo hipocritamente por una persona que no le prestaron atencion hasta ese día, ese dia que tanto temía que llegara. El dia en que la hipocresia y el sentimiento de culpa se juntaran a llorar .

Puede que este joven de 30 años tambien haya deseado que haya montones de personas llorandolo, amandolo, quisa esa era la forma en la que le hubiese gustado morir. Rodeado por personas hipocritas que le chuparan las medias para que el futuro muerto, viva sus ultimas horas feliz de que algunas personas lo querian y le daban importancia.
Tal vez el sueño de ese joven de 30 años era morir viviendo una mentira, una hermosa mentira, sin desiluciones, como les pasa a la gran mayoria de las personas. Vivir en una inmensa nube de mentiras, y morir creyendola.
Amores interesados, solo para pasar el rato, para evitar la inmensa soledad, escondiendo la terrible mentira que quizas ni esas dos personas se la creen, quizas ese era el caso de laura. Talvez eso eran amores totalmente desintresados, enamorados hasta en la carne y el alma, desilucionado por la fealdad de persona con la cual se convive a diario, pero el inmortal amor que se le tiene a ese joven de 30 años. Tal vez ese era el caso de ella...

Liborio se siente confundido, sabe que ha muerto, lo sabe porque tiene aún la cuerda en el cuello pero ahora como corbata, se...

— Edgardo C. K.
Leer más...

Edgardo C. K.

Liborio se siente confundido, sabe que ha muerto, lo sabe porque tiene aún la cuerda en el cuello pero ahora como corbata, se siente igual que antes pero más ligero, será que perdido peso en el viaje. El limbo es un lugar muy solitario y blanco en esta época del año -piensa-, sin desanimarse mira sus pies embutidos en unos calcetines viejo (el del lado izquierdo tiene un agujero), siempre la ha hinchado tener rotos los calcetines, se le hace de muy mal gusto. Camina un tiempo, no mucho, hasta ver un árbol de donde revolotean unas golondrinas, recuerda las palabras de Raquel: las golondrinas son monógamas, la pareja que eligen es para siempre.

Y es ahí cuando la palabra SIEMPRE le retumba en la cabeza como algo de muy mal gusto.

"Siempre", es una idea que pesa mucho, que es cansada y molesta. Por razones que no se logra explicar, ese concepto le sabe a su muerte... Esa es la puerta de entrada al camino que ahora le toca recorrer, en el del inframundo.

Dispuesto camina y escucha una voz. Hola, soy tu Alma, nos separamos hace mucho tiempo, pero ya nos encontramos, ¿estás listo para comenzar tu siguiente aprendizaje? -le dice una voz de mujer.

Liborio se sorprende, pero la reconoce, a recuperado a su Alma, y llego el momento de emprender con ella otro ciclo.

La había perdido desde chico, se le esfumo junto con su infancia y sus sueños, eso le hace preguntarse si no irán apareciendo en el camino todas esas cosas que fue perdiendo a lo largo de sus 30 años de pseudovida que logro tener, llena de carencias y sufrimiento, de maltrato y abuso.

Avanzaban juntos, el a pie y ella flotando, con sus enormes alas que muy levemente se movían para mantenerse suspendida.

-Sabes, te extrañe, pero aprendí muchas cosas, anduve por el mundo viajando sin ser vista, en busca de ti, hasta que llegue a este lugar y pacientemente te encontré, espero que aprendieras mucho en lo que viviste, pues eso te funcionara acá, todo el tiempo nos preparamos para ir a otro lado y al final descubrir lo que ya sabíamos de antes, el camino es eterno y nunca va a terminar -dijo Alma.

Él no quiso decir palabra alguna, pensaba y los remordimientos le caían en los hombros; me mate y lo hice por ella, no importaban las de más carencias, incluso con todo lo que mal pase a su lado, nada va a ser tan insoportable como lo que no voy a vivir con Raquel.

Ambos se miran y sospechan que vienen tiempos horribles.

No quiere irse, todavia tiene mucho por hacer en estos breves segundos le ha pasado por su mente toda su vida y se ha dado...

— Margarita Deusa
Leer más...

Margarita Deusa

No quiere irse, todavia tiene mucho por hacer en estos breves segundos le ha pasado por su mente toda su vida y se ha dado cuenta de que tiene que enmendar sus errores , no puede irse asi, tiene que decirle a sus padres lo mucho que les quiere , tiene que devolver parte del cariño que ellos le dieron
dedIcar mas tiempo a sus amigos pero a los de verdad, a todos aquellos que siempre le ayudaron a superar todas sus adicciones,
En este momento borraria diez años de mi vida y los construiria de nuevo como ahora quiero ser, no como el brilllante abogado del mas prestigioso gavinete de Madrid sino como el mejor hijo y amigo que se pueda tener algo me ahoga y me paraliza casi no puedo ya pensar...a Laura ...QUE PASA CON laura? si a ella tambien le falle, mi vida era solo ganar, triunfar, tener , aparentar, estar siempre en la cresta de la ola.
Como podre demostrar a todos mis seres queridos que me equivoque pero que lo voy arreglar, si ahora soy consciente, antes no.
Como devolver toda la confianza y paciencia que han tenido conmigo...que angustia no poder hacer ya nada, quiza demasiado tarde para rectificar, pero9 bueno en la religion catolica existe el arrepentimiento, y yo estoy arrepentido , Dios no me podra dejar solo el tiempo necesario para poder dar y rectificar mi conducta ya no pido por mi solo pido por ellos , estoy recordando con muchisimo horror los casos en los que he participado como letrado y me arrepiento necesito rectificar y pedir perdon a todos aquellos a los que he fallado y si pudiera hacer un retroceso .......no se...estoy sintiendo opresion en todo mi cuerpo ....Laura tu siempre me decias que lo mejor es no tener que pedir perdon, ahora te entiendo. tu nunca me lo ha tenido que pedir a mi.
QUE PASA? parece que oigo sirenas, hay mucha gente a mi alrededor , unos hombres gritando, llevan chalecos con luces, todos dan su opinion--no lo movais- ponerle de lado- es el de la moto- llevaba un niño...... un niño? donde esta el niño? tengo yo un hijo? tengo un hijo mio y de Laura?

Esta es una historia muy comun en una España peleada y dividida llena de rencores y de tristezas y donde siempre pagan los...

— Margarita Deusa
Leer más...

Margarita Deusa

Esta es una historia muy comun en una España peleada y dividida llena de rencores y de tristezas y donde siempre pagan los platos rotos quien menos se lo merece, quien no debe nada, quien no tiene todavia ninguna formacion ni edeal politico ...solo tienen ganas de vivir y de disfrutar de lo que la vida les ofrece, los bebes , los niños, los adolescente y los jovenes.que estan llemos de proyectos y de ilusiones para encauzar la vida que sus progenitores le han regalado y que otros les quieren robar...todo se rompe.
Era una noche muy oscura, fria, y estaba lloviendo y en una casita apartada del centro de un pueblo cualquiera de la provincia de valencia estaban alrededor de la chimenea una madre con su hija de cinco años, entonces no habia televisor y no todas tenian radio, en esa casa no habia, y era costumbre contar historias ,cuentos o tambien juegos de adivinanzas todo lo que fuera preciso para hacer mas llevadero el invierno.
- llaman a la puerta - no se espera a nadie- la mujer tiene miedo, pues esta sola con su hijita, su marido tiene llave y no necesita llamar y menos de esa forma tan de desesperacion....la niña llora muerta de miedo y la mujer la tranquiliza y le dice que sera su vecina que necesitara algo y le hace creer que como juego se esconda y le dira a la vecina que no esta.... se dispone abrir pero antes coge un cuchillo el mas grande que tenia y se lo esconde en el delantal.
Quien llama... y una voz de chico le dice - por amor de dios por caridad abra , ESTOY MURIENDO. la mujer abre y se encuentra a una persona en un grave estado de desnutricion, sucio y a punto de desfallecer ., LLEVA UN UNIFORME DE SOLDADO, parece que lleva dias sin comer y tiritando de frio.
parece muy joven. la mujer se apiada de el y le deja entrar en su casa, tiene poco para darle, pues la pelea entre las dos Españas termino con todo tipo
de trabajos y los suministros alimenticios son muy escasos por no decir nulos.
La mujer le pide que se desnude frente a la lumbre y le da ropa de hombre limpia y seca, el hombre no pueda hablar solo la mira con cara de miedo y de gratitud a la vez, la niñIta sale de su escondite y les mira con curiosidad pero sin hablar - se toma una sopa caliente que le sabe a gloria , la mujer se tranquiliza el visitante es un chico joven de unos dieciocho años, de maneras educadas en el comer y la mujer (Nieves) SABE QUE TIENE QUE AYUDARLE.
La epoca en que situo mi historia por si alguien no se ha dado cuenta es en la GUERRA CIVIL ESPAÑOLA .
Nieves es una mujer que salio de su aldea para trabajar en la ciudad a los nueve años., era la mayor de cuatro hermanos (tres chicas y un chico), Sus padres eran agricultores en una zona de secano, no era una zona rica para el cultivo pues estos dependian mucho del agua de lluvia .
Nieves junto a sus hermanas se emplearon en las casas mas ricas de la cuidad para cuidar niños, y el hermano se quedo en el pueblo para ayudar en el campo a sus padres.
Nieves era muy guapa y alta para su edad y pronto se convirtio en una joven que llamaba la atencion, era rubia de ojos verdes y cutis como la porcelana

,

Entonces Laura acaricia su plana barriga , aunque eso no significa nada para èl .Rosa la amiga de Laura se hacerca a la...

— Yaneline Delisle
Leer más...

Yaneline Delisle

Entonces Laura acaricia su plana barriga , aunque eso no significa nada para èl .Rosa la amiga de Laura se hacerca a la destrozada aunque controlada muchacha .¡ Laura mantente asì amiga hazlo por ese pequeño ser ! le dice Rosa animandola del ya cercano derrumbamiento ;¡se supone que este hijo cambiaria nuestras vidas ! dice sollosando Laura . Entonces los recuerdos cogen por sorpresa a Armando mientras lucha con el terror de su malograda existencia .Recuerda a una encantadora muchacha y sobre sus cabezas un ensordesedor ruido, capàs de atormentar al màs fiestero .Pero aquello se les habìa ido de las manos, las gogos habìan puesto la despedida de soltero de su amigo Juan al rojo vivo .Asì cae en la cuenta que aquello era lo avitual en su desprestigiada he incongluente existencia .Aquella se suponìa una noche màs como tantas otras .Despuès de intentar casi un año dejar enbarazada a Laura haciendo todo lo recomendado por amigos y mèdicos , venciendo la amarga vergüenza, adoptando en el sexo posiciones de absoluta deprabaciòn , el deseado hijo no llegò . Armando perdiò la fè y el interes por la vida conyugal .Despuès del trabajo , las hurgias ,drogas y bebida eran la preferencia de aquel ateo .Su vida se habìa reducido a escombros por desiciòn propia . Nuevamente aquella terrible sensaciòn de aquel terrible horror volviò ,¡ se asfixiaba ! . Aquella noche habìan alquilado una casa con una maravillosa piscina en las afueras de Madrid . Al rededor de las tres de la madrugada se lanzò inconsciente a las gelidas aguas de aquella enorme piscina . Esa fue su perdiciòn , solo sintiò la desesperaciòn de pedir ayuda mientras su respiraciòn no respondìa , ni ninguna parte de su drogado cuerpo . El diagnostico fuè asfixia por sumersiòn , Aquella era la peor muerte que alguien podìa tener . De imediato entendìo su falta de recuerdos, en cinco munutos que fue el tiempo que alcanzò resistir hasta entrò en coma cerebrar . Entonces se sintiò torpe , maldito , estùpido y absurdo , merecedor del màs ardiente de los infiernos . Aceptò su merecido destino y disipò el miedo . Se conformò dejandose claro a si mismo que al crusar al otro lado no lo esperariàn màs que despojos como lo era èl ,en la màs siniestra de las oscuridades

Ay! cuánto esfuerzo por recordar el último minuto, el último segundo de vida, de conciencia... un poco más...ah! ahora sí,...

— Silma Lopez
Leer más...

Silma Lopez

Ay! cuánto esfuerzo por recordar el último minuto, el último segundo de vida, de conciencia... un poco más...ah! ahora sí, ahora recuerdo que estaba saliendo de la florería, había entrado a encomendar un ramo de rosas rojas, un enorme ramo, rosas rojas de las que gustan a mi amada Laura, mi amor, mi esposa, mi amante, mi amiga, la madre de mi hija, hoy cumplimos cinco años de matrimonio, cinco años de mucha felicidad, cinco años en los que el amor entre los dos solo fue creciendo, creciendo día a día, y como todos los años en esta fecha yo le enviaría un ramo de rosas rojas que ella, seguramente, como todos los años, adornará con ellas la mesa para nuestra cena íntima. Desde el primer año nos hemos propuesto, de mutuo acuerdo, claro, celebrar nuestros aniversarios en la intimidad de nuestra casa, como una cábala que nos permitiría consolidar los cimientos de nuestro hogar, de nuestra incipiente familia. Una familia que soñábamos sería numerosa, tendríamos muchos hijos y algún día, nietos y más tarde, bisnietos... y ahora, yo aquí, muerto?! No! No! y No! Esto no puede estar ocurriendo! Solo es un sueño! o no? Recuerdo que cuando salí de la florería escuché un gran estruendo, parecía una explosión o un tiro hecho desde un arma potente... Vi algunas personas corriendo hacia la esquina desde donde provino el ruido. En esa esquina hay unas cuantas tiendas importantes de marcas famosas y está el Banco de la Nación. Oh, sì... lo recuerdo! Cuando abrí la portezuela de mi auto, un atribulado hombre llegó corriendo, ni me di cuenta de dónde salió pero me arrebató la llave que tenia en la mano. Intenté resistirme pero, por lo visto, tenia el puñal preparado y me propinó una estocada en el pecho, caì en la calzada, sentía la sangre salir a borbotones por la herida, empezaron a agolparse gente alrededor, fue desapareciendo paulatinamente la fuerza de mi cuerpo, la oscuridad se apoderó de mi entorno, el bullicio fue haciéndose lejana, ininteligible, los sonidos se resistieron a salir de mi garganta, la vida se fue alejando, alejando..















Diario de Laura Salcedo Octubre 24 Ayer fue el entierro de Felipe. Quedé especialmente conmocionada, pues...

— Joel Alicea
Leer más...

Joel Alicea

Diario de Laura Salcedo

Octubre 24

Ayer fue el entierro de Felipe. Quedé especialmente conmocionada, pues Ángela sufrió un colapso nervioso al ver la primera paletada de tierra caer sobre el féretro de su único hijo. Por suerte Diego había previsto algo similar y le administró un sedante, que, si bien no la calmó por completo, sí fue suficiente para poder terminar la ceremonia y escuchar las últimas palabras del cura. Después, todo comenzó a verse como entre la niebla y a sucederse con lentitud, como si algo cenagoso se adhiriera a a la sustancia de las cosas y comenzaran a moverse con torpeza, como en un sueño. La tierra parecía ir cayendo sobre una superficie mullida en vez de la caoba, era un sonido sordo, yendo y viniendo, como en oleadas; la luz del día se opacó y justo cuando comenzaron a caer las primeras gotas de un aguacero torrencial, me desvanecí sobre el bueno de Venancio, quien a pesar de su edad, pudo sostener mi caída y me guareció del diluvio bajo un templete aledaño.
Desperté en el hospital. Diego optó por llevarme, pues mi estado parecía grave y prefirió que uno de sus colegas me atendiese. Al pie de la cama estaba Ángela, con sus ojos hinchados, pero expectantes. Estaba calmada, pero se le adivinaba un caudal de lágrimas, acechantes, renovando fuerzas. Tenía mis manos entre las suyas y pude sentir sus huesos endebles, su piel helada y quebradiza y me embargó una ráfaga de dolor y de profunda lástima, pues me pareció que en ese momento, no había sobre la faz de la tierra, un ser más desvalido y triste que ella. Y lloré; lloré amargamente, por la desgraciada suerte de una mujer a la que quería como a una madre; pero más que todo, lloré por la traición, mi traición. Me escuece la conciencia haber traicionado su confianza y la de Felipe... El verla allí a mi lado hacía más insoportable mi remordimiento y el contacto de su piel me quemaba el alma como el de la muerte...Ayer fue un día negro... Dios mío, perdóname...
El médico confirmó mis sospechas. Apenas tengo unas seis semanas de embarazo. Ángela estalló en júbilo. Por un momento me sentí sumamente feliz, pues pensé en la probabilidad de que el ser que llevaba en el vientre llevase en realidad su sangre. Diego y yo nos miramos avergonzados; de que llevara su sangre no cabía duda: en todo caso, Diego era su sobrino.
Pero lo que me dejó una cicatriz en el alma , que no sanará mientras viva, fue cuando, con los ojos anegados en lágrimas y besando mis manos, agradecía al cielo, que le había quitado un hijo, pero le había regalado un nieto, sangre de su sangre, heredero y heraldo único de la buena estirpe de los Montesinos.
Será un alto precio el que tenga que pagar por esto; los que he cometido son pecados que no los perdona Dios...

*************************************************************************************************************************************************************************************************

¡Seré padre!
¡Aun después de muerto, habrá un pedacito de Felipe Montesinos en el mundo! ¡Estoy feliz, feliz, feliz!
Laura no parece tan contenta como debiera y la entiendo. Sé que le duele traer una criatura al mundo sin un padre. Nunca los abandonaré;¡jamás! Aun por encima de las exigencias de la muerte estaré con ellos siempre. ¡Siempre!
Al parecer mi pobre Laura no ha leído aún la carta que guardé en su mesita de noche. Bueno, mejor así; es mejor prolongar un poco más su felicidad ( no parece muy feliz, pero...) aunque luego venga ese golpe devastador... Perdóname Laura...
Y mientras tanto, yo espero aquí ( esperando, pero,¿qué? Y ¿dónde es aquí? ¿Acaso este es un limbo? ¿Algún tipo de estado de transición al mundo de los muertos? ¿Al cielo? ¿Al infierno? ) Lo único que ha cambiado desde entonces es una ligera percepción de que las cosas van cambiando de color. Ya no todo es oscuridad, sino que comienzo a reconocer colores vivos; incluso colores que nunca antes vi.
Es raro, pero a veces siento como una voz que clama por mi nombre. Sí, siento, pues es una sensación diferente a oír: es casi como sentir sobre la piel la mirada de alguien, pero no estar seguro de si solo lo imaginas. Siento la atronadora vibración de una voz silente, que se comunica, no a través del sonido, sino a través de mi ser. ¿Acaso estoy vagando el inframundo subido sobre la frágil embarcación de mi Alma?

Me veo, los veo, los escucho... Intento gritar, no puedo. Quiero salir, pero algo me detiene, algo me tiene preso, atado a...

— Concepción Alfaro Arias
Leer más...

Concepción Alfaro Arias

Me veo, los veo, los escucho...
Intento gritar, no puedo.
Quiero salir, pero algo me detiene, algo me tiene preso, atado a este cuerpo...
No es la falta de fe, no es la certeza o la duda de la existencia del cielo o el infierno, no es el miedo, no lo tengo, nunca lo he tenido, entonces, ¿Qué me detiene aquí? ¿Qué me detiene en este cuerpo y por consecuencia en ésta caja? ¿En éste féretro?...
Quiero salir, no puedo...
Algo frena mi vuelo, piensa, piensa...
Debo pensar en retrospectiva, si, veamos...
Estoy muerto, no cabe la menor duda, pero, ¿Cómo morí?, ¿Cuándo morí?, ¿De qué morí?
No lo sé, no lo recuerdo...
¿Qué día es hoy?, ¿Viene al caso?
Algunos se acercan, me miran con asco, con miedo...
Mi madre, mi Laura, con amor, con dulzura, con tristeza.
¿Qué pasó? No lo recuerdo...
Debo investigar, pero ¿cómo?, no puedo moverme...
Estoy atrapado, estoy viviendo una pesadilla...
¡Que ironía!... muerto viviendo, muerto sintiendo, muerto consciente, muerto llorando...muerto, pesadilla, vida, recuerdos, pensamientos, miedo...
¡Miedo!, lo acepto, miedo...
Si, mucho miedo, miedo a no estar muerto, miedo a estarlo, a lo que hay, a lo que no hay, a lo que me pasó, pasa y pasará, a ese futuro desconocido, quizá a causa de una falta de fe, miedo a pensar en un cielo o un infierno, porque de existir...no, no fui tan malo... ¿o si?
Miedo, miedo, es el miedo el que me detiene...
Entonces...
No más miedo, controla el miedo...
Si, así, tranquilo, no mas miedo...
Ya me puedo mover...
No mas miedo, no respiro, pero no me agobia esa sensación de asfixia...
No más miedo...
Veo todo, oigo claramente cada sonido, los rezos, el llanto, y, si la respiración sofocada de mi madre...
No mas miedo...
¡Me muevo!
No mas miedo...
¡Estoy fuera, estoy libre!
Ahora me veo, insisto, ese traje es horrible, pero no es el traje el que causa la cara de asco o miedo de quien me ve...
Estoy muerto, si, pero ¿Qué me pasó?
Mi rostro...
¡Está deforme!... ¿Qué me paso?
Parezco yo, sé que soy yo, pero, en realidad, ya no soy yo...
Laura se acerca, acaricia mi mano, ya no la siento...
Una lágrima recorre su mejilla, cae en la mía, ya no la siento...
¡Oh, mi amada, dulce, tierna y siempre resignada Laura!
Cuán grande fue siempre su amor hacia mi, su paciencia...
Laura, mi Laura.
Pero, ¿Qué fue lo que paso?
Oh si...
¡Fue mi culpa! ¡Fue mi culpa!, fue mi maldita culpa...
Mi pobre Laura, qué dolor tan grande te causé, fui un hijo de puta...
y a pesar de ello me lloras.
Mi Laura, mi pobre Laura...
Maldita forma de vivir mi vida, mal aprovechada, destruida totalmente...
Pero lo peor, ahora veo, es que también destruí la de las dos personas que más me amaron en vida, la de mi madre y la de mi amada esposa...
No es mi falta de fe, no es mi duda de la existencia de un cielo o un infierno lo que me mantiene aquí, es lo mal que viví mi maldita vida...
Ahora recuerdo, dormíamos...
Todo estaba calmo, obscuro, bueno, no tanto, un tenue rayo de luz de luna se colaba a través de la ventana cayendo directamente sobre la fotografía de Laura que estaba sobre el rústico tocador. Le daba un brillo tan especial. Debí haber entendido que esa imagen era un aviso de... ¿Dios?...sobre lo que estaba por venir.
Dormíamos, bueno, yo dormitaba, porque si no, no recordaría estos detalles, pero, para este maldito momento, ¿Qué mas da si dormía o dormitaba? De todos modos ya estoy muerto...
Y entonces, esas malditas ansias mías surgieron, esa tremenda necesidad de...

Laura se acerca de nuevo a mi cadáver, su mano me acaricia, no la siento...




Capítulo 3

Esteban miraba con asombro sus rústicos dedos de escultor, aquellos con los que había labrado tantos sueños de arcilla y ...

— Saul Figueroa
Leer más...

Saul Figueroa

Esteban miraba con asombro sus rústicos dedos de escultor, aquellos con los que había labrado tantos sueños de arcilla y amor. Ahora lucían tumefactos después de la lucha, y los recuerdos acudieron a su mente con fatal ensañamiento. Apretaba, con inusitada desesperación y afán, el cuello de aquel hombre, quien fuera un hermano, un gran amigo. Lo que parecía su último aliento lo conmovió. Y recordó la escena terrible, motivante y agobiante, cuando lo sorprendió besando a Laura y su mente se convirtió en odio y olvidó todo lo bueno. Solo pensaba en extraer el último suspiro de aquel hombre pensando absurdamente que de esa forma exorcizaría a Laura del alma del hermano convertido en rival de algo incompartible. Laura era la novia del hermano. Laura tan hermosa, su cara de inocencia contrastaba con sus ojos audaces y su cuerpo de diosa. Tenía tetas de mujer, cintura esplendida y piernas torneadas. Laura, con su aroma inconfundible y el temblor de su cuerpo al roce de sus dedos. Esos dedos que continuaron apretando el cuello del hermano hasta que perdió el sentido. Y se vio en noches inolvidables de bohemia, de todo compartir. El vino generoso, el pan. Y ahora aparecía de nuevo Laura, incompartible, inigualable e inolvidable. Los celos se convirtieron en rabia y la rabia en odio sofocante, y continuaba apretando el cuello del amigo, que por momentos parecía cobrar vida, para luego quedarse como muerto. Y sus dedos adoloridos ya no le respondieron y todo se torno negro enderredor.
Apartando a los curiosos, se acercó al lugar donde yacía su rival. Por un segundo creyó percibir el olor de su último aliento y Laura volvió a sus recuerdos. Y la miró sentada, como ausente. Y miró con desprecio a los parroquianos que la rodeaban, los percibió hipócritas y vacios. Recordó el odio, la lucha y el último suspiro con olor a muerte. El anillo apretado al dedo de aquel hombre, por segundos, adquirió un brillo inconcebible. El anillo cobraba la vida que se negaba a su rival, y parecía tener vida propia, ajeno a la mano y a los dedos del hombre que parecía muerto.
De pronto, el cuerpo parecía exhalar un último suspiro, esta vez burlón y con un dejo de venganza.
- Te espero en el infierno – pareció murmurar el caído – te espero en el infierno junto con Laurita.

Un sueño había sido para El todo lo que le estaba aconteciendo, ¿Como iba a sospechar que a la final seria su mejor amigo el...

— F.p. May
Leer más...

F.p. May

Un sueño había sido para El todo lo que le estaba aconteciendo, ¿Como iba a sospechar que a la final seria su mejor amigo el que iba a traicionarlo? Todavía podía sentir como esos asquerosos dedos, dedos que ahora se entrelazaban con los de Laura, la mujer que tanto amo.estos dedos que rodeaban su cuello aquella noche de salida.

Nunca sospecho ni de las intenciones de Esteban su hermano en ocultar el plan, hasta que ahora mientras yace en su ataúd en su lecho de muerte ve toda la realidad y no hay nada que ya se pueda hacer. La impotencia lo invade, esas estúpidas caras con sus lagrimas falsas y medias sonrisas de satisfacción asquerosas, pero algo no saben ellos estos sentimientos lo atraen fuertemente hacia donde están y no podrá descansar en paz hasta que logre calmar estos sentimientos de odio y rencor.

Una a una los rostros de familiares, otros amigos y curiosos se asomaban a ver su cadáver ¡Que asco! Se decía repudiando aquella grotesca escena. Solo los ojos llorosos de aquella dama sentada en la silla al lado de Laura le partía el corazón, su pobre madre sola en un rincón de la habitación se encontraba con su típica mantilla negra cubriendo sus ojos hinchados de tanto llorar, el dolor de perder a su hijo era atroz, El sabia que era la única persona ademas de Laura que lamentara su partida de este mundo.

Por un instante un sentimiento cálido invadió su corazón al recordar los dulces momentos que había pasado con ellas; sin embargo en ese instante los otros hombres se acercaron a ellas. con caras lavadas al igual que las serpientes que arrostrase sigilosamente rodean a su presa sin que ella se de cuenta antes de dar la mordida letal, perros rastreros, lo mas horrendo de ver fue el vestigio de sonrisa en los labios de su madre al escuchar lo que ellos le decían, malditas ratas.

Ahora la venganza sera mas profunda y dolorosa para ellos sufrirán mas de lo que yo sufrí a mano de ellos y así podre descansar en paz, aun si mi alma tuviera que arder en los confines del infierno.

El joven experimentó los síntomas de la asfixia una vez más. Se llevó las manos a la garganta de forma voluntaria, mientras...

— Marianna G.
Leer más...

Marianna G.

El joven experimentó los síntomas de la asfixia una vez más. Se llevó las manos a la garganta de forma voluntaria, mientras sus pulmones desesperados buscaban oxígeno que miserablemente no encontraban. A diferencia de antes, aquella escena se sintió más real. El sentimiento de desesperación tomó lugar en su mente a la vez que su alrededor se tornaba en oscuridad. Su único pensamiento era que moría, esta vez, de forma definitiva.

Entonces parpadeó.

Ya no era una persona en un ataúd. Ahora era sólo un hombre acostado sobre su cama que respiraba agitadamente. Sin antes estaba confundido, ahora lo estaba diez veces más. Limpió el sudor que corría por su cien con parte de su mano y procedió a buscar lo primero que ordenó su cerebro: Su teléfono. El aparato se encontraba sobre su mesita de noche, a un costado. Deslizó un dedo encima de este. Casi que escucha sus ojos gritar de dolor al ver el brillo de la pantalla. Cuando su visión se acostumbró, se concentró en la fecha.

Sábado. 14 de Febrero. 02:58 A.M.

¡Eran las dos de la mañana! Con eso, tuvo que aguantarse el decir un par de palabras no tan bonitas. Estaba enfadado hasta la médula. Odiaba desvelarse de noche. Pero de repente se escuchó un silencio entre sus refunfuñeos. Cayó en cuenta que era 14 de Febrero, San Valentín.

El día en que le propondría matrimonio al amor de su vida, Laura.

Y fue cuando los recuerdos de la... ¿Ilusión? ¿Pesadilla? Que había tenido, vuelven. Pero los ecos de los hechos que observó llegan en trozos, como mensajes embotellados. Su familia. Los anillos. El beso que anuncia el nuevo compromiso... Y su muerte. Lo primero es tal cual como se lo ha estado imaginando desde que comenzó a salir con Laura. Pero lo último era lo que lograba comprender. Lo que le estaba empezando a asustar.
¿Eran esas imágenes del futuro? ¿Se habría vuelto un adivino a causa de la ensalada César que cenó? ¿Estaba loco? ¿O eran efectos secundarios de la medicación para poder dormir? Las preguntas se multiplicaban con el pasar de los segundos. Si no estaba loco terminaría estándolo, así que centró su concentración de nuevo en su teléfono. Mandó un mensaje de buenos días a Laura, asegurándose de que a causa de la hora esta sería la primera cosa que vería al despertar.

Luego vio el menú principal y notó que tenía un mensaje de voz. Supuso que era publicidad de la línea telefónica, pero igual lo puso a reproducir.

"Dentro de poco tiempo la caja plateada debe volver a mí". Dijo la voz distorsionada. "Si no vuelve a mí, estarás condenado. Tu. Todo lo que te importa. Todo lo que deseas. Todo lo que amas. Hasta el aire que necesitas para vivir se te condenará. Morirás".

Él tiró el teléfono cayendo lejos de la cama. No pudo evitar que sus manos empezaran a temblar. Aquello había sido ridículamente aterrador. Después de un silencio largo, se colocó en posición de dormir. Tal vez lo había imaginado todo como antes. Tal vez. Así que cerró sus ojos.

"Sé que lo sabes. No pretendas dormir". Siguió la voz distorsionada. "Quiero la caja. Pronto". Concluyó el mensaje con un fuerte sonido de estática. Lo que parecía ser el comienzo de uno de los días más memorables de su vida, se acababa de convertir en el día en que su sentencia de muerte había sido anunciada.

Siente que lo están matando, y así es: alguien desconecta el aparato que le daba su poca fuerza vital. Expira por última vez y...

— Evangelina Herman
Leer más...

Evangelina Herman

Siente que lo están matando, y así es: alguien desconecta el aparato que le daba su poca fuerza vital. Expira por última vez y desespera, porque ya no hay quien lo salve, porque no hay retorno sobre la decisión que se ha tomado, porque aún ve a Laura y sus ojos están cerrados y su corazón ha dejado de latir.
Todos lloran en la habitación, y no hay una luz que lo guíe, nadie vino a buscarlo, nada de lo que muchos dijeron al sobrevivir a la muerte le está sucediendo a él. Sólo sabe que debe levantarse, pero tiene miedo. Si se desprende de su cuerpo, ¿qué pasará después? Porque esperanzas aún le quedan y porque aún no sabe el motivo de su deceso.
Mira el anillo, decide esperar. Cuando todos han salido de la habitación, hasta el enfermero que colocó la sábana perfectamente blanca sobre su cuerpo inerte, toma coraje y se sienta. Nada puede sentir, tiene sensaciones, sólo el anillo dorado en su mano izquierda es lo que lo ata a este mundo. Es extraño, levanta su mano y la pequeña argolla es lo único que lo acompaña, aunque sabe que nadie podrá verla. Se levanta lentamente y se da cuenta de que lleva puesto el mismo jean, zapatillas y remera que usó el día en que conoció a Laura en la estación de trenes, una noche lluviosa de verano.
Se toma la cabeza, ¿y ahora qué? Se pregunta una y otra vez. Toma fuerzas y se para y quiere salir de la habitación, pero la puerta está cerrada. Tiene conocimiento, por las películas que tantas noches lo desvelaron, que los fantasmas pueden atravesar las paredes, y él ahora ¿era un fantasma también? Debía comprobarlo: miró la puerta fijamente y se acerco a ella sin vacilar, pero sintió que su cuerpo rebotaba. No se quedaría encerrado allí, así que pensó unos minutos hasta que comprendió que lo último que le quedaba eran sus pensamientos, así que una vez más se paró frente a la puerta y pensó cada uno de los movimientos que haría para abrirla si aún estuviera vivo. La puerta se abrió.
Salió rápidamente, buscó, esquivando todas las personas y objetos a su alrededor, a su amada Laura. Muchas cosas se le presentaban en su mente, entendió rápidamente que todo lo que quería lo lograría con la mente, como la telequinesis, lo único que no sabía es por qué estaba allí, pero ella tendría la respuesta.

El fugaz momento parece un dolor en la nuca, espina dorsal y espalda baja. Parece un golpe, mucho más que un escalofrío. Un...

— Francisca Gálvez Alarcón
Leer más...

Francisca Gálvez Alarcón

El fugaz momento parece un dolor en la nuca, espina dorsal y espalda baja. Parece un golpe, mucho más que un escalofrío. Un atisbo de una vida que anhela, pero que en algún momento pareció tan vacía como banal. Aún así, él quiere a Laura. Desea tocarla y estar con ella.
Lo único que quiere es vivir con ella. Pero no se explica cómo ni por qué. ¿Por qué murió? No recuerda a la mujer que cree amar, pero aún así, le parte el alma verla llorando mientras el aire abandona sus pulmones cada segundo que pasa..
Se pregunta si es que existe alguna salida, si es que hizo algo malo, o es que le hicieron algo a él.
Corre, corre sin rumbo por muchísimo tiempo, hasta que las piernas que antaño no sentía comienzan a arder, como si fueran fuego vivo. Como si él fuera una chispa en un limbo que jamás creyó posible.
Se pregunta una última vez qué fue lo que no hizo, qué lo hace pagar a estas alturas, y se desmaya.

Despierta, con menos recuerdos que antes y más sensaciones de estar vivo. Como si en realidad lo estuviera.
Y es que lo está. La gente se da cuenta de su presencia y lo señalan como si fuera un bicharraco.
Ellos visten de negro; él también. Alguien grita, lo apunta y lo señala. Están todos locos de euforia y sólo ahí puede distinguir la cantidad de rostros expectantes: niñas, niños, adultos y abuelos. De Oriente y Occidente, personas de rostro afable, con ojos fríos, con dientes amarillentos, sonrisas maníacas y muecas de desagrado hacia su persona. Un grupo se acerca y lo levanta. Las manos huesudas le envían temblores al cuerpo, sintiendo los músculos más resentidos que nunca, sintiendo la muerte yéndose de su cuerpo, pero aún muy fuerte en él, como advirtiéndole.

Algo le dice que debería volver a su propio entierro, ver su cuerpo frío y duro, sin vida. Ver a Laura una vez más, quizás la mujer que amó, que perdió sin remedio y ya jamás podría recuperar. Pero de alguna manera siente que ésa gente puede ayudarlo. Siente su comprensión, su dolor y su gozo de tenerlo entre ellos. Como si estuvieran buscando las mismas respuestas... aunque no está seguro. Por un lado, está aterrado.
Los sigue, sólo para saber si son amigos, ángeles guardianes, u algún tipo de castigo por la horrenda y aburrida humanidad que soportó vivir tantos años.

Esas manos aprietan su cuello, lo inducen a un agónico sueño, lo sumergen en una terrible oscuridad cada vez más y más...

— Gizella Caicedo
Leer más...

Gizella Caicedo

Esas manos aprietan su cuello, lo inducen a un agónico sueño, lo sumergen en una terrible oscuridad cada vez más y más profunda, sus ojos se van cerrando, la conciencia se va perdiendo.
Un grito. Casi un canto, se escucha a lo lejos, devuelve a sus ojos poco a poco esa luz, ese destello, esa esperanza, un recuerdo, un hermoso recuerdo, ella, Laura, su ángel, sentada en la cornisa de la ventana mirando la mañana primaveral mientras cantaba una hermosa melodía. Un encuentro fortuito, así lo pensó en ese momento, una casualidad del destino, una suerte llegada del cielo. Aun ella aun no se percataba de su presencia, por lo que seguía cantando, como si su voz fuera la responsable de que las flores abrieran y las aves revolotearan alegres en el campo verde. La luz del sol la bañaba, resaltando sus encantos, su cabello largo y castaño parecía ondear en una cascada, sus labios color carmín se movía a los compás de las notas, cada una salía como un manjar dulce, exquisito ,tentador digno de los más grandes reyes, su piel tan lozana y juvenil con ese ligero rosado en sus mejillas que evocaban la inocencia de sus años, y sus ojos aunque no los podía apreciar como hubiese querido, se notaban brillantes y alegres mirando al infinito de mil preguntas, sin respuestas.
-oh! Acá se encuentra señor-pregunto una vieja voz de mujer sacándole de su ensoñación y delatándole frente a la hermosa señorita que se daba la vuelta un poco sorprendida al ver aquel joven tan bien parecido, mirándola con adoración.
-El señor Simón Márquez lo espera en su despacho.
-Muchas gracias.-y con una venia, se despidió, mirando por primera vez aquellos ojos claros, como dos grandes girasoles, los cuales prometían un amor desesperado y pasional, que le fue imposible olvidarles jamás. En sé momento lo supo, su vida, como lo había sido hasta hora iba a cambiar, todo a consecuencia de aquella mujer.
Una ráfaga, un cambio de escenario, ahora el se encuentra caminando por un sendero cubierto de flores amarillas alrededor, el olor le hace recordar momentos de libertad y desenfreno de aquellos tiempos donde las responsabilidades no importaban, ser el mensajero de una familia acaudalaba le daba los ingresos suficiente para la cantidad de licor que necesitaba para olvidar, pero en realidad ese no era su único incentivo de trabajar allí, Laura que cada día que la veía era más bella, se convertía en la mejor droga que hubiera podido conseguir, aunque fuese apreciándola de lejos aquella coqueta y alegre señorita despertaba en él una dicha que espantaba a sus demonios, pero aquella tarde mientras se disponía a hacer una entrega, Laura corrió hasta llegar a su lado, verla correr parecía una ninfa de los bosques, se convertía en un espectáculo de otro mundo, definitivamente ella era su droga favorita.
-Espera! Aun no te vayas- consiguió decir con dificultad mientras reclamaba el aire perdido.
-Dígame señorita, que necesita.-logro decir a pesar de turbación que sentía en su corazón.
-si bueno es que…- su melodiosa voz se detuvo y bajando la mirada prosiguió- es que no se tu, pero hoy hace un lindo día y me gustaría mucho si me acompañas a dar un pase a la orilla del lago.
Su corazón se detuvo en ese instante, ella quería pasar tiempo con él, ese precioso ángel quería estar con él y no lo podía creer. Una mujer tan divina no podía querer estar al lado de un simple mensajero, pero sin embargo hay enfrente de sus ojos estaba ella con su radiante y hermosa sonrisa y con sus hermosas mejillas sonrosadas esperando una respuesta.
-Me encantaría-contesto él.
Pero una sombra , un golpe rompe este recuerdo y el dolor junto con la oscuridad vuelve a él lentamente, agobiándolo, asfixiándolo nuevamente, la luz de esperanza que lo había inundado hace un momento se ha marchado tan repentinamente como ha llegado, no lo puede permitir , no puede volver a caer el aquel fondo, hace esfuerzos por retomar algún recuerdo agradable para volver a ver aquella luz, pero no lo consigue, le es imposible, mientras el va cayendo mas y mas profundo en aquel sueño mortal, necesita desesperadamente un momento de felicidad, algún minuto de nuevo con Laura eso le ayudaría, pero no, no hay nada solo oscuridad y unas manos enormes asfixiándole, la desesperación se apodera de él, todo se ha perdido, aunque en lo más recóndito de su cabeza de nuevo escucha un ruido, otra hermosa melodía, un pequeño llanto que crece y crece a medida que un nuevo destello aparece.

Al fin lo había entendido, Laura ya no le amaba, en el último año había mostrado un gran rechazo por su matrimonio, él nunca...

— Zairuby González
Leer más...

Zairuby González

Al fin lo había entendido, Laura ya no le amaba, en el último año había mostrado un gran rechazo por su matrimonio, él nunca comprendió que había sucedido y por qué se mostraba tan fría y distante. Ya no era la mujer dulce, cariñosa y sensual que se desvivía por mostrarle su amor, si bien el matrimonio había sido un arreglo familiar cuando ellos eran tan solo unos niños, también es cierto que ambos sintieron una gran atracción desde el primer instante. La mirada de Laura, su sonrisa juguetona habrían llenado sus días de momentos felices. Pero luego ella empezó a cambiar, su mirada estaba siempre llena de ira, su rechazo o comentarios mordaces empezaron a atormentarle, no podía entender en que había fallado o en que punto había perdido a aquella mujer que le había amado tanto. Pero todo pasaba por su mente como pequeños retazos de una película, a veces esas imágenes eran borrosas, por instantes llegaba a creer que era solo su imaginación o una mala pesadilla, de pronto aquel sentimiento deprimente se volvía tan real, sentía de nuevo el dolor, la angustia, los celos. - No entiendo por qué tengo que recordar todas estas cosas - La asfixia se intensifico aún más, quería gritar, salir corriendo, pero no podía moverse, no podía escapar de aquel lugar. Estaba completamente inmovilizado, la desesperación se intensificaba cada da vez más.
Empezaron a llegarles imágenes, algunas claras, otras algo borrosas. Sentía de nuevo aquel frío metal que atravesaba su pecho. Una imagen de Laura que le miraba fijamente inmóvil, mientras una pequeña mueca en forma de sonrisa se asomaba en su rostro, parecía repetirse una y otra vez. Estaba recordando el momento exacto de su muerte - No puede ser cierto, no... ¡No! - Laura estaba ahí, viéndole morir y parecía disfrutarlo o por lo menos no mostraba ni el más mínimo sentimiento de dolor o compasión. Todo empezó a volverse negro, la asfixia empezó a desaparecer pero el dolor por la traición de Laura se intensificaba. Aunque su cuerpo estaba inerte, sentía muy dentro de su ser una gran aflicción.
Ya había salido de la escena de su muerte, todas las personas que estaban a su alrededor, incluyendo a Laura, habían desaparecido. Se encontraba solo y vagando por alguna calle que no lograba reconocer, todas las personas llevaban atuendos que parecían de otra época, la arquitectura de las casas y edificios mostraban un diseño algo antiguo. Las luces de la ciudad se empezaron a tornar en un tono gris, la gente corre debajo de la lluvia, las cornetas de los autos retumban en el aire y a lo lejos suena una canción que, aunque no la logra reconocer, toca algo muy dentro de si y no puede evitar tararearla. - No entiendo que significa todo esto, ¿Qué hago aquí? ¿Qué esta pasando? -
Solitario y triste sigue su camino por aquellas viejas calles, intentando reconocer en aquellos rostros desconocidos alguno que le sea familiar o que le de algún indicio de lo que esta sucediendo, no puede ser que lo único que se obtenga después de la muerte sea ese gran vacío, la sensación de nada, el destierro, la añoranza por todo lo que has dejado atrás y el sentimiento de desamparo. A lo lejos ve a una hermosa joven, su mirada parece perdida y triste, camina tranquilamente sin importarle la lluvia. Aunque no la recuerda despierta en él una gran familiaridad, siente que le conoce desde siempre. Despierta en si un gran sentimiento de ternura, casi lo mismo que sintió alguna vez por Laura. Su dulzura casi la podía sentir en el aire, aquella necesidad de protegerla parecía imposible de contener. La sigue hasta un café, no puede evitar notar en la mano derecha de la joven un papel arrugado que ella parece oprimir con todas sus fuerzas. Cada vez que estrecha aquel papel, parece asomar un par de pequeñas lágrimas en sus ojos. - Cuanto dolor ahí en esta chica - se dijo para sus adentros, casi había olvidado por completo el dolor que le causo Laura. La joven intenta romper aquel papel pero parece que algo la detiene, sus ojos rompen en llanto, parece que había estado conteniendo aquel dolor por tanto tiempo. - Como quisiera consolarte - Raúl se sienta a su lado, aunque está consiente de que ella no le puede ver ni sentir, tiene la vaga esperanza de que alguna forma le pueda transmitir algo de consuelo. Su mano intenta acariciar su larga y rubia cabellera, sus dedos intentan enjugar sus lágrimas, pero sabe que nada de eso es posible. Es evidente que lo que este escrito en aquel papel le tortura.
Ya las personas en aquel café empezaban a marcharse, una joven camarera había dado la señal de que ya era hora de cerrar. Raúl quiso seguir de nuevo a la joven, pero que caso tenía, era obvio que no podía ofrecerle ningún tipo de ayuda. Solo la observo por un instante mientras desaparecía entre la gente que caminaba por la calle. Él solo se limito a dar media vuelta, llevo sus manos a sus bolsillos y para su sorpresa noto un pequeño papel en su chaqueta. - ¿Qué es esto? - Por primera vez después de su muerte pudo sentir algo sólido en sus manos, era una nota que parecía tener mucho tiempo de haber sido escrita
Querido Daniel
Muchas cosas han cambiado desde tu triste partida. Aún pienso en aquellos días en que compartimos tantas cosas, sonrío al recordar cada uno de tus detalles, la forma en como acariciabas mi cabello, la suavidad con que rozabas con tus labios mis mejillas, la ternura de tu mirada y hasta el simple hecho de que arrugabas la nariz al tomar tu té. Pero de pronto recuerdo aquella carta donde me dices adiós sin darme una explicación, no puede entender en que momento te perdí, en donde quedo todo ese amor que antes me ofrecías.
Firma: Rebeca
- Pero ¿qué significa esta nota? ¿Quién es Daniel? y ¿Rebeca? - Raúl estaba confundido, no entendía que significaba que tuviese esta nota en su bolsillo y por alguna razón tenía la sensación de que aquello tenía que ver con aquella joven de mirada triste.

Era un poco rara la sensación de estar muriéndose... El dolor del llanto de Laura penetraba por mis oídos... Yo solo quería...

— Constanza Casolati
Leer más...

Constanza Casolati

Era un poco rara la sensación de estar muriéndose... El dolor del llanto de Laura penetraba por mis oídos... Yo solo quería consolarla. Solo quería poder seguir vivo. No importaba por que, y como lo haría, solo necesitaba poder... Vivir. Esa palabra parecía tan lejana, tan distante, como si hubiera sentido en realidad lo que era vivir hace demasiado tiempo como para recordarlo. Sentía que solo moría para poder recordar lo que era simplemente vivir. Con una sonrisa en mi boca... Poder reír. Hace mucho que no lo hacia, disfrutar de una vida normal sin pensar en los malditos problemas latentes en mi día a día.
Solo sangre recorria sus venas, no existia el amor sensato en ellas. La celosia, la venganza, y el rencor formaban parte de su vida. Creyendo que iba a poder sobrevivir, bah, solo sensaciones ingratas de una persona que no deberia seguir viviendo. De alguien que debe morir. Pero todavia me acechaba la idea de como seria mi vida si no muriera, como seria la noche despues de todo aquello, como seria... Poder mirar a Laura a los ojos y decirle que la amaba... ¡Pero no! ¡Me tenia que estar muriendo!
Veia todo completamente negro, solo escuchaba murmullos muy a lo lejos, llamandolo, con una voz conocida. Queria gritar pero ¿que palabras saldrian de su boca? Ninguna. Solo rencor y agonia, mezcladas en un grito de furia, que no llegaria ni a un susurro...
Mi cabeza me decia: Admitelo, te mueres, y no puedes hacer nada. Dejate llevar, como el rencor en tu venas, es inutil luchar contra algo que te mata rapidamente. Que destruye tu alma, y te vuelve odioso.
Mi corazon contestaba rapidamente con un susurro: resiste...
Le hacia de a poco caso a mi cerebro, pero mientras mas lo hacia, la voz de mi corazon aumentaba en volumen, aumentaba en entusiasmo. Como si creyera que volveria a la vida...
Solo que mi cabeza se callo, dejo de hablar, y empeze a escuchar a mi corazon, cada vez mas fuerte, gritando con exasperacion y alegria. Hasta que, escuche un sonido metalico, y un chillido muy a lo lejos, como si estuviera a miles de kilometros, pero algo me proponia que la escuchase.

Todas las imágenes de su vida pasaban frente a sus ojos mientras las siluetas a su alrededor se movían, por un momento sintió...

— Laura Marot T.
Leer más...

Laura Marot T.

Todas las imágenes de su vida pasaban frente a sus ojos mientras las siluetas a su alrededor se movían, por un momento sintió que el tiempo se congelo, y una imagen concreta se abrió paso, era como si volviera a vivir ese momento, ese recuerdo que había bloqueado el año anterior.Era una mañana de otoño ese domingo, como de costumbre se había despertado cerca de las 6 a.m., beso la frente de Laura, aun agazapada entre las sabanas a su lado emitió un gemido en respuesta. Ella odiaba despertar tan temprano un domingo, por su trabajo como maestra la rutina de la semana la dejaba agotada y aprovechaba al máximo para descansar los fines de semana.
El se levanto y se estiro, como su habitual rutina entro al aseo, se coloco su pantalón deportivo, sudadera y sus tenis favoritos. Fue a la cocina, luego paso por su estudio por su reproductor, se coloco sus audífonos y salio. Era tan reconfortante correr con la brisa fría de la mañana, mientras soban sus tonadas favoritas y su mente volaba. El amaba esos domingos por la mañana, ya que mientras corría dejaba que su mente volara, junto con todos los problemas que había acumulado durante la semana. Aunque había uno en particular que le seguía molestando. Aquel tipejo creído, cada vez que se topaba con el o le veía cerca de Laura, sacaba lo peor de el, era celoso, claro que hombre no sentía celos cuando rondaban a su esposa como buitres, y mucho mas cuando esta era una mujer hermosa y dulce con todo ser vivo.
Carlos o Carl como se hacia llamar el tipejo, era un profesor de ingles que trabajaba en el mismo colegio de Laura, este vivía tras ella, le enviaba regalos, flores, se le insinuaba, a pesar de que ya varias veces esta le había rechazado, colocado en su lugar, hasta el había ido a enfrentarse con el para que dejara en paz a su mujer. Muchas veces estuvo cerca de romperle la nariz, ya que lo sacaba de sus cabales fácilmente, pero Laura como gran pacifista lo arrastraba a duras penas y le sermoneaba.
Cuando iba perdido en esos pensamientos noto que ya había cumplido su vuelta y estaba a cierta distancia de su casa, pero al observar a la calle contraria, noto el auto de Carlos, acelero el paso y quedo congelado.

Aquellas manos las podía sentir, podía sentir como estaban enredadas en su cuello, se sentían tan cálidas, no podía reconocer...

— Freddy Gil Cruz
Leer más...

Freddy Gil Cruz

Aquellas manos las podía sentir, podía sentir como estaban enredadas en su cuello, se sentían tan cálidas, no podía reconocer si eran de un hombre o una mujer él solo podía recordar una imagen borrosa. No recordaba quién ni en dónde estaba solo recordaba a Laura...en cuanto su recuerdo se apartó de él volvió a escuchar los murmullos de las personas a su alrededor, llorando y preguntándose por qué él, él no podía reconocer la mayoría de las voces solo unas cuantas como la de su mamá que estaba muy espantada, su hermana y de otros familiares, su mamá se preguntaba como es que un hombre como él pudo haber muerto y entonces surgió otra vez el recuerdo de las manos en su cuello, el recuerdo cambió, estaba él en un parque, 14 años atrás sentado en un columpio esperando a su mejor amigo Tony cuando este llegó con una bolsa de hierba.-Mira lo que encontré- había dicho Tony
-¿Estas loco?-. Preguntó.-No seas niña Ricardo-. wow, él ya no recordaba ni su propio nombre. La escena cambió, estaba él y Tony sentados en la un callejón probando la hierba, él recordó que le había gustado probarlo que se convirtió en un habito común, la escena se desvaneció y volvió a escuchar los llantos de las personas que lo velaban y él mismo se preguntó como podía decir su madre algo así como si el hubiera sido el hijo perfecto después de haberse drogado, en cuanto a su nombre él no sabía por qué lo había olvidado y por qué solo recordaba el nombre de Laura (tal vez era porque la amaba), las manos alrededor de su cuello intentando dejarlo sin aire y el anillo que llevaba puesto él y y otro Laura...de un momento repentino Ricardo pudo ver a todas esas personas a su alrededor llorando él creía que había despertado pero solo las podía ver y escuchar, aunque no podía reconocerlas, no sabía quienes eran todas esas personas, reconoció la voz de su mamá pero no su rostro fue cuando pudo darse cuenta que si podía
tener esos recuerdos, aunque borroso, era por algo y si podía oír los murmullos y ver los rostros de aquellas personas debía de haber una razón.

¿La vida le estaba dando otra oportunidad de algo o solo es algo que cualquier muerto puede hacer después de pasar a otra vida? Estas preguntas y más pasaban por Ricardo esperando una respuesta que ni él sabía, pero espera encontrar.


Sus manos. Son sus propias manos los que irrumpen su respiración. Todo se volvió negro. No entiende lo que sucede. ¿Por...

— Cristina Endara Palma
Leer más...

Cristina Endara Palma

Sus manos. Son sus propias manos los que irrumpen su respiración.
Todo se volvió negro. No entiende lo que sucede.
¿Por qué? ¿Era una pesadilla lo que acababa de ver, un recuerdo, o solo una mutación de sucesos pasados?
Claridad. La luz volvió a reflejarse ante sus ojos.
Volvió a aquel lóbrego lugar, pero a diferencia del extraño acontecimiento pasado, ahora ya no estaba en un ataúd viendo a todos a través de un cuerpo muerto y estático. Estaba entre los melancólicos espectadores. Podía verse a él mismo. Pálido y frió.
Laura.
Laura aún seguía al lado del féretro acompañándolo, entre sollozos guturales.
Deseó correr hacia ella, envolverla en un cálido abrazo y decirle que estaba con ella, que todo estaría y bien y él regresaría. Pero él sabía que esas opciones eran inalcanzables. Él ya no estaba. Pero ¿dónde estaba? ¿Por qué sigo aquí? ¿Dónde debería estar?
La mordacidad de la situación lo asfixiaba aún más.
Muerto en el mundo de los vivos.
¿Era acaso un paso después de la muerte? Poder ver a las personas que te acompañaron tras el paso de tu vida hasta el final. No quería ver esto. La desdicha de Laura lo atormentaba más que otra cosa. Prefería irse a cualquier lugar en vez de ver su tristeza. Eso solo empeoraba la situación.
No quiero ver. No quiero estar aquí. Sé que no la puedo consolar. ¿Por qué me muestran esto? ¿Hice algo malo? Si esa era la ocasión, era un azote muy fuerte el que recibió.
Miró a su alrededor.
Divisó a su padre, que estaba sentado en una silla. Tenia una mirada indiferente, estaba calmado, de hecho, parecía como que si estuviera meditando. Nunca pudo entender a su padre. Tenían diferentes opiniones. Siempre.
Su madre no estaba. ¿No quiso despedirse? ¿O fue porque sabía que muy pronto se volverían a encontrar?
Las preguntas se expandían cada vez más a través de todo su cuerpo. Una irritación subió hacia él como una diminuta araña.
Quería gritar. Solo quería respuestas. ¡SÁQUENME DE AQUÍ!
Se acercó a la negra caja de madera.
Examinó su rostro y quedó estupefacto ante lo que vio.
El cuerpo sin vida tenia los ojos abiertos.
Lo estaba mirando.

Siguen llegando imágenes de su vida, recuerda la tarde de otoño en el Café de Flore cuando una joven de cabello alborotado...

— Zamir Agudelo Badillo
Leer más...

Zamir Agudelo Badillo

Siguen llegando imágenes de su vida, recuerda la tarde de otoño en el Café de Flore cuando una joven de cabello alborotado paso frente a sus ojos y lo alejó de la abstracción de su mente para concentrar su mirada en su pelo y en el azul de su mirada, con la cual se cruzó al seguir su trayectoria hasta el mostrador, a donde se acerco para comprar un café. La belleza de esta joven mujer lo había tomado por sorpresa y era inevitable contemplar su belleza mientras se posaba en frente del mostrador para sorber su café y voltear su mirada para quedarse mirándolo fijamente, entonces pasó, se sintió desnudo ante la mirada de aquella mujer y profundamente atraído ante su mirada, expresión entre tierna, delicada y con un toque de coqueta, que lo hacía sentirse atrapado por ella.
La escena seguía recreándose en su mente mientras poco a poco su cuerpo desaparecía en medio de una sensación de vacío y serenidad, ya no sentía el peso, la ansiedad, el tedio, el fastidió de un cuerpo que lo mantenía conectado con un mundo terrenal, pero tampoco podía sentirse libre del todo porque aún conservaba los recuerdos que lo ataban a una vida pasada, a una vida que no le permitía continuar su camino, Laura, era el único nombre que lo tenía anclado a un sitio del cual ya no se sentía parte, una extraña sensación lo acompañaba que no le permitía migrar. ¿Cómo describir algo que no se conoce, cómo cambiar de estado si ni siquiera se sabe en cuál se está?
Los recuerdos seguían llegando, recordaba una caminata por las orillas del Sena en la cual iban tomados de la mano, en silencio, recuerda una sonrisa dibujada en su rostro que lo hacía llenar de una sensación de ternura y tranquilidad, algo que sólo era provocado en él por acciones sublimes y momentos de felicidad. Era inevitable sentirse atraído por una mujer tan hermosa y tierna, que transmitía una delicadeza a través de sus manos y lo transportaba a los más bellos parajes vistos por él tan sólo a través de cuadros en el museo de Louvre.
Pero, ¿por qué sentía todas estas emociones, qué sucedía con él para que se encontrará en tal situación? era difícil poder explicar algo de lo cual no tenía conocimiento, siempre había querido realizar viajes, conocer personas, continuar estudios, los cuales ahora se convertían en imposibles a causa de su situación, no hay marcha atrás en un estado así, pensaba. ¿De qué me sirvieron tantos paseos de la mano con Laura? acaso ¿significó algo para ella todos los gestos y detalles, a través de los cuales le manifestó su amor? ¿Es posible considerar entender una mujer?
Preguntas que lo acompañan y lo siguen mientras se encuentra en ese estado del cual aún no sabe cómo llegó, ni cómo salir. Tan sólo recuerda pequeños fragmentos que trata de armar para poder entender. Una sensación fría en su mano, una mirada de extrañeza de Laura, y unas manos, unas manos que lo apretaban fuerte por el cuello.

-Despierta- dijo una voz que sonaba hueca El ya no lo haría -¡¡Despierta!!- dijo la misma voz con un poco de irritación...

— Nunas Castle
Leer más...

Nunas Castle

-Despierta- dijo una voz que sonaba hueca
El ya no lo haría
-¡¡Despierta!!- dijo la misma voz con un poco de irritación junto con un suave golpe en la mejilla
Para que molestarme si morí, pensé ignorando la voz
-OK, ¡¡te la ganaste!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡DESPIERTA POR EL NOMBRE DE EQUILIBRIO MISMO!!!!!!!!!!- grito la voz, lo siguiente fue un dolor en mi cara que anunciaba que debería tener unos cuantos huesos rotos
Abriendo los ojos note la oscuridad que me rodeaba, una oscuridad..... Extraña a falta de una mejor descripción, intente recordar en donde estaba, si es que sabia tal cosa, pare casi de inmediato fui recompensado con un punzante dolor de cabeza equivalente al que provocaría un taladro
-No te esfuerzos cachorro de hombre, nadie logra recordar a la primera- dijo la voz
Observando mi entorno intente localizar la fuente de la misma, perturbándome el hecho de que no veía a nadie aun cuando no había nada
-Nada,... no hay nada- dije entendiendo mi pensamiento anterior- no es oscuridad ,.. Es que simplemente hay NADA aquí- sopesando mi precaria situación
-Eres algo lento, ¿sabias?- burlo la voz
Esta vez no tuve que buscarlo, como si siempre hubiera estado ahí, vi a una mujer de tez pálida lechosa y un largo cabello negro ónix, vestida con un traje de negocios, la mujer, que no tendría más de 20 tantos, me miro con sus intensos ojos dorados
-¿Quien eres tú?- dije todavía sorprendido
-Sinceramente, el shock es tal que solo pueden preguntar eso?, o es que los mortales tienen tan poca capacidad mental que es la primera pregunta que les viene a la mente?- dijo con un dejo de aburrimiento y desdén
-¿Quien eres TU?- insistí, ignorando su insulto en mi creciente desesperación
Ella solo se limito a mirarme como si de un retrasado se tratara, un leve suspiro fui mi única respuesta de momento, seguido por un silencio que se extendía indefinidamente y que solo ayudaba a debilitar mi muy-ya-de-por-si-débil estado mental
-Y seguirás preguntando lo mismo, -suspiro-, supongo que si espero la misma reacción que me dio C solo me decepcionare, aunque, pensándolo bien, el nunca fue normal ni para los parámetros de los de arriba- dijo con una sonrisa de la cual solo ella sabia él porque
-¿QUIEN ERES?, ¿DONDE ESTOY?, ¿COMO LLEGE AQUI?, ¿CUANTO LLEVO AQUI?, ¿¿¡¡ESO ES SUFICIENTE VARIEDAD PARA TI!!??- grite ya en mi limite de paciencia
Ella volvió a mirarme, parpadeo, continúo el silencio, parpadeo unas tres veces más y volvió a suspirar
-¿Dejándote dominar por tus emociones?, -suspiro-, ya ni sé porque me molesto en buscar gente como C, aunque si hubiera otro, creo que se enojaría- dijo volviendo a reír
-Escúchame bien, no sé donde estoy y en vista de que es la única persona aquí necesito respuestas- apremie ya algo más calmado en comparación a mi arrebato anterior
-¿O sino?-dos palabras que se escucharon ridículamente aterradoras
-¿O sino?, ...- dije sin saber que preguntaba
-¿O sino?,.... ¿que aras si me niego?- el mismo sentimiento aterrador, era lo que se sentía
-me veré a actuar- dije sin ni siquiera convencerme a mí mismo
-hum... me gustaría ver eso- oscuridad y terror fue lo que sentí a continuación y ambos provenientes de la mujer frente a mi- ¿me enfrentaras?- dijo, cosa que casi no escuche por mi creciente mareo, mi cuerpo se debilitaba del simple hecho de estar parado, rayos incluso existir me agotaba, mas fuerzas me abandonaron hasta que caí en una de mis rodillas- te pregunto, ¿ estás seguro de enfrentarme?- volvió a repetir en un tono que sonaba casi demoniaco, demasiado hueco
-....n....n-no- jadee solo viendo oscuridad en sus ojos
Volvió a mirarme pero a diferencia de antes era una mirada de pena y decepción, el aura de miedo que emanaba poco a poco se fue dispersando, volvió a suspirar
-sinceramente, si me decepciona esto es que C me ha influenciado demasiado en mala manera- dijo pensativa-, en fin, supongo que ya con el tiempo que tu mente a tenido para descansar podre soltar esto:.... estas muerto
Oí esas dos palabras fue como ser aplastado por un edificio, y aunque quería que fuera mentira, no podía negarlo
-¿Cómo?
Me miro como si hubiera preguntado si el cielo era azul
-Muriendo, ¿de que otra forma se muere?- dijo obviamente dudando de mí inteligencia- y antes de que hagas otra pregunta estúpida, déjame preguntar: ¿cuando se muere a dónde va el alma?
Tal vez era la forma tan familiar de hablarme, o que ya me estaba acostumbrando al lugar pero ya pude pensar más claramente
-Al cielo o al infierno, en caso de no ser tan malo o bueno, al purgatorio
-¿Y te parece que estas en alguno de esos tres lugares?- dijo casi infantilmente
-no
-bingo, estas en lo que se conoce como el limbo, bueno, no el limbo pero si una antesala, eso es lo que te ganas por ser ateo- dijo señalándome
-¿entonces me quedare aquí?-dije sin esperanza, luego caí en cuenta de algo que dijo- ¿como que una antesala?
-actualmente estas en la Nada, un lugar en el que puedo comunicarme con los pocos que son enviados al limbo, es para darles otra oportunidad, ¿a menos de que quieras entrar en el limbo?- dijo dándole paso
-¿cuales serian las consecuencias?
-nada, solo que vagarías por quien sabe cuánto tiempo en la eternidad, intentando buscar una forma de salir y es casi 95% que no terminaras en el cielo- dijo lo cual me hizo tragar saliva
-¿cual es la otra opción?- pregunte esperando que fuese mejor que eso
-únete a los White reaper-dijo como quien dice: "hey, escuche que lloverá hoy"
-¿que tendría que hacer?
-serás reencarnado en un cuerpo de sangre y todo lo demás y recolectaras las almas de los que se te asignen, no te preocupes que a las personas que busques ya les tocaba la hora, considéralo servicio comunitario con el mas allá
Reencarnado, fue todo lo que escuche, una nueva vida, una oportunidad de verla, una oportunidad de entender mi muerte, sin lamentarme o arrepentirme
-....... acepto- dije sin apartar mi mirada de la de ella
Ella sonrió, aprobando mi respuesta, extendió su derecha, apartándola de ella, una puerta dorada, blanca, plateada y negra apareció en donde terminaba
- entonces será mejor que te lleve con C para tu orientación- dijo al tiempo que la puerta se abría
un segundo oscuridad, luego una luz tan intensa que me obligo a cerrar los ojos, lo siguiente fue que me vi parado en una habitación, más bien almacén por la cantidad de estantes, de un edificio, segundo después, caí en cuatro por las nauseas
-no vomites, rayos, ¿que acaso todos los humanos sufren de mareo de viejez?
-¿donde estoy?
- en un edificio en la tierra, o como lo llamo, el lugar mas patético para estar- dijo saliendo de la habitación- cuando te recuperes sal, C querrá hablar contigo
cuando me recupere del mareo seguí sus pasos y al ver el escenario no pude sino que estar algo de acuerdo con ella, una tienda de comics y mangas, en verdad patético, buscando en la estancia volví a ver a la familiar dama con la que había hablado, solo que esta vez, con una sonrisa sincera, de repente me miro o cuando me fije, miro algo en mi dirección, sentí una mano en mi hombro que me forzó a voltearme, me encontré de frente con un joven de piel morena y de pelo castaño que en su acumulación se volvía negro, entre el metro ochenta de altura y terminado sus veintes y empezando los treinta
- ¿eres el nuevo?- pregunto en un tono que ordenaba y exigua respuesta
- sí, soy....- no pude terminar
- no necesito saber tu nombre, solo necesito saber que tanto dé dijo ella- dijo señalando a la mujer, la cual se expreso insultada
- tengo nombre, o al menos te di uno para que me llamaras por el
- lo sé Nix, solo es divertido, molestarte- dijo el hombre aligerando su expresión, volvió a mirarme- ok, soy C y mientras estés metido en estos seré tu dios, jefe, amo y maestro absoluto, y no, no te diré porque solo una letra, es una especie de regla en el grupo: no preguntes por el pasado de otros- dijo delatando que la hostilidad no era verdadera- y bien, ¿que te dijo Nix?
- que se me daba otra oportunidad de vivir si trabajaba para los White Reapers debido a que iba a ir al limbo
- ¿que mas?
- que debería recolectar las almas de los próximamente fallecidos...
-¿ eso es todo?- pregunto algo fastidiado
-si, es todo- dije sin saber el porqué de su emoción
- ¿porque nunca les explicas todo a ellos?, me harías la vida algo mas fácil- dijo a la mujer
-es algo molesto y me encanta arruinarte el día- dijo otra vez, infantilmente, C solo chasqueo la lengua
Cualquiera fuera la relación que tenían Nix y C tenía su tiempo y era muy cercana, al menos eso se notaba
-ok niño, mira, si, tienes que hacer eso pero no solo eso, tu trabajo es llevar las almas de los difuntos, es decir, ayudarlos a pasar la Puerta, la cuestión es la siguiente- hizo una pausa- los demonios existen- volvió a pausarse para ver mi reacción, al ver que no paso nada continuo- ellos no pueden estar en la tierra con sus cuerpo, por eso se acercan a los Terminales, que es como los llamamos, y consumen el alma y se apoderan del cuerpo de estos, nuestro trabajo es estar ahí para evitar lo primero y si no se pudo destruir lo segundo, ¿ok?- dijo sonriendo
- si...-dije asimilando toda esta nueva información
-ok, deberías caminar y agarrar aire fresco, te ayudara un poco
-estoy muerto..- dije por el hecho de que un muerto camine por las calles no es del día a día
- sip, pero estas reencarnado, es decir, eres tu pero no eres tú, ellos, los vivos, no te ven como tú, nosotros si
Ante este dato algo en mi se predio, podría investigar quien me mato y buscar venganza, en otro pensamiento, ver a Laura seria difícil, pero en la convencería, camine hacia la puerta pero C me detuvo
-algo que se me olvido, las armas que usamos son poco convencionales y con eso me refiero a que usamos CUALQUIER tipo de armas, así que escóndelas...
-ok
- ...y cualquier cosa concerniente a tu muerte, solo déjala ser, excavar en el pasado solo te traerá dolor- dijo y por el tono de sus palabras juraría que leyó mis pensamientos
-ok- el me soltó, pero antes de salir quise preguntar- Nix, ¿porque te impresiono C?- la cual se sonrojo por algo
-bueee..... Ha sido el único humano que me ha enfrentado abiertamente, no solo a mí, sino a otros de arriba en la jerarquía, simplemente decidió luchar donde varios se rindieron- dijo acercándose a C
-ya... otra pregunta, ¿porque estamos en una tienda de comics?- esta vez fue C quien sonrió
- eso es porque es una fachada y no lo es, además- dijo con una cara que luego bautizaría como Happy-Trigger-Rape-Face- siempre fue mi sueño tener una- hizo una pausa en lo que asimilaba el significado de sus palabras, cuando lo hice palidecí- es cierto, lo creas o no soy el mejor en la organización pero además soy ¡¡¡¡¡¡EL FRIKI MAS PODEROSO Y FRIKIASTICO DEL MUNDO!!!!!!- grito, obviamente en su mundo mental
ahora entendía como es que había luchado aun en la muerte, el sujeta estaba lejos de estar cuerdo y lo peor es que el reconocía su locura y la abrazaba, la alimentaba, gire a ver a Nix y solo vi algo parecido al bochorno, pero ni cerca de una pizca de intención de detenerlo, no solo estaba atrapado en un grupo para pelear con demonios para hacer meritos de entrar al cielo, no solo tenía que tratar con Muerte, que también llegue a esa conclusión, sino que mi jefe era un friki demente de atar, solo una palabra cruzaba por mi mente y casi automáticamente la pronuncie
-...... Shit- mi vida jamás seria la misma.

Su vista se cumbre por un manto oscuro, que enceguece su conciencia, y lo abstrae a una mano recorriendo su rostro, delicada...

— Steven Alfonso Avila
Leer más...

Steven Alfonso Avila

Su vista se cumbre por un manto oscuro, que enceguece su conciencia, y lo abstrae a una mano recorriendo su rostro, delicada como la caricia de una nube, a un cabello que lo incita a recorrer un sendero castaño sobre una mano cabalgando, hasta llegar a ese risco de cascada blanca, con un oleo negro misterioso en su mirada, a deslizarse sobre una sonrisa, y cubrirse con el manto rojo de un beso. Siente que su hora esta llegando, y el tic-tac se hace cada vez mas fuerte, pero llega a una conclusión desentonada con un fin, imagina que ha llegado a un cielo, donde lo reciben recuerdos, momentos que lleva con el, creados con la impaciencia descomunal por llegar a sentir amor, lo reciben y le dan una caminata al son de las palabras que recitaba cada vez que esa mujer misteriosa lo esperaba recostada sobre su cama, y al final del camino estaba ese dios, ese dios al cual veneraba en la realidad y en la fantasía, y que ahora lo tenia delante suyo, para subir hasta su rostro, y darle ese tan anhelado beso que falto dar en la despedida, ese dios era Laura.

Como no recordar el pensamiento que lo abordo esa mañana al abrir sus ojos, y que traía consigo un ambiente tenso, un cielo oscuro que reflejaba sobre su cuarto que algo malo iba a suceder, no era la intuición del fin de reloj de arena de una persona amada, tampoco era la impaciencia por algo que había tardado en llegar, era algo relacionado con el presentimiento de una oleada fría sobre su alma. No dejaba pensar en Laura, y del porque esa llamada tan de repente de que se vieran en la fabrica abandonada cerca del muelle donde fumaban cigarrillos y tomaban café en noches de tertulia que servían para sentir amor. Se puso la bufanda que traía el aroma del perfume de esa mujer sorpresa, puso sobre su pecho ese saco de hilo que ella en compañía de su madre habían tejido para regalárselo el día de su cumpleaños, y antes de salir de su habitación se aplico esa colonia que tanto hacía delirar los sentido de esa dama. Cuando llego al muelle, ella ya estaba ahí, algo que muy pocas veces sucedía y cuando ocurría era por que Laura la agobiaba palabras que irrumpían su conciencia en este mundo, pero esa noche solo estaba la luz de la luna, con un cielo triste y sin una estrella que adornara el brillo de algunos ojos. Se sentó y le prendió la cabeza a uno de sus cigarrillos, para inhalar una muerte que quizás acompañara la suya, le ofreció un cigarrillo de su cajetilla a Laura, pero esta negó con su cabeza, se quedo callada por un instantes, voltio a mirarlo con una mirada triste pero segura, y con una lagrima que parecía quemarle sus parpados, salieron de su boca tres palabras con cristales de hielo, con espinas bañadas de legumbre y veneno, que dejaron inmóvil a su cuerpo para no salir en búsqueda de un porque, ni una solución, " Adiós, me casare"

Y sin venir a cuento, Albertito entre la neblina de caras acechando alrededor del juicio final es el hombre que le coge del...

— Alexandra Smirnova
Leer más...

Alexandra Smirnova

Y sin venir a cuento, Albertito entre la neblina de caras acechando alrededor del juicio final es el hombre que le coge del cuello y zarandea de adelante a atrás como si de una maraca se tratara.

Albertito, su compañero y fiel amigo de la universidad, le sacaba de su trance creando una serie de ondulaciones que describía su cabeza en el aire.

-Esta es la primera vez que no estás sobrio y te detesto aún más, quítate el anillo de compromiso de mi novia-le dice agachado cerca del asfixiado, tumbado en el sofá. Su cuello se ha quedado enganchado a los cables del dvd, y ahora en la pantalla de la televisión sólo se emiten dos programas muy dispares; "El amor en la política" y " Planificación familiar en el zoo"..

Marina, novia de Albertito, observa con desconfianza la escena de recuperación de la sortija, la cual pierde su valor a cada zarandeo del ejemplar Albertito en acción.

-No está cuerdo, deja que duerma un rato-dice Marina preocupada. -Y suéltale el cuello, un abogado no debe tener marcas llevando traje en la oficina, sean cual sea su origen.

-¿Por qué todas las profesiones que implican una buena vestimenta acaban en tu sofá borrachas y comentando memeces sobre el final de la vida?

Marina, ya con deseos de desistir, hace un gesto con la mano apartando los pensamientos negativos de su pretendiente y se acerca a la ventana para descorrer las cortinas moradas.

La luz que envolvía las caras acosadoras y penetrantes se empezó a mover, se coló entre el pelo de Marina, rodeó las orejas cuadrangulares de Albertito y saltó dando brincos entre los pelos engominados del "asfixiado" y le devolvió a la realidad.

...Dicen que cuando te mueres observas todas las escenas que viviste y que se quedaron de alguna manera pegadas en algún lado de la mente, muchas de ellas sin querer, como puede ser el chicle de aquella plaza en la ciudad de camino a la manifestación contra la creencia en las mentiras o la aspiración del humo de una pipa que paseaba de la mano de un abuelo solitario que no sabía porqué la soledad lo acompañaba. No es algo obligatorio sentir después de morir, pero mi tía siempre me ha recomendado querer sentir los momentos antes de dejar que decidan por ellos mismos que acaben...

Quiso acercarse a Laura para preguntarle. Quería saber en quién pensaba mientras cantaba y si de verdad había otro y, quizás...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

Quiso acercarse a Laura para preguntarle. Quería saber en quién pensaba mientras cantaba y si de verdad había otro y, quizás por alguna razón, ella lo mantuvo en secreto. Pero las manos que lo asfixiaron no se lo premitieron. Se preguntó a sí mismo si conocería a quien acabó con su vida. Más aún le intrigaba el motivo de haber acabado así.
De pronto, notó que algo le privó sus movimientos. Se sintió como si hubiera convertido en un bloque gigante de piedra, pues había quedado totalmente inmóvil. Por más que lo deseara, era incapaz de moverse un milímetro. Poco a poco, la oscuridad se iba apoderando de él, de la misma forma que una gota de tinta oscurece el agua. Enseguida sintió un escalofrío. Y ese escalofrío dio lugar a un desconcierto, ya que, debido a su estado, no podía sentir hambre, sed, dolor, ni cualquier impulso o sensación natural en todo ser viviente.
— ¿Aún no piensas que todo ya ha terminado para ti? ¡De nada sirve permanecer donde ya no perteneces! —bramó una voz carente de piedad.
Pese a no haber visto al sujeto que se entrometió, resonaron en eco las palabras que acababa de oír. Era difícil confirmar con certeza si se trataba de una voz masculina o femenina. Aunque su inmovilidad desapareció, todavía se sentía dominado por la sensación escalofriante. Percibió que estaba en un vacío. Se mantenía firme y, sin embargo, no parecía que estuviera permaneciendo sobre un suelo. Tampoco había nada a su alrededor; al menos, eso era lo que captaba su vista. Sin pensarlo más, comenzó a caminar por aquella oscuridad infinita, sin saber dónde se encontraba ni tener fijado un lugar de destino concreto. A cada que daba aumentaba su desilusión. No tenía idea de cuántos minutos, quizá horas, habían transcurrido mientras estaba sumido en su trayecto.
— ¿Será este sitio tan sombrío el cielo? —se preguntó.
—Me temo que no —le respondió la misma voz con menosprecio.
Él permaneció callado ante ese sonido que le imponía. En un silencio que su interlocutor no tardó en romper.
—Qué ingenuo —escuchó con el mismo desdén—. ¿Acaso esperabas un paraíso?
— ¿Quién eres? —preguntó el afligido, sitiéndose un poco molesto.
—No soy nadie —contestó el ente con firmeza—. Igual que tú.
Antes de que se percatara, alguien de indumentaria oscura cuyo rostro cubría una capucha se plantó delante suyo.

Y el metal arroja un intenso destello, brillante, fugaz, que impacta en su pupila; El vibrante centelleo le lleva a otras...

— Laura Crespo Marco
Leer más...

Laura Crespo Marco

Y el metal arroja un intenso destello, brillante, fugaz, que impacta en su pupila; El vibrante centelleo le lleva a otras ensoñaciones y por un instante una abrumadora sensación de claridad; Hay algo que surge de su interior......, se le escapa......, desesperado conoce que lo tiene que aprehender; siente que se diluye y no puede hacer nada. Le apremia una imperiosa necesidad de aferrar lo intangible, la sustancia; Que se resiste a desplegar su revelación. Como en un "flashback" ve el cuadro de Dalí, (ese que hace un guiño al gato de Schrödinger). ¿Será posible que no esté ni vivo ni muerto?; ¿estoy cómo el gato suspendido en el tiempo?; ¿Acaso soy una sombra que piensa?
El destello, el gato paralizado en el tiempo, el extraño sonido de las lágrimas de Laura rodando por su cara y aquella chispa de intuición que se oculta. ¿Por qué, no paro de pensar? Entonces, en sus profundidades medio sonríe, sigo vivo. La cabeza disparada a mil por hora. ¿Qué me está pasando? Siiiiii DIOS creo en ti, AYUDAME; Oh no, no creo. Que estolidez; Es la tenaza del miedo. Y de repente allí esta; Prístino. "Solo tiene que pronunciar su Nombre", pero no sabe quién es. Una punzada de pánico; No lo recuerda. ¿Qué más da como se llama?; ¿A quién le importa?; ¿Recuerdo lo no vivido y no recuerdo lo vivido?; ¿Es una paradoja?; ¿Será esto el infierno? La incertidumbre aumenta su ansía.
Todo preguntas sin respuesta. Pero ya lo intangible se abre camino, ahora, con una insistencia atroz; Se desvela: Dame tu nombre, ¿Cómo te llamas? El nombre marca y condiciona; Es tu sello. ¿Una idea nueva que me asalta? No, sólo quiero tu nombre; El encierra tu historia. Dilo, se te abrirá una puerta al entendimiento. ¿Es la solución?, ¿Quién habla?, ¿La Nada, que tiene palabra? No, hablo yo, que pienso, aún sigo en algún sitio.
Mi Nombre, Dios dame un Nombre, ¿otra vez Tú?, ¿y ahora que pasa?, ¿dónde estoy? Soy una raya negra en un plano blanco que oscila ondulándose y se acorta a cada instante. Di el nombre, Dilo. Me extingo, que angustia, la raya cada vez más corta, segundo a segundo. .... Apenas soy un punto. Lauraaa. ¿Cómo me llamo? Noel, Noel, mirad, mirad; Parpadea. Grita Laura. En silencio todos ven como aflora una lágrima que lanza fulgores de diamante.

Ella no puede, se agobia siente como si nada en el mundo le importase, después ya va perdiendo la memoria piensa que porque le...

— Sofia Gonzalez
Leer más...

Sofia Gonzalez

Ella no puede, se agobia siente como si nada en el mundo le importase, después ya va perdiendo la memoria piensa que porque le tubo que tocar a ella no pudo vivir unos cuantos años más para poder ir a visitar el mundo no! Justo le toco a ella, dijo que como sería poder besar, tocar, abrazar a un amigo o a una amiga lo desea pero va el chico y le asfixia sin poder hacer todo eso. Le vienen los celos de su gran amiga Marta que estará besando a su novio y ella sufriendo siente como si por dentro todo se le fuera como un sueño... Le envuelve ese frío abrasador, no puede oír todo lo oye muy mal, estando en el último instante de su vida le viene a la memoria todo sus recuerdo de la infancia cuando lloraba por que se le había roto la pulsera, un muñeco... Y hay con 21 años sufriendo pensando que esto nunca le iría a pasar... Decidió pensar, ya que era su ultimo momento, que lo bien que lo había pasado de pequeña, aunque ahora llegaba la crisis y ya no podía casi comer, pagar la casa, ir de viaje... Notaba como le tocaban unas manos en el cuello su interior se iba deshaciendo cada pedazo de su cuerpo...Y nada allí seguía cada vez con un poco más de celos. Un sentimiento negativo, horrible, malo. Ese dolor en su cuello... ¿Ella preferiría volver a su vida? Y de repente siente como querer hacer sus deseos como ir a la luna, ir a junto de su abuelo y hacer carreras, volver a la infancia, tener esas risas que tenía con sus amigas.... Ella estando a punto de besarse con su novio pensando que el era el elegido... va y le ataca no puede creerse que el le este asfixiando con el que se iba a casar dentro de unos años... Con ese anillo de oro que le habría regalado... Y le esta matando ya lo había planeado todo desde el primer día que la vio! Sin el no podría vivir pero en cambio el si... La mata ella dando sus últimos quejidos, llorando sin aquel anillo... Se nos va del mundo, Laura ya no puede izo lo que pudo ya no piensa su mente esta en blanco vacía en su interior nada más que unos recuerdos que cada vez se marchan tan lentamente como Laura nos hace...

Laura se mira al espejo. Tiene mala cara. ¿Qué va a hacer con esas ojeras?, se pregunta. Rebusca entre su maquillaje y procede...

— Lola B. Blázquez
Leer más...

Lola B. Blázquez

Laura se mira al espejo. Tiene mala cara. ¿Qué va a hacer con esas ojeras?, se pregunta. Rebusca entre su maquillaje y procede a la eliminación del cansancio a golpe de brocha. Se cepilla el pelo con la lentitud de las personas a las que no les gustan las mañanas. Tiene la tensión muy baja, y el café que acaba de tomarse todavía no ha causado su efecto. Azúcar, tenía que haberle echado azúcar. La cama está deshecha. Su vida también. Una de las dos cosas tiene fácil solución, pero ni siquiera se molesta en arreglarla. Tiene que salir a la calle: abriga su vulnerabilidad con ropa ancha y de colores claros (que no se diga que no pone de su parte); se esconde la mirada triste tras unas gafas de sol de marca desconocida; se enfrenta al tráfico con menos agresividad que de costumbre (la agresividad requiere fuerza, y a ella no le queda). Le gustaría poner algo de música, quizás algo melódico y dulce, una voz femenina, alguna cantautora en sintonía con su estado, pero desiste de intentarlo: no hay voz que pueda consolarla. Los pitidos le parecen salvajes, le dañan los oídos, más que de costumbre. Absolutamente todo le afecta más que de costumbre. Se visualizaba a sí misma como a una superviviente a un incendio, magullada y con la piel al rojo vivo, de modo que el más mínimo roce le suponía un acuciado dolor desproporcionado con el que sentiría cualquier otra persona sin heridas. Pero su piel estaba perfecta, sus músculos no habían perdido su tono, su salud no presentaba ninguna alteración: el dolor se hallaba en su cabeza.

Laura recuerda cuando hicieron aquel viaje hasta la playa. Ella no paró de hablar en todo el camino. Le contó como se conocieron sus padres y cómo ella vino al mundo sin ser buscada: fue un fruto de la pasión, un fruto precipitado que nació antes de temporada. Él la escuchaba y sonreía mientras prestaba atención a la carretera para no pasarse ningún desvío. "No corras tanto, que no tenemos ninguna prisa", le decía en tono cariñoso mientras le acariciaba la nuca.
Laura no sabía lo que era la felicidad. Tampoco le gustaba planteárselo demasiado, puesto que le daba miedo descubrir la respuesta, y corroborar que había perdido a la persona que más cerca le había hecho estar de conseguirla. La felicidad es un estado momentáneo, eso sin duda. Si fuera perenne perdería su esencia. Siendo así, si Laura tuviera que elegir un sólo momento de felicidad sería ese: los dos sentados en ese coche, los árboles que flanqueaban la carretera, la música de fondo (Silvio Rodríguez, el gran Silvio!), él sujetando con las manos en el volante, ella con una mano en su nuca, y sobre todo, la ilusión compartida por ambos, la promesa de un principio.
- Oye, linda, vamos a parar a repostar y tal vez a comer algo, ¿te parece bien?
- Sí, pero... ¿no estarás pensando en comer en la gasolinera, verdad?
- ¿Dónde quieres que vayamos si no?
- A una zona verde. Quiero comer sentada sobre la hierba.
- ¡Vaya! Tú siempre tan caprichosa.
- Sí, sí, pero ya verás cómo me lo agradeces.

El sol acariciaba los árboles y el verde lo invadía todo. Era final de verano y ella se cubrió los hombros con una chaqueta mientras comían los sandwiches que habían comprado. A él no le gustaba cocinar y a ella tampoco. Pero no era lo único que tenían en común: a ambos les encantaba la vida fácil, el disfrute del presente, la ausencia de preocupaciones. Y por eso todo estaba resultando tan fácil desde el primer momento. Se reían constantemente de todo y, en los 9 meses de relación, todavía podían presumir de no haber discutido nunca.

Capítulo 4

Arrogante y creido! Hace algunos años atras un joven de clase media surgia entre los demas como un verdadero lider entre sí su...

— Gerry Santiago
Leer más...

Gerry Santiago

Arrogante y creido! Hace algunos años atras un joven de clase media surgia entre los demas como un verdadero lider entre sí su caminar y su ego lo hacian interesante como un ganador de ajedrez ante sus contrincantes solia caminar solo con la mirada siempre fria y con el pecho siempre erguido para demostrar su poder que era el que se sintiera así siempre solitario y callado pero muy eficaz y cortéz con los demas y seguia así un dia el destino hizo que se alejara de la tierra que lo vio crecer y partio para otras tierras lejanas sin saber que le deparaba el destino comenzó una nueva vida y un nuevo mundo por descubrir y fue creciendo entre los demas y con el tiempo la vida le enseño que hay cosas que lastiman y hacen daño y asi comenzó a darce cuenta que su vida no era tan buena en su nuevo mundo y anhelaba volver cuanto antes a su tierra querida pero algo lo detenia pues no havia conseguido lo que vino a lograr a y asi no podia volver y tenia que aguantar el dolor que algunos le havian causado con sus amistades falsas nefastas que dolian mas que un alfiler en su tobillo y tenia que aguantar pues no tenia opsión.... creia que nada le haria daño pero se equivocó y su angustia de saberce traicionado dolia aun mas que un dolor de garganta al tragar saliva pero sufria en silencio y lloraba sus penas con ojos casi rojisos y con una cara de melancolia que al verle no querrias le pasara eso pero seguia caminando porque tenia que hacerlo y porque nadie caminaria su camino mas que el y por eso devia continuar con las penas a bordo y con un corazón noble y sirmpre sincero pero eso a nadie le importaba solo el mismo tenia que valerce y nada mas y asi demostrarle a todos que aun no estaba vencido y volveria con la frente en alto de lugar que un dia lo vio partir y ser de nuevo ese hombre que alguna vez fue chico y que por razones tuvo que partir pero que haora vuelve como un grande para volver a liderar su batallon y demostrar que aunque el dolor te haga daño este te sirva para cojer fuerza.

Si, ese era su momento. La música, las risas, la conversación... Lo recordaba todo con enfermizo detalle, era capaz de...

— Paz Navarro Moreno
Leer más...

Paz Navarro Moreno

Si, ese era su momento. La música, las risas, la conversación... Lo recordaba todo con enfermizo detalle, era capaz de reproducir cada segundo de aquella tarde, como si de una actuación teatral se tratará.
Y así había estado haciendo ya no recuerda cuanto tiempo. ÉL la recogía en la tiendecita de dulces, donde ella compraba los sanwiches y leer recibía siempre con un cafe y su mejor sonrisa.
Siempre tomaban el camino más largo, porque ella insistía en no perder el mar de vista. Y se encargaba de llenar el viaje de historias y anecdotas que le hacían reír. Paraban en la playa y despues de pasear descalzos por la orilla, ella se quejaba de la arena y acababan en un pinar cercano. Donde ella extendía la manta del coche y preparaba el picnic.
Pero había un detalle que bailaba, baila y ella sabe que bailara en su mente, él.
Recuerda rizos morenos entre los que entrelazar sus dedos, sedosos cabellos rubios que caían lisos como oro, barbas rojas que le recordaban cuentos de la infancia, patillas canas recortadas a navaja...
Todos y cada uno aparecían en sus recuerdos mostrándose un único acompañante de fisionomía cambiante.

Anoche se prometió no volver a repetirlo. No podía dejarse llevar de nuevo. Esos momentos de felicidad no compensaban el daño y el dolor que provocaban. Había sido la decisión más dura que recordaba y le estaba matando. Paso de largo la tienda de dulces, evitando mirar hacia dentro para no tener que saludar al dependiente que seguramente le esperaba ya con alguna frase de ánimo o de psicología barata. Siguió caminando pensando con que llenaría hoy su día, como evitar que la reconocieran e intentaran hablar con ella, y arrepintiendose de haber salido del refugio que le proporcionaban las oscuras paredes de su pequeño estudio.
Al parque, los niños. Ellos siempre le animaban, disfrutaba observando y escuchando sus sencillas y simples visiones de la vida. Una tarde de juegos e ingenuas tramas de telenovela infantil quizas le devolvieran parte de la ingenuidad e inocencia de la que hace tiempo no ha podido disfrutar.




De pronto, los pitidos de los vehículos la mandaron de vuelta a la realidad. A Laura nunca le habían gustado los atascos;...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

De pronto, los pitidos de los vehículos la mandaron de vuelta a la realidad. A Laura nunca le habían gustado los atascos; menos aún, con el sinsabor que arrastraba. Sólo quería vivir tranquila, pues ya no podía soportar nada.
Consiguió llegar a su lugar de trabajo. La bombonería que ambos abrieron continuaba transmitiendo felicidad a todo aquel que la encontrase, con sus decoraciones de color marrón por el exterior, como si realmente hubiera sido pintada con chocolate, y las paredes interiores de color azul pastel. Pero ella no estaba de humor para dedicarse ni por un rato a pensamientos felices. Por muy dulces que fueran sus bombones, sus sentimientos seguían igual de amargos desde que su vida giró ciento ochenta grados. Aunque continuaba sola en el negocio, se estaba haciendo a la idea de un posible traspaso.
Sin su ángel, no había nada ni nadie capaz de mantener a Laura en pie. Últimamente estaba algo dejada; las tareas del hogar le producían tal malestar que quien la hubiese visto creería que se encontraba enferma. Por muy descabellada que fuese la idea, deseaba apartarse de todo y dirigirse con su coche a cualquier parte del país, sólo hasta que volviera a sentirse bien y se atreviera de nuevo a enfrentarse ante el día a día.
Llegó la hora de cerrar. El tiempo pasó más lento que de costumbre debido al dolor que cargaba. Las escasas ventas del día no la animaron a quedarse un rato más para hacer caja. Tras cerrar el local, se dispuso a encaminarse hacia su auto, pero una apariencia la dejó con los pies pegados al suelo. Era Julio, un hombre de su edad que conoció años atrás. A pesar de ser un galán y contar con una apariencia favorecedora, su relación con él no había sido otra que la de compañeros de clase.
— ¿Qué hay, Laura? ¡Cuánto tiempo!
Laura sólo reaccionó con un tímido "hola", pero no se negó a darle dos besos.
—Estás muy guapa —continuó diciendo Julio.
Durante un breve espacio de tiempo, cada uno comentó al otro reseñas de su vida actual. El muchacho quiso romper el hielo con una sugerencia.
— ¿Quieres que te lleve a cenar?
Laura se quedó atónita por lo que había oído y, no sin desear ser tragada por la tierra, aceptó. No sabía si estaba haciendo lo correcto, tampoco sabía lo que quería en ese momento, pero la verdad era su amado, aún estando muerto, continuaba presente en su mente.

Laura se encontró de manos a boca con aquella mole al abrir la puerta. Su humanidad ocupaba todo el umbral de la puerta y...

— Joel Ayala Alicea
Leer más...

Joel Ayala Alicea

Laura se encontró de manos a boca con aquella mole al abrir la puerta.
Su humanidad ocupaba todo el umbral de la puerta y su aspecto no podía ser más aterrador. Medía cerca de dos metros y no era corpulento por buena condición física , sino más bien por obeso. Era completamente calvo; en su frente y papada eran visibles pequeños rollos de carne paquidérmica. Una nube blanquecina opacaba por completo su ojo izquierdo, pero el derecho refulgía con inteligente y acerado brillo azul.
En sus manos había un sobre de carta sellado. Sin mediar palabra lo puso en manos de Laura, dió media vuelta y desapareció tan misteriosamente como había venido. Luego de reponerse de la sorpresiva e inesperada visita, Laura cerró la puerta y leyó su propio nombre sobre la superficie de la carta; con estupor, descubrió en esta, la letra pequeña y apretada de Julián.
Por un momento pensó que se trataba de una broma; su novio había muerto hacía una semana. Impetuosamente volvió a salir y bajó de dos en dos las escaleras que daban a la calle, mas no encontró al misterioso mensajero por ningún lado. Volvió a entrar, echó el cerrojo a la puerta y abrió el sobre; se dió cuenta del incontrolable temblor de sus manos, así que fue a la cocina, destapó la botellita de brandy, se sirvió una porción generosa y se lo fue tomando de a poco, mientras leía las últimas letras que le había dedicado Julián:
“ Hola, amor:
Espero que estés bien, a pesar del dolor que pueda haberte causado,pues, lamentablemente, si ha llegado esta carta hasta ti es porque ya estoy muerto. Te suplico por favor, no sufras demasiado por mí, mira que no merezco ni una sola de tus lágrimas y si así lo digo es porque así lo siento.
La muerte no ennoblece a nadie, mi querida Laura, y mucho menos a mí, que he cometido los peores de los pecados. Pecados abominables, por los que, aun escribiendo estas letras siento que me carcome el remordimiento. Pero todo eso lo sabrás en su debido momento. Solo entonces seré completamente dichoso, si después de conocer mi lado oscuro fueses capaz de amarme aún. Por lo pronto, baste con decir que te amo con todas mis fuerzas y lamento todo lo que puedas sufrir, aun después de mi partida. No solo servirá de despedida esta carta Laura, sino también como una advertencia y una encomienda...
Creo, Laura, que tu vida corre peligro. El hombre que te entregó esta carta es inofensivo. Para tí. Será tu protector personal, el tiempo que sea necesario. No desconfíes de él; me salvó la vida en dos ocasiones y todo este tiempo se ha convertido en mi único amigo. Su nombre es Macario; no puede hablar, pero te aseguro que es el hijo de perra más brillante y violento que he conocido. Confío plenamente en él y le he encomendado que no se aparte de ti, por lo menos hasta que termine todo este asunto.
El asunto es este: junto con esta carta hay una pequeña llave. Esta llave abre la caja de seguridad número 89 ubicada en la oficina postal más cercana. Ve de inmediato allá y retira todo su contenido, pero con mucha prudencia. Actúa natural y no levantarás sospecha alguna. No te preocupes, Macario te seguirá donde quiera que vayas. Escucha Laura, es muy importante que nadie sepa lo que cargas.
Una vez retires el contenido de la caja de seguridad, aléjate en seguida y regresa a tu casa. Ya una vez allí podrás saber en lo que andaba yo metido y por lo que probablemente perdí la vida.
Es importante que ocultes muy bien el contenido, pues no quisiera pensar que podría pasar si llegara a caer en las manos equivocadas. Luego irás al Museo Nacional y te entrevistarás con su curador, el señor Alexei Katsidis y como carta de presentación solo le mencionarás la primera frase del libro que compré el año pasado en Barcelona,¿recuerdas? Es una especie de clave entre nosotros... Le entregarás el paquete en un lugar convenido y en adelante él se ocupará de todo.
Te ruego que seas discreta y precavida. No te preocupes por Macario: él te seguirá a donde vayas y aunque no lo veas él estará ahí en caso de que llegases a necesitarlo.
Sin más, me despido. Te quiero, amor...
Perdóname”

Laura quedó estupefacta. ¿Qué significaba todo aquello? ¿En que cosas estaba envuelto Julián? Con paso lento, fue hasta la cómoda y rebuscó entre los libros hasta dar con el que mencionaba la carta: El Tambor De Hojalata de Günter Grass. Recorrió las primeras páginas hasta que dió con su primera frase :“Pues sí: soy huésped de un sanatorio”.
Agarró la llave, echó un último vistazo por la ventana y le pareció ver la gruesa silueta de Macario a través de los almendros del parque. Sonrió sin mucha convicción y se dispuso a salir para la oficina de correos, mientras iba pensando en algo que probablemente Julián no había anticipado en el momento que escribió la carta: hacía dos días que los periódicos habían reportado la enigmática desaparición del curador del Museo Nacional, el griego Alexei Katsidis. Entonces,¿ qué se suponía que hiciera ella una vez tuviera en sus manos el misterioso paquete?

Capítulo 5

Se encontraba en estado de extrema incertidumbre, mas salió a la calle para dirigirse a la oficina de correos. Entre los...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

Se encontraba en estado de extrema incertidumbre, mas salió a la calle para dirigirse a la oficina de correos. Entre los transeúntes, la desventurada mujer caminaba con paso lento pero firme, recordando el número de la caja de seguridad correspondiente a la llave que había en el interior de la carta.
La alegría y tranquilidad reinaban en el ambiente a causa de la primavera. Laura, en cambio, sólo podía sentir temor e inquietud al no saber qué situación peligrosa podría llegar a vivir.
No se percató de ello, pero pensó que Macario estaría cerca vigilando sus pasos, preparado en caso de que hubiera una situación difícil. En lugar de mirar entre el gentío, siguió actuando con normalidad hasta entrar en la oficina postal más cercana. Pasaron varios minutos antes de que Laura saliera del edificio con la carga misteriosa. La llevaba en su bolso y, a pesar de su tamaño, le pesaba casi tanto como el plomo.
Ya en casa, se dispuso a descubrir lo que no pudo retirar su novio Julián debido al trágico fin que tuvo. Desenvolvió el paquete sin ninguna vacilación. Se trataba de una escultura, posiblemente una antigüedad clásica, que representaba a un hombre arrodillado con las manos en la cabeza. Por capricho del artista, los rasgos faciales hacían dudar de si el personaje expresaba un grito de sufrimiento o bien de arrepentimiento. Estaba tan maravillada observando la figura que le sorprendió la silueta de una persona entre los árboles, a unos escasos metros de distancia. Era Macario, lo que le hizo recordar que era el momento de buscar a Alexei Katsidis.
Guardó el contenido del paquete en su bolso y de nuevo salió a la calle. Esta vez se encaminaba hacia su auto. Cerca de éste se encontraba Macario, esperando como si fuese un amigo de toda la vida. Ambos subieron al vehículo y se dirigieron al Museo Nacional. Mientras Laura conducía, sentía que le imponía la presencia de su corpulento compañero, pero enseguida recordó, por lo que leyó en la carta, que él fue de total confianza para Julián.
Los dos entraron al museo. Él iba unos pasos por detrás de ella. Sin levantar ni un instante la mano izquierda de su bolso, no sabía dónde acudir ni a quién preguntar. Pronto encontró una mujer que se alejaba por un pasillo. Era pelirroja, tenía el pelo largo y rizado, un poco recogido con un pasador. A juzgar por su indumentaria, debía de ser una persona muy intelectual.
—Perdone —inquirió Laura—, ¿el señor Alexei Katsidis se encuentra por aquí?
—Alexei Katsidis no está aquí —contestó inmediatamente la pelirroja, antes de girarse por completo—. Pero, si quiere, puedo ofrecerme en su lugar. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?
Macario, que no había doblado la esquina, exhaló un leve gemido como si quisiera advertir de algo. Laura reaccionó girando un poco la cabeza hacia su derecha.
—¿Tiene algo que pueda aportarnos? —preguntó con tono persuasivo la misteriosa mujer.
—No. Yo sólo...
En ese momento, la pelirroja sacó una pistola del lado derecho de su chaqueta.
—Cariño, estoy siendo buena contigo. Entrégame ahora mismo la figura o acabarás como tu novio.
Debido a lo que estaba ocurriendo, la desventurada mujer quedó paralizada por el miedo. Quería entregar la estatuilla y salvar su vida, pero nunca se perdonaría haber llegado a traicionar a Julián y a Macario. Ya se sentía derrotada por la persona que la amenazaba.
— ¡Tú lo has querido! —exclamó la desconocida.
Tras decir esto, la pelirroja disparó su arma. Por fortuna, Laura no sufrió ni un rasguño, ya que Macario se abalanzó sobre ella en el momento crucial. Antes de que la impostora volviese a disparar, el corpulento ser peleó con ella, llegando a entablarse una breve pero violenta batalla no apta para gente sensible.
La pelirroja yacía en el suelo con moratones en la mayor parte de su rostro. Acto seguido, Macario se dispuso a salir del museo. Hizo un gesto que hizo saber a Laura que era preciso abandonar el recinto de inmediato. Él insistió en ocupar el asiento del conductor. Antes de arrancar el coche, le hizo unas palmaditas en su bolso. Ella entendió entonces que pidió que observase con detalle el contenido. Procedió a obedecerle, pero le distrajo un momento la mancha de sangre que crecía en el hombro derecho de su compañero.
Sin más recelo, sacó una vez más la figura misteriosa. Se fijó en la lengua de la estatuilla. Ésta parecía ser un botón que debía presionar, lo que hizo sin miramientos. Esto produjo en la base de la escultura se creara una abertura, de la que salió una pequeña bolsa de plástico cerrada herméticamente. En su contenido había montones de pequeños diamantes. Probablemente Julián estaría envuelto en una operación de venta ilegal.

Sintiéndose como si estuviese dentro de un mal sueño Laura ya se encontraba enfrente de aquella caja fuerte, sus manos...

— Zairuby González
Leer más...

Zairuby González

Sintiéndose como si estuviese dentro de un mal sueño Laura ya se encontraba enfrente de aquella caja fuerte, sus manos temblaban, sentía un gran vacío dentro de su estomago -¿Qué secreto guardaría aquella caja? ¿Sería ese secreto lo que termino por llevar a Julián a una muerte prematura? - Se preguntaba, mientras sentía temor de saber la respuesta. Dudo por un momento, sentía que en ese mismo instante todo su mundo se deshacía a pedazos frente a sus ojos; caía en cuenta que nunca conoció en realidad a Julián, había una parte de él que le era ajena, que le era secreta. Ese hombre al que tanto amo e idolatro, con quien había hecho planes, a quien confío hasta sus más íntimos secretos y temores llevaba una vida oculta, que tan diferentes podrían ser el Julián al que amo del verdadero Julián. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero algo dentro de ella le decía que ese amor que él tantas veces le demostró y profeso, que todas esas experiencias compartidas, promesas hechas y sueños de una vida juntos fueron reales, Julián jamás hubiese podido fingir un amor tan perfecto, él en verdad la amo como nunca antes nadie lo había hecho, y ella lo sabía, lo sentía en lo más profundo de su corazón.

Laura se apresuro a sacar un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta, seco sus lágrimas, respiro profundo y se dispuso a abrir aquella caja fuerte, sabía que si Julián le había confiado aquello, ella debía cumplir con su última voluntad. Sea lo que fuese que se encuentre en aquella caja Laura estaba decidida a llevar a cabo lo que Julián le pedía en aquella carta. En el interior de la caja solo encontró una pequeña agenda, con nombres y números de teléfonos de personas que no reconocía, de las cuales jamás había escuchado hablar; también un diario con anotaciones realizadas en un idioma que no podía distinguir, en una bolsa roja de terciopelo se encontraba un medallón el cual tenía apariencia de ser muy antiguo, llevaba inscripciones, que ha simple vista parecían estar hechas en el mismo idioma utilizado en aquel diario. - ¿Pero que significaba todo esto? ¿Qué son todas estás cosas? - Laura se sentía cada vez más confundida. Al tomar todas aquellas cosas, una carta, oculta entre las páginas de aquella pequeña agenda cae al suelo, Laura inmediatamente se da cuenta que es la letra de Julián. Con el corazón acelerado y las manos temblorosas, se dispone a leerla, inmediatamente se acuerda de lo que había escrito Julián en aquella primera carta "Una vez retires el contenido de la caja de seguridad, aléjate en seguida y regresa a tu casa".

Laura sale lo más rápido de aquel lugar, el tiempo que le lleva ir desde la caja fuerte hasta su auto le parece una eternidad, todo mundo le parece sospechoso, busca en los rostros de las personas como si en alguno pudiese encontrar escrito la palabra "peligroso". Apresuradamente intenta encontrar las llaves del auto en su cartera, pero sus manos no dejan de temblar. Ya dentro de su auto Laura sabe que tiene que calmarse, intenta respirar con calma. - Dios, esto es demasiado para mí - se dice así misma. No puede dejar de pensar en todas esas cosas que acaba de encontrar en la caja fuerte, sobre todo en la carta de Julián. - Ahí debe de estar la explicación de todo esto. Maldita sea, no aguanto ni un segundo más. Tengo que leerla - Saca la carta de su cartera, sus ojos empiezan a recorrer aquella carta. No puede creer lo que esta leyendo, eso no puede ser cierto - ¡Oh, Dios! esto no puede ser verdad - el frio se apodera de ella, una sensación de vacío y de dolor atraviesa su pecho. Como Julián pudo ocultar todo esto durante tanto tiempo, las preguntas empiezan a inundar su cabeza y la incertidumbre de lo que esta por venir le atormenta. De pronto alguien golpea con fuerza la ventanilla de su coche sacándola de sus pensamientos y el corazón de Laura se acelera.

Nada más abrir la puerta Laura: vio a un hombre con un sobre en la mano. Se quedó por unos segundos mirándole a la cara, y...

— Julio Moreno
Leer más...

Julio Moreno

Nada más abrir la puerta Laura: vio a un hombre con un sobre en la mano. Se quedó por unos segundos mirándole a la cara, y exclamo.
_ ¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi puerta?
_ ¿Eres Laura?
_ ¡Así es! ¿Quién pregunta?
_ ¡Me llamo Macario! Me envía Julián.
_ ¿Si Julián está muerto?
_ ¡Eso ya lo sé! Quiere que leas esta carta. ¿Puedo pasar?
_ ¡Adelante! ¡Perdona, por tenerte en la puerta hablando!
_ ¡No pasa anda! Tienes que leer la carta, y tenemos que ir a correos a abrir la caja número...
_ ¿Qué caja?
_ ¡La caja donde contiene la verdad de Julián! Porque ha muerto, y porque.
¿Tú sabes porque ha muerto Julián? ¿Estabas con él, cuando se iba de casa?
_ ¡Eso no te lo puedo decir! Solo se, que tenemos que ir a por esa caja, antes que sea tarde.
_ ¿Tarde porque? ¿Sabes quién lo mato?
_ ¡Solo se, que en la caja esta la verdad! Pero antes; por favor, lee la carta.
_ ¿Puedo leerla luego de ir a por la caja?
_ ¡No! Hay unas instrucciones, que tienes que hacer antes de leer la caja.
_ ¿Qué me estas ocultando?
_ ¡Nada! Soy amigo de Julián, y él quiere que este a tu lado hasta que se acabe todo esto.
_ ¿Conque eres amigo de Julián?
_ ¡Así es! ¿No te fías?
_ ¡No es eso! ¿Sabes lo que pone en el sobre?
_ ¡No! Como lo escribió, cerro el sobre.
_ ¡Ya veo! Sé que esta letra es de Julián. Peo me huele al raro en el nombre suyo.
_ ¿Por qué? ¿Pasa algo?
- ¡No! Voy a leerla a ver que dice.

Laura abre el sobre lentamente sin romper nada. Se escucha el ruido del folio al salir de aquel sobre misterioso.
¿Qué pasara? ¿Qué pondrá en la carta?

Laura empieza a leerla…

Hola Laura: ahora mismo estarás leyendo esta carta que te escribo con mi amigo de confianza Macario, que estará en casa leyendo la carta en casa. El será tu guardaespaldas, a partir de ahora, no te presionara ni nada, el estará cuando más lo necesites, como ahora mismo.
Sé que me eh portado mal, sé que dije muchas cosas, que no debía decirlas, y me arrepiento de todas. Fuiste lo mejor de mi vida, sin que tú lo supieras… ahora mismo ve con Macario a por la caja, y ahí descubrirás porque de mi muerte.

Laura con una cara triste, miro a Macario, y agacho la cabeza.

_ ¡Bueno! ¿Qué pone en la carta?
_ ¡Que tenemos que ir a correos, a por la caja!
_ ¿Qué número de llave es?
_ ¡Este…!
_ ¿A que esperamos? ¡Vamos!

Una vez que Laura e Macario, se dirigen a la casa de correos más cercana. Pasa dentro de correos, y le enseña a la mujer de correos la llave.

_ ¿Quiero abrir esta caja?
_ ¡Está bien! Pero puede entrar uno solo.
_ ¡Está bien! Entro yo. ¡Tú espera aquí fuera, vale!
_ ¡Aquí estaré!

Laura, entra dentro con la mujer de correos; una vez dentro de una habitación pequeña, espera que le traigan la caja. Una vez que tiene la caja. Laura, mete la llave dentro, y abre la tapa, despacio, empieza a suspirar… y ve que hay una pequeña bolsa muy abultada, Laura, ve que hay una carta dentro de esa caja, y la coge, y lee la carta.

Hola queridísima Laura. Ya sabes, como eh sido estos años contigo, no muy bueno; a parte del amor que tú me dabas. Me eh portado muy mal contigo; y aparte solo he mirado por mi nada más. Por hacerme caso de mí, no eh mirado el amor que me dabas, y te eh metido en un lio. ¿Perdóname Laura? Ahora los hombres que me mataron a mi van a por ti. Quieren lo que hay en el contenido de la caja. No te fíes de nadie, solo de ti misma, ve a casa, enciérrate unos días, y luego desaparece como si nada. Porque todos estos últimos días de mi vida lo eh echo por ti, por el amor que me dabas, y no me daba cuenta, hasta la hora de mi muerte, que vi la luz. LAURA TE QUIERO.

Después de gran conmoción y shock por las últimas noticias a la repentina falta de Julian en forma misteriosa (Laura, se...

— Jorge Luis
Leer más...

Jorge Luis

Después de gran conmoción y shock por las últimas noticias a la repentina falta de Julian en forma misteriosa (Laura, se enteró de obscuros nexos con una banda de forajidos que traian asolado distintos pueblos).
Cierto día Laura se dirigia a la oficina postal de Río Verde (un bello puebloremarcado en la llanura rodeada de majestuosos cerros, un molino viejo a la entrada como calzada, trillada de bueyes y alegres) por un paquete extraño quizás la heredad de sus regalos; al pasar los pórticos del café "Pedro Páramo" los ojos de Yáñez no le perdian de vista, Laura Lucía majestuosa, vestido largo y entallado, escote pronunciante y sus caderas a un ritmo bamboleante quitaba el aliento de aquél nostálgico bohemio, la atmósfera ambigua se le extinguia a Yáñez. Laura a pesar de su tristeza compungida, se notaba gran esmero en su fémina galantería.
Yáñez se le acercó y la saludó con gran esmero, aún recuerdo, desde ese día Laura le quitó el sueño. Laura le reconoció y dijo; Yáñez sí, enamora a cuanta dama asoma, eres el de San Quintín de las Urracas ( San Quintín de las Urracas un pueblo árido de campos repleto de cactus y magueyes, nacido al pie de bello cerro santuario de urracas, vecino a 3 horas de Río Verde) he oído de ti, el plebeyo que escribe versos de su pueblo.
Laura inteligente preparaba y media el terreno en su subconciente. Iniciaron charla largo rato, días y no recuerdo más. La enamoraba con sus versos, Laura encantada de Yáñez olvidó toda pena profunda o ligera, como musa soñada se acercaba, a él más y más directo, a él de pensarla se le salía el pecho.
Días maravillos les recuerdo, pero de perder la era su gran sosiego, se amaban ya, no lo niego.
Laura viajaba constante por cuestiones laborales, a la ciudad grande; Cirilo de Posa por cierto (ciudad más grande y cabeza de distrito, 12 horas de distancia, comercio y de industrias) era gran ejecutiva en la industria "poncho" de telas, era la psicóloga en jefa, ahí tenía de compañero de labores al fortachón de Macario, policia de la industria.
Los celos consumian a Yáñez pues sabía que su amada era muy asediada, en el medio y caia en el desespero. Pobre Yáñez! Fuerzas le faltaron y regreso a san Quintín para de ella dejar de existir. Sufrió él, sufrió ella, yo recuerdo, Laura como llegó se fué, como tromba!
Yáñez, triste, incapaz y desilusionado por el desencanto de no olvidarla y quererla tanto, en la soledad constante, se quedó él, con todas sus frases. Perdido mecánicamente, impulsado por la fatalidad de quererla y no tenerla, Laura parte para residir cerca a su trabajo, Yáñez se resigna, su presente incierto no le importa si su vida sea quimera, su tiempo y espacio entre versos se le enredan. Y a su amor truncado le puso un relato hablado.. "Laura Some Day"

p.d. me quedó la leve sospecha que Macario la cortejaba también.

Capítulo 6

Aunque el golpe en la ventanilla fue momentáneo, a Laura le pareció que el tiempo se había ralentizado. Dado que no había un...

— Úrsula M. Arjona
Leer más...

Úrsula M. Arjona

Aunque el golpe en la ventanilla fue momentáneo, a Laura le pareció que el tiempo se había ralentizado. Dado que no había un alma en la calle, el estruendo no produjo alboroto alguno. Realmente no estaba siendo una plácida tarde para ella, pues se encontró en apuros cuando menos lo esperaba. Enseguida pensó en escapar por el otro lado del vehículo. No obstante, por muy acelerado que tuviera el pulso, su cuerpo era incapaz de responder a sus deseos.
Muerta de miedo, se limitó a mirar el rostro de la persona que irrumpió drásticamente en su vida. Observó que era un varón de constitución robusta, calvo y con una nube en uno de sus ojos. El hombre corpulento abrió sin miramientos la puerta del coche y se dispuso a sacar a Laura al exterior. "¿Pero qué haces, Macario? ¡Suéltame!" Un impulso hizo que la atormentada mujer dijese esas palabras. Pero todo fue en vano, ya que Julián explicó en su carta que Macario era incapaz de hablar.
Laura vio desde la acera a Macario recogiendo la bolsa que contenía el medallón. Después, su protector la agarró de un brazo, obligándola a correr calle abajo. Sus labios de carmín no volvieron a articular palabra. Ella no entendía en absoluto lo que estaba pasando, pero sintió que debía de alejarse lo más pronto posible. ¿A qué se debería tanta prisa? ¿Alguien les perseguía? Desde que recibió aquella carta, todo era incertidumbre y el temor disparaba su adrenalina.
En un santiamén llegaron a la esquina, sucediendo algo que quedaría para siempre marcado en las memorias de Laura. Nunca se imaginó que su auto quedaría convertido en mil pedazos en cuestión de un instante.
El sonido de la explosión llegó a imponer en toda la calle. Presa de la inseguridad, no vaciló en taparse los oídos. Lo hizo más por miedo que por el dolor que llegan a provocar esa clase de estrépitos. Alguien, posiblemente enemigo de Julián y de Macario, había colocado una bomba lapa en el coche de la chica. En ese momento, entendió por qué le rompió el cristal de la ventanilla. El corpulento hombre acababa de salvarle la vida. Laura se sintió entonces muy vulnerable y desdichada. Y, viendo a un grupo de gente sorprendida por el suceso, comenzó a llorar desconsoladamente.

Levantó la mirada aterrorizada, vio a Macario haciéndole señas para que arrancara el coche y se fuera de allí lo antes...

— Mónica Díaz Déniz
Leer más...

Mónica Díaz Déniz

Levantó la mirada aterrorizada, vio a Macario haciéndole señas para que arrancara el coche y se fuera de allí lo antes posible. Ella salió lo más rápido que pudo, haciendo chirriar los neumáticos por la brusquedad y torpeza de sus movimientos ante los nervios que la tenían acelerada.
Llegó por fin a casa, suspiró más relajada cuando cerró la puerta tras de sí. Entonces repasó mentalmente lo acontecido en lo que llevaba de día, estaba desconcertada, disgustada, sin saber que haría en ese momento con todo lo que le estaba viniendo encima. La realidad la estaba superando, jamás había pensado que pasaría por este trance. Como podía haberle cambiado la vida de esta manera tras la muerte de Julián. Todo era confuso, le estaba costando aceptar las circunstancias. Así que decidió darse un baño relajante con esencias de jazmín, encendió un incienso, una vela aromática que tenía en un portavelas de sal del Himalaya y puso en el mp3 los mantras que siempre escuchaba cuando necesitaba serenar su mente. Se tomó ese momento para relajarse, meditar y pensar fríamente que haría con todo el material que había recogido de la caja fuerte, a quien podría acudir para que la ayudara. Se recostó en la bañera mientras miles de ideas y pensamientos viajaban por su mente. Poco después se sentó, diciéndose así misma que ante la situación que se le presentaba lo más sensato era iniciar ella misma las averiguaciones pertinentes, ver hasta donde le llevaría lo que encontró. Se dijo que había muchas formas de investigar sin tener que implicar a nadie, puesto que todo parecía tan abstracto quizás rozando lo absurdo, tenía enemigos ocultos que sabían quien era ella pero sin ella saber su identidad, parecía todo tan irreal, aún así decidió ser precavida.
Se secó y se fue directa al escritorio para analizar con detalle todo lo que había recibido aquel día. Observó el medallón, era precioso, tenía pequeñas incrustaciones de alguna piedra preciosa, unas inscripciones en un idioma que podría ser de alguna antigua civilización, de fondo se podía apreciar un sol radiante y sobre este un ave parecida a una que había visto en un libro cuando estudiaba antiguas civilizaciones en la universidad. Seguidamente se conectó a internet para indagar un poco y conseguir algo de información sobre aquel medallón. Pasaron horas hasta que por fin vio un artículo en una revista arqueológica de 1990, la cual relataba que dicho medallón había sido encontrado en una tumba de un gobernador inca llamado Pachacútec, en una zona cercana al río Maule, en Chile. Al parecer poco después de ser descubierto desapareció misteriosamente, poniendo en jaque a las autoridades del país y a los arqueólogos que trabajaban en la zona.
Laura estaba atónita, se preguntaba cómo había llegado esta reliquia a las manos de Julián y lo que era peor, qué iba a hacer ella ahora con ese objeto tan valioso que muchos buscaban.

¿Donde esta Julian?--Preguntó el hombre, con aquella mirada impertinente que podía ser la de un policía, o un cobrador...

— Edgar R Pérez Cordero
Leer más...

Edgar R Pérez Cordero

¿Donde esta Julian?--Preguntó el hombre, con aquella mirada impertinente que podía ser la de un policía, o un cobrador insistente ó ya ¿quien sabe?
Las palabras se atragantaron en su garganta. Era un hombre que esperaba respuesta.Era un hombre que se veía no podía esperar el cambio de la luz del semáforo.¿Como sabia de ella?, ¿Como sabia ..de los dos?
Julian murió--dijo quedamente disponiéndose a arrancar su Fiat 500 Turbodiesel.
El hombre acusó el impacto. Era evidente que conocía a Julian. Era evidente que le dolió la noticia.
Te llamare--dijo el hombre, internándose entre la maraña de autos que tocaban insistentemente el claxon.
Ella acelero. ¿Julian?.Pero si era un chico sin problemas,lleno de deudas,que difícilmente podía comprar unas cervezas.Que hasta pensaba en pasar un verano en Abu Dubai. ¿Por que tan de repente tanto misterio?
Fue un día intrascendente.De rutina.De tratar de olvidar, que estaba sola en la ciudad, sin familia, en un trabajo malo y sin Julian. Julian. Un chico,no el primero en su vida ,ambos sabiendo que quizás no el definitivo.Pero era de ella.Se fue dejando todo por hacerlo. Se fue sin decirle que había de verdad en su vida.
Esa noche se vio envuelta en sueños pesados,oscuros.Se despertó y ahí estaba.En la oscuridad.Sabia que era el.Un golpe en la boca del estomago y el desbocado latido de su corazón le indicaba que era.el.Una oleada de piel de gallina la envolvió. Cerró Los ojos.Cuando Los abrió.Ya no estaba
Julian.¿Dios Mio? ¿Que es esto?. Miro el reloj. 3.25 AM. No creía en fantasmas.Pero el estaba ahí. En la oscuridad.Temblorosa encendió la lampara de mesa y vio su ventana abierta. Con cuidado se asomó y vio la avenida.Sola.Vio un Opel Insignia TDI y el hombre del semáforo.
Ella lo miro desde su ventana. Entendió. El hombre la cuidaba.Si hubiera querido acercarse le,en cualquier momento lo hubiera hecho. Mas bien su postura era la de alguien que veía la oscura y solitaria avenida,esperando a alguien ó algo.No era con ella.Era a través de ella.
Se vistió como pudo.¿quería respuestas? Pues estaban en la avenida.tenia que hablar con ese hombre.

Capítulo 7

Al leer la carta adjunta, Laura pudo,al fin,comenzar a resolver aquella maraña de interrogantes que tenía con respecto al...

— Joel Ayala Alicea
Leer más...

Joel Ayala Alicea


Al leer la carta adjunta, Laura pudo,al fin,comenzar a resolver aquella maraña de interrogantes que tenía con respecto al medallón, su historia, la figura de Julián y de cual sería su papel en tan intrincada situación.
En más o menos palabras, lo que allí se explicaba era lo siguiente: haría cosa de un año Julián fue contactado por un antiguo compañero de estudios de apellido Katsidis. Tras rememorar viejos momentos y aventuras, Katsidis le propuso a Julián un negocio que, en principio, resultaría muy lucrativo y relativamente fácil de llevar a cabo, pero que, honestamente, bien podría complicarse. Katsidis había alcanzado recientemente una posición ventajosa dentro de la junta directiva del Museo Nacional y con la posición también había logrado tener acceso a informaciones variadas inherentes al cargo; como por ejemplo, sobre cuál había sido realmente el destino del antiguo medallón del Oráculo del Sol, sagrado amuleto descubierto en la tumba del máximo emperador inca Pachacútec a principios de los años noventa muy cerca de la ribera del río Maule en Chile.
Esta antigua joya era un óvalo dorado con pequeñas incrustaciones de amatista y corindón; lucía el grabado de un sol espléndido, caracterizando a Inti o Poderoso Dios Sol y sobre este, la imponente figura del Corequenque, ave sagrada imperial, conocedora del pasado, presente y futuro y con cuyo plumaje se confeccionaría la corona del Nuevo Emperador del Mundo, el venerado Dios Creador Wiracocha.
Dicho medallón había sido sustraído del territorio chileno por una sociedad secreta, con base en Cusco, estrechamente ligada con la Logia Superior Masónica, la cual se hacía llamar La Orden de los Hijos del Sol, un grupo de descendientes de la civilización incaica, liderados por el Sumo Sacerdote Inca Huayne Cápac y cuyo propósito era atestiguar el retorno triunfal del gran dios supremo del Panteón Inca, Wiracocha, quien regresaría al Kay Pacha o mundo terrenal para reestablecer sobre la faz de la tierra el poderío del Gran Imperio del Sol.
Según esta profecía, ocurriría que en el año que Inti (Sol) cierre sus ojos y oscurezca el día en dos distintas ocasiones en el hemisferio sur, este será al fin cuando Wiracocha hará su entrada apoteósica en un fulgurante carruaje de fuego azul, acompañado de su fiel compañero alado; y reivindicará su trono e instaurará un nuevo orden mundial en concordancia con los preceptos sagrados de la Orden de los Hijos del Sol.
Katsidis había sido contactado por un coleccionista de objetos de arte que le propuso financiar una operación descabellada: viajar al Cusco en Perú y con la ayuda de algunos mercenarios a sueldo y un infiltrado que trabajaría desde adentro, robar el medallón a la Orden de los Hijos del Sol y entregarlo en las manos de este hombre para quien ninguna medida resultaba extrema con tal de satisfacer el afán de poseer la joya del Oráculo.
Terminaba la carta con lo que fue el desenlace de aquella locura audaz: de los siete mercenarios a sueldo, cinco murieron en territorio peruano, abatidos por extremistas de la Orden;solo dos lograron hacer el viaje de vuelta: el mastodonte de Macario, quien perdió su ojo izquierdo en la refriega y el otro lo fue Julián, quien contra todo pronóstico logró obtener el oráculo y traerlo de vuelta, aunque solo fuera para morir tras haber realizado tal hazaña.
Laura miró el medallón detenidamente; le costaba creer que por tal artefacto, su vida tomara tal giro. Mas debía reconocer que esto era lo que de pronto había echado a correr la maquinaria de un mundo desconocido en su contra; que traía embebido el germen de la desgracia que había comenzado a gestarse y que ya estaba haciendo mella en su vida simple. Una vida sencilla, pero que golpeaba fuerte; una vida que se vislumbraba gris, aciaga y sin expectativas; en fin,una vida triste, una vida sin Julián...

Estos últimos días han sido un poco agonizantes como si un tsunami pasará volcando todo patas arriba. Laura siempre se había...

— Zairuby González
Leer más...

Zairuby González

Estos últimos días han sido un poco agonizantes como si un tsunami pasará volcando todo patas arriba. Laura siempre se había quejado de la monotonía, se decía así misma que la rutina termina por volvernos unos amargados pero todo lo que acontecía estaba a punto de sacarle de sus casillas. Fue muy poco lo que pudo encontrar sobre el medallón, era muy poco lo que se conocía de él. Si quería saber más de aquel extraño medallón y por qué este había sido el detonante en la muerte de Julián debía de buscar repuestas fuera de aquellas cuatro paredes, así que haciendo caso omiso a las advertencias de Macario, Laura fue hasta la antigua biblioteca de la Universidad Nacional, durante décadas ellos se habían especializado en civilizaciones antiguas, estudiado desde las más conocidas hasta aquellas civilizaciones de las cuales solo se tenía un conocimiento muy escaso e incluso eran consideras puras leyendas.

Laura había imprimido la imagen del medallón que encontró en Internet, durante horas se perdió entre todos los libros que había encontrado sobre la civilización Inca, pero nada parecía conducirle a descifrar aquel misterioso medallón. - Chactún - una voz masculina la saco de sus pensamientos. -Perdón- dijo Laura mientras volteaba para ver la cara del hombre que hace un momento había mencionado aquella extraña palabra. - Lo que buscas, está muy lejos de ser encontrado en esos libros, si buscas algo relacionado con la imagen de ese extraño medallón la repuesta la encontrarás en esa antigua ciudad Maya llamada Chactún-

Laura noto cierta familiaridad en aquel hombre, aun así por más que intento recordar de donde le conocía no logro dar con una repuesta. -Gracias por su información, pero siento informarle que esta imagen es de un medallón perteneciente a un antiguo gobernador Inca - Laura le gustaba presumir cuando sabía un poco, siempre se había caracterizado por ser un poco sabelotodo y este hábito le había ganado más de una vez un par de discusiones acalorada con amigos y familiares.

- Laura tu siempre igual. No me digas que eres del tipo de persona que cree en lo primero que lees. - Era más que obvio que aquel extraño le conocía, ya no era una simple idea que le pareciera tan familiar. - Soy Rodrigo, no me digas que te has olvidado de tu antiguo compañero de clases- Y no es que Laura se haya olvidado de él, Rodrigo ya no era el mismo chico que había conocido hasta hace unos pocos años atrás, su figura delgada y algo patosa había cambiado por un cuerpo atlético y bastante armonioso, sus dientes perfectos ya sin aparatos dejaban ver una sonrisa impecable y aunque aún llevaba gafas, estás se adaptaban a la perfección a las facciones de su rostro varonil, Rodrigo se había convertido en un hombre bastante atractivo y más seguro de sí mismo. - Disculpa, no te reconocí. Te vez muy bien- Rodrigo solo se limitó a sonreír.

Hacía tanto que Laura no entraba a aquella cafetería, no había cambiado mucho la estética de aquel lugar. No pudo reconocer ningún rostro familiar, aquellas paredes encerraban tantos recuerdos de sus días de estudiante. Rodrigo se sentó enfrente de ella colocando una taza de café caliente, Laura intentaba por todos los medios no parecer nerviosa, nunca había tenido una relación cercana con Rodrigo y sabía del peligro que corría por tener en sus manos toda aquella información, no podía evitar preguntarse porque Rodrigo sabía tanto de aquel extraño medallón, por un instante pensó en excusarse y salir lo más de prisa de aquel lugar pero también era cierto que él conocía mucho sobre lo que ella necesitaba averiguar. Macario solo se limitaba a hacer de guardaespaldas y Katsidis, llevaba varios días desaparecido, si quería encontrar alguna pista o indicio debía ver que podía sacar de Rodrigo.

-Veo que no has cambiado en lo sabelotodo, lo digo por lo de ese extraño pueblo que me mencionaste hace un rato, estoy segura que es una información que no maneja todo mundo- El rostro de Rodrigo permaneció en una actitud pasible. – Tienes razón, no es una información que maneje todo mundo. Solo mi colega Katsidis y yo, por eso me parece extraño que estuvieses buscando información sobre ese medallón-. El instinto de Laura le indico que debía salir corriendo de inmediato, era demasiado extraño que Rodrigo la haya encontrado en la biblioteca precisamente cuando investigaba sobre aquello y aún más extraño que conozca a Katsidis. No creía en las casualidades y aquello le parecía muy sospechoso.
-Solo leí un poco sobre él y me pareció interesante para un artículo que estoy escribiendo- Laura había escrito por un par de años para una revista local y sus artículos se centraban en temas de moda y viajes pero era mejor decir algo que quedarse callada.
- Estas de suerte, si hay alguien que sabe sobre el tema ese soy yo- Dijo mientras dibujaba una pequeña sonrisa. – El medallón fue descubierto a principio de los 90s. Durante años fue un misterio, se cree que pertenecía a la dinastía Inca, de ahí tu confusión. Pero las inscripciones que aparecían en él parecían provenir de un dialecto más antiguo, hace un par de años cuando un equipo dirigido por Ivan Sprajc descubrió Chactún, se encontraron unas series de inscripciones que se asemejaban a las del medallón. Cuando Katsidis y yo nos enteramos de ellos pedimos unirnos al equipo de investigación, ya en el lugar logramos descifrar parte del mensaje. No eran más que un conjunto de supersticiones, ritos y magias. La cuestión es que, dentro del medallón se supone se encuentra un mapa que lleva a descubrir un lugar hasta ahora secreto para el hombre, hasta me atrevería a afirmar que este lugar no es otro que la Atlántida. Imagínate lo que significaría dar con una civilización así, la cual ha sido objeto de todo tipo de teorías desde la época de Platón. Pero el medallón desapareció hace varias décadas, incluso si no existieran fotos de él hasta pensaría que es una leyenda-.

Las manos de Laura empezaron a sudar, era lo suficientemente lista para darse cuenta de la importancia que encerraba ese medallón, si todo lo que Rodrigo decía era cierto ese medallón debía valer una fortuna, además del valor histórico que encerraba, quizás era la única llave para llevar a descubrir una civilización antigua de la cual el hombre ha especulado durante siglos.

-Vaya suena bastante fascinante. Imagino que tú has seguido tras el medallón- Laura fijo sus ojos en Rodrigo, pero estaba tan nerviosa que se le hacía difícil poder descifrar algo sospechoso en sus gestos o en su actitud, aunque esto parecía imposible, Rodrigo era un hombre demasiado calmado, se le notaba que sabía manejar muy bien sus emociones, nunca daba muestras de nerviosismo.

-Pues, en realidad regrese a mi rutina diaria. Mi trabajo en la Universidad me hacía regresar cuanto antes, en cambio Katsidis siguió tras la pista del medallón, incluso escuche que llego a contratar a un tipo de caza fortunas o reliquias para que diera con él. Después de eso perdimos contacto, Alexei se volvió una especie de ermitaño y desconfiaba de todo el mundo. El pobre de por sí ya era bastante excéntrico.- Dijo mientras tomaba un sorbo de su taza de café.

La información que Laura acababa de obtener de Rodrigo era demasiado para procesar de una vez, se excusó un momento para ir al baño. Sin duda alguna ese caza reliquias que él nombro debía de ser Julián, ya él se lo había hecho saber en su carta, trabajando de esa manera se ganaba secretamente grandes sumas de dineros. En el lavabo no aguanto la tentación de arrojarse una gran cantidad de agua fría en la cara, necesitaba salir de esa sensación abrumadora en la que estaba luego de su conversación con Rodrigo, de inmediato tuvo aquella sensación de peligro, volvió a pensar en que era demasiado extraño que Rodrigo diera con ella de esa manera y de que fuese colega o compañero de Katsidis. Tomo el teléfono para mandar un mensaje a Macario sentía la urgente necesidad de saber que él estaba cerca protegiéndola. Pero se encontró con un montón de mensajes de Macario. Laura había colocado su teléfono en silencio mientras estuvo en la biblioteca y se le había olvidado por completo durante su conversación. –Aléjate de él, vete lo más rápido de ese lugar- decía el primer mensaje. –Debes alejarte de él, no le comentes nada- todos los mensajes de Macario parecían advertirle de Rodrigo. Intento marcarle, aunque era consciente de que Macario no podía hablarle, necesitaba algún indicio de que todo iba bien. Pero el teléfono salía apagado. Necesitaba salir de ese lugar. De alguna manera era consciente de que Macario no estaría para protegerle. De pronto, la presión de una mano en su boca ahogo su grito, todo comenzó a hacerse borroso, un sueño profundo la invadió y no supo más de sí.

La noche era silenciosa en el barrio. En la mente de Laura, sin embargo, no había silencio alguno. Aún estaba sumida en sus...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

La noche era silenciosa en el barrio. En la mente de Laura, sin embargo, no había silencio alguno. Aún estaba sumida en sus pensamientos. La noticia de la revista que encontró por Internet no la dejaba dormir.
Se acercó a la bolsa de terciopelo y, como si le fuese la vida en ello, rebuscó esperando obtener una pista o algo que la pudiese guiar. Sacó un trozo de papel, en el que pudo leer una dirección de correo electrónico más la palabra Pachacútec; todo ello realizado a puño y letra por Julián.
Laura no llegaba a salir de la incertidumbre, ya que los mensajes que recibía de su novio procedían de una cuenta diferente. Era posible que esa dirección perteneciera a un contacto de Julián, o bien, se trataba de una cuenta que él mantuvo en secreto, igual que el asunto del medallón.
Se convenció enseguida de que no conseguiría nada si continuaba meditando, así que decidió probar en el dominio web que venía indicado en el trozo de papel. Tomar la iniciativa fue muy fácil, excepto cuando llegó el momento de introducir la contraseña. Lo intentó un par de veces sin dar con ella. En ese momento se preguntó si tendría alguna posibilidad de obtenerla, igual que hay gente de todo el mundo capaz de acceder, estén o no autorizados, a información confidencial.
Estaba a punto de rendirse, cuando entonces recordó aquella palabra que minutos antes leyó. Pensó que al menos podría intentarlo con Pachacútec, antes de tirar la toalla e irse a dormir. En su rostro se apreciaba una gran satisfacción, al ver en la pantalla del ordenador la bandeja de entrada.
Descubrió un mensaje no leído y con fecha reciente enviado por Alexei Katsidis, aquel hombre que Julián nombró en su carta enviada por Macario y que ocupaba un importante cargo en el Museo Nacional. En el asunto figuraba la palabra urgente y, al abrirlo, leyó lo siguiente:
"Estimado Julián:
Hace días que huí al extranjero. Necesito saber sin demora si viajarás con el medallón o si vas a enviármelo por correo. Una vez que sepa tu decisión, te diré dónde me encuentro. Sé precavido, no permitas que ninguno de tus allegados sepa de esto. Si eres consciente de lo que significa esta situación, por favor, contéstame lo más pronto posible.
Tu amigo A. Katsidis."
Por muchas vueltas que le daba al asunto, Laura no sabía qué hacer. De pronto, el teléfono interrumpió sus pensamientos. No salía del asombro, pues era intrigante que recibiera una llamada después de medianoche. Sin embargo, contestó sin rechistar.
— ¿Sí?
—Disculpe, ¿se encuentra por ahí Julián? Soy Alexei.
Laura empezó a sentirse muy nerviosa. No sabía si limitarse a colgar o explicarle que su novio había muerto.

En silencio y con la mirada perdida observaba como la lapìcera dibujaba signos pocos claros sobre el papel, la tenue luz que...

— Veronica Solorzano
Leer más...

Veronica Solorzano

En silencio y con la mirada perdida observaba como la lapìcera dibujaba signos pocos claros sobre el papel, la tenue luz que asomaba por el pequeño ventiluz iluminaba el rostro del doctor Helber, los ruidos que provenían del exterior retumbaban en ecos y llenaban el poco espacio que le quedaba en su
alborotada cabeza .Desde que su madre había fallecido sentía que todo a su alrededor se desmoronaba cada día...-Toma un comprimido de estos cada noche ,te ayudara descansar y evitar esas pesadillas que luego te hacen despertarte con jaqueca, y no te estés mal ,Libia era una excelente madre ,todo lo que hacia era para que tu estés bien ,quería darte lo mejor!. Claro,dijo Laura mientras acariciaba el medallon que traía puesto en la muñeca izquierda. Era un medallon con forma octogonal de tamaño pequeño,parecía haber sido forjado de manera rustica y por ello le daba un aspecto antiguo,en el centro tenia grabada una frase que decía: SOLO LOS QUE CREEN,Y TU CREES,fue un obsequio de cumpleaños cuando ella cumplía los dieciocho ,siempre se había preguntado porque la madre le insistía tanto con esto de creer,porque no respetaba sus decisiones y la hacia sentir equivocada en ellas?.Todavía recordaba con nitidez lo que le dijo cuando se lo entrego :HIJA,FUE IMPORTANTE PARA MI TENERLO Y AHORA TAMBIÉN LO SERA PARA TI,SOLO LOS ESLABONES ELEGIDOS PUEDEN POSEERLO ,SOLO LOS QUE CREEN Y TU CREES."Eslabones elegidos"...otras de las tantas dudas que tenia Laura ..pero ahora ya era demasiado tarde para averiguarlo,solo le quedaban los recuerdos y los sueños que tenia y la hacían enloquecer cada noche,no solo por las extrañas sensaciones que vivía en ellos ,sino por su realidad. Soñaba reiteradamente lo mismo,pero hacia un tiempo los sueños habían cruzado una delicada linea ,una barrera que definía la realidad de los sueños.Sin la ayuda de Julian, Laura no hubiera llegado hasta donde llego,se conocían desde pequeños ,por que el era hijo del mejor amigo de sus padres,y con el tiempo la relación se fue fortaleciendo y tomando otros matices,el estuvo en todos los momentos difíciles de ella, como en la enfermedad del padre que fue muy agobiante para todos ,recuerda que Laura pasaba días y noches rezando para que mejore,suplicando como nunca antes lo había hecho .Pero lamentablemente no se pudo hacer nada ,y desde entonces Laura había tomado la decisión de no creer en nada mas,el padre falleció una semana antes que ella cumpliera la mayoría de edad.Solo tenia ojos para ella ,y trataba de protegerla como se lo había prometido a la madre el día que murió .Eran como almas gemelas,se conocían profundamente y cuando se separaban por un instante sentían una coneccion mágica...eso eran almas conectadas mágicamente!.Aveces creían haber vivido otras vidas , en tiempos remotos y que en esas vidas les fue difícil ser felices,pero todo esto se había perdido ,estas fantásticas historias que solían compartir y disfruta,r Laura, ya no las registraba en su memoria.Ella ya no era la misma y día a día parecía que se volvía mas loca.!,pero a Julian no le interesaba nada mas que estar con ella ,amarla por siempre.

Laura entusiasmada por encontrar el medallón le cuenta a sus amigos q hay un tesoro perdido en la antigua casa de su abuelita...

— Cristela De Paz
Leer más...

Cristela De Paz

Laura entusiasmada por encontrar el medallón le cuenta a sus amigos q hay un tesoro perdido en la antigua casa de su abuelita y necesita ayuda para en contrar ese tesoro, y les contó a sus amigos que el tesoro es un medallón de oro y a su alrededor contienen piedras preciosas, al escuchar eso sus amigos, aceptan ayudar a Laura, entonces ponen manos a la obra para la búsqueda del gran tesoro, en el mapa que Laura tiene para la busqueda del tesori hay varias pistas y asertijos q deben resolver , la primera pista es q deben ver a q direccion estan ubicados los ojos de un cuadro q esta en cuarto de sus padres; y Laura y sus amigos corriendo fueron a ver el curioso cuadro y vieron fijamente el cuando y se dieron cuenta q los ojos estaban en dirección derecha señalando el librero, luego ellos se dirigieron al libreoro y lo Verón, Laura le dice a sus amigos; pero que tiene q ver un libreo en la búsqueda del tesoro, luego vuelven a observar el mapa y les da ota pista, un fibujo de un libro que tiene un número 20, rápidamente comienzan a buscar ese libro con las características q les dio el mapa, y un amigo de Laura lo encuentra y de la emoción grita y exclama "lo encontré", después de que encontraron el libro, se salieron del cuarto de los padres de Laura y se dirigieron al jardín, se sentaron, y abrieron el libro, comenzaron a revisar el libro minuciosamente para ver lo que contiene el libro, con forme van pasando cada página, encuentran una llave, revisan nuevamente el mapa y ven que hay un candado en forma de corazón; Laura rápidamente reacciona y se acuerda que en la casa de su abuelita hay un candado en forma de corazón y les dice a sus amigos, apresurados salen corriendo de su casa, la mama se Laura los ve pasar corriendo y le pregunta a su Hija Laura que adonde se dirigían, y Laura le responde; iteremos a jugar en el parque y su mama le dice, entonces con cuidado y que la quería en cosas temprano porque Iván a llegar sus tíos, y Laura le dice, esta bien mami llegare temprano a casa y se despide.....

Capítulo 7 por Edgar Mendieta Son las 9 de la mañana , Laura apenas puede abrir los ojos lleva más de 15 horas durmiendo,...

— Edgar Mendieta
Leer más...

Edgar Mendieta

Capítulo 7 por Edgar Mendieta

Son las 9 de la mañana , Laura apenas puede abrir los ojos lleva más de 15 horas durmiendo, se da cuenta que todo era un sueño!! , se incorpora de a poco y comienza a recordar partes de su curioso sueño , en el tocador mira ropa color negro , empieza a recordar la realidad ,un intenso dolor de cabeza la obliga a levantarse y al abrir la puerta escucha voces susurrando que dicen; estará bien?? Iré a despertarla!! ,
Al doblar en el pasillo los mira , eran paco un amigo de la infancia que a estado siempre muy cercano a ella y la mama de Laura , preguntan al unísono como estas?? Y Laura ; que pasa aquí ?? Sólo recuerdo el cementerio y mucha gente!!! Y un sueño muy extraño, paco la abraza y comienza a recordarle del accidente, eran las 3 de la mañana , tu y Julián volvían de la cabaña de los abuelos, algo golpeo contra su auto y ... Bueno .... El médico dijo que poco a poco recobrarías la memoria, que!!! Que paso!! Dónde está Julián ???? Dime paco!!! Mama!!! Respondan!!

Fue entonces cuando se dio cuenta que el ya no tocaría a la puerta nunca más, cae en lágrimas, lágrimas dispersas y en silencio.

Pasaron semanas y Laura apenas tenía ganas de probar el desayuno, el trabajo ya no era el mismo , y el camino a casa con el teléfono al oído y la voz de Julián jamás volvería a pasar. Laura no es la misma, decide tomar un largo tiempo a solas de viaje y descansar de la ciudad.

Al día siguiente se despide y emprende su viaje a solas, a solas ? se pregunta ella, no siento estar sola!! Desde qué Julián murió existe una sensación diferente en mi, es como si el me siguiera siempre , como estar a su lado, como estar siempre protegida en su brazos.

Laura llega a su destino , un pueblo a las afueras de la ciudad, con altas montañas y un imponente bosque que invita a la tranquilidad, donde vivió los mejores momentos de su vida y donde conoció a Julián.
Hoy el pueblo se siente diferente , hay poca gente en la plaza y donde está aquel farol moribundo que tanto le gustaba a Julián?? Ahora hay un farol nuevo y feo.
Siguió su camino y con indiferencia mira los cambios que hay en el pueblo hasta llegar a la posada donde tomaría su merecido descansó .



Llevaba toda la mañana en la biblioteca investigando sobre el medallón y sobre esas inscripciones misteriosas. Para ella le...

— Pilar Fuentes Muñoz
Leer más...

Pilar Fuentes Muñoz

Llevaba toda la mañana en la biblioteca investigando sobre el medallón y sobre esas inscripciones misteriosas. Para ella le era difícil, ya que no entendía ni "papa" de arqueología. Todas les parecía iguales, signos y más signos. Símbolos indescifrables, que parecían esconder un inquietante galimatías, un secreto de algo impactante y lleno de misterio. Quizás un tesoro de incalculable valor, tanto como para matar por ello.
La piel se le erizaba de terror al pensar en todo eso. Él, la había involucrado en esa carrera sin fondo, rodeada de peligro, sin saber cuál rostro tenía su enemigo. Solo sabía que Macario la protegía en la distancia, aunque a penas lo viese, presentía su presencia. Era como un felino oculto entre la maleza de la noche, como un fantasma siniestro que observa sin intervenir. A veces parecía advertir su aliento, a su espalda, pero cuando miraba, ya no estaba.
Entre toda esa inquietud pudo descubrir ante el papel en un viejo libro, un joya casi igual que la que tenía entre las manos. Leyendo el texto que acompañaba a la foto, pudo descubrir algo verdaderamente sorprendente, su cuerpo se estremeció al pensar en la sola idea de que eso fuese cierto. _¡Una llave a otro mundo!_ exclamó entusiasmada_ Un portal a lo desconocido_ añadió. Una joya egipcia con la energía protectora del sol, una conjunción entre al astro rey y la luna. Una reliquia de incalculable valor, deseada por muchos desde el confín de los tiempos.
Laura, apretó entre sus manos la joya, intrigada, disimulando y, mirando a los lados por si alguien la había escuchado murmurar en su emoción descontrolada. Sabía que esa pieza misteriosa, tenía que ser guardada en un lugar secreto, lejos de las miradas de todos. Ahora le quedaba por descifrar que decía la inscripción que aún no había podido leer. Para ello, tenía que contar con alguien experto en la materia y de confianza, con Sinué. Un antiguo compañero de la universidad, un tipo del que te podías fiar. Un experto en historias sorprendentes.

Mario estaba furioso... Se sentía impotente. Sabía que Julián le escondía algo, algo importante, posiblemente, lo que le llevó...

— Montse Salinas
Leer más...

Montse Salinas

Mario estaba furioso... Se sentía impotente. Sabía que Julián le escondía algo, algo importante, posiblemente, lo que le llevó a perder la vida... ¡Eran tan jóvenes aún! Tenían por delante un montón de cosas que debían de pasar juntos. Y ahora ya no podrían. ¿Por qué su amigo no le había contado nada? Él le podría haber ayudado, como siempre habían hecho desde la infancia.

Y Laura, pensó, pobre chica. Se les veía tan felices... Aún recuerda aquella pelea tonta que tuvieron no hace mucho. Convenció a Laura de que Julián no andaba por ahí con otras, que sólo la quería a ella y gracias a él (o al menos, así le gustaba pensar), ella accedió a charlar con él y así hicieron las paces. Claro, ya por entonces Julián desaparecía algunas horas sin que nadie supiera ni dónde ni que hacía. Pero nunca le dijo a Laura lo que sospechaba, que Julián andaba metido en algo raro, oscuro si cabe, algo que le estaba preocupando, algo que pudo ser su fin.

De repente, se levantó. ¿Por qué no investigaba un poco qué era ese embrollo que tenía a su amigo distraido y absorto en las útimas semanas? Iría a hablar con Laura, quizás ella supiese algo, quizás se ayudarían mutuamente a entender el sentido de todo aquello. Sentía la necesidad de ayudar a Julián; si no había sido posible durante su vida, encontraría algo que le ayudara e entender su muerte.

Cogió el coche y emprendió camino. No sabía muy bien cómo iba a empezar a contar a Laura algo que ni él mismo sabía, pero ya se le ocurriría algo. Comenzaría preguntándole qué tal estaba y charlando un poco sobre Julián. Quizás fuera ella la que le diera la pista y podría empezar a contarle aquello que sospechaba de su amigo. En la carretera había poco tráfico. No tardaría mucho.El sol empezaba a esconderse tras los edificios grises de la ciudad y cuando el último rayo desaparecía, llegó a su destino.

Aparcó y se dispuso a bajar del coche. Entonces, alguien le tocó el hombro. Absorto en sus pensamientos, se sobresaltó y giró rápidamente. ¿Quién era ese hombre que le sonreía y le ofrecía la mano?

Capítulo 8

Tumbada en la cama, miraba el medallón que tenía en su mano y sentía el vacío de Julián a su lado. Pobre intercambio: metal...

— Maria Jose Muñoz Rubio
Leer más...

Maria Jose Muñoz Rubio

Tumbada en la cama, miraba el medallón que tenía en su mano y sentía el vacío de Julián a su lado. Pobre intercambio: metal frío por cálida compañía.

Lo miraba  una y otra vez, y no sabía que hacer. La desaparición de Katsidis lo había atorado todo.
Tampoco tenía claro a quién confiarle su secreto para poder recibir un poco de ayuda. Sólo estaba Macario, el inmenso cíclope, que no había osado dirigirle una palabra, sólo señas,.Pensó si también habría perdido la lengua al escapar de los Hijos del Sol.

Con el medallón aferrado a su mano cayó presa de una noche inquieta , llena de sueños ,de persecuciones, de pájaros de denso y colorido plumaje que la atacaban intentando picotearle las manos para que soltase algo que ella asía con fiereza mientras corría pirámide abajo.

Despertó cansada, con la boca seca, tal vez había gritado en sueños.
 Autómata se levantó y preparó su café mientras maldecía el embrollo en que la había involucrado Julián, no era suficiente el pesar de saberlo muerto y alejado de ella para siempre, que además tenía que cargar con el medallón, el causante de su muerte.

Salió dando un portazo y se imbuyó en la vorágine del tráfico con una agresividad y rabia inusuales en ella..
Pasó la mañana sin pena ni gloria en su trabajo, lo cual era lógico con la cantidad de cosas que tenia en la cabeza incluido el estrés acumulado.

Cuando estaba a punto de irse vino un cliente, un poco más bajo de la media, hombros anchos, sonrisa franca y aspecto impecable, estaba interesado en contratar un viaje por Grecia y sus islas. Era muy expresivo y natural y me contó que estaba muy interesado en Grecia y su historia, que la consideraba la cuna de toda las civilizaciones y luego , sonriendo de oreja a oreja y con un brillo en la mirada, añadió: -" bueno sino tenemos en cuenta las civilizaciones de otros continentes, je je je".

De repente me sacudió un escalofrío  que me sacó de mi nube particular y comencé a mirarlo con otros ojos, su sonrisa no era tan franca, ni me parecía tan simpático. Contrató el viaje , me dió sus datos y se fue. Y allí me quedé yo, pensando que estaba en modo paranoico, y que había exagerado con un simple comentario. Intenté racionalizarlo pero la inseguridad y la ansiedad no estaban por la labor de dejarme en paz.

Para acrecentar mi inquietud , al entrar en el coche vi a Macario  aparcado tres coches más atrás. Era evidente que no podía hacer ojos ciegos a la situación. Puse en marcha el motor y me di cuenta que si los de la Orden del Sol habían seguido a Macario y a Julián también conocerían mi existencia, y que si tenían vigilado a Macario, nos habrían visto cuando se acercó a mi coche el día que saqué el medallón de la caja de seguridad. Mis manos empezaron a sudar y volverse pegajosamente frías. Tragué saliva y tomé una determinación ir al museo y averiguar todo lo que sabían del paradero de Katsidis. A fin de cuentas, no tenía nada que perder si ya sabían de mi, ...-" tu vida" apostilló mi voz interior, pero la silencié con el ruido del motor,

Acudí al museo haciéndome pasar por una becaria de historia del Arte que buscaba ampliar su curriculum con prácticas en el museo. Me atendió el jefe de recursos humanos, que amablemente me dijo que consideraría mi proposición. Afortunadamente, yo había escuchado encandilada todas las conversaciones de Julián cuando me hablaba de las antiguas civilizaciones , su pasión, así que pude defenderme. Casi al final de la conversación me declaré admiradora de los estudios del Dr Katsidis y mi interés en conocerlo, mi interlocutor pareció turbarse pero sólo un momento, luego me explicó que estaba ausente por unos días , le insistí en que me diera su teléfono o mail para contactar con él pero amablemente se negó en redondo, aduciendo cláusulas de privacidad.

Frustrada volví a mi casa, cuando abrí la puerta supe que algo andaba mal, las ventanas estaban abiertas de paren par y vi todo el contenido de cajones y armarios revueltos en el suelo. Llamé a la policía para denunciarlo y fui al café de abajo, afortunadamente me había llevado el medallón conmigo.

Mientras esperaba a la policía, busque a través de mi celular el correo del museo, y refiriéndome al Dr. Katsidis ,escribí un E-mail, el cual, empezaba con la frase del libro del Tambor de Hojalata...seguidamente apreté el tabulador y anoté mi número de teléfono.

Cuando acabé de poner la denuncia , llamé a mi hermana y le conté lo sucedido, todo no, claro está y le pedí pasar la noche en su casa.

Más tranquila en la cama , y sintiéndome arropada por mi hermana , pensé en darle el medallón a Macario y olvidarlo todo. Cuando estaba a punto de dormirme, sonó el teléfono, rápidamente descolgué, y una voz con acento extranjero me dijo;- " Bienvenida a mi sanatorio",-permanecí en silencio, y continuo diciendo:
-“dentro de dos días en Toledo, la ciudad donde se mezclan los restos de tres culturas”-, y colgó.

Supe que otra noche de malos sueños se avecinaba pero no quise pensar, le pedí a mi hermana un valium , aducir nervios por el desvalijo que hubo en mi casa, y desvanecer sin esperanza alguna de descansar.

Fue un mal trago para Laura descubrir los hechos que dieron lugar a la muerte de Julián. La rabia y dolor se desencadenaban...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

Fue un mal trago para Laura descubrir los hechos que dieron lugar a la muerte de Julián. La rabia y dolor se desencadenaban desde lo más profundo de su corazón. A pesar del duro golpe recibido, sabía perfectamente que le sería inútil anclarse en el pasado. Era el momento de seguir adelante o de olvidar el asunto.
Decidió entonces ponerse manos a la obra. Perdió al hombre que amaba gracias a causa del medallón y, por ello, sus ansias de desprenderse del objeto aumentaron. Al no tener ningún contacto en Chile, no había otra alternativa para ella que empezar de cero, pero eso no le importaba en absoluto. Lo mismo pensaba respecto a posibles opiniones de su familia y amigos. Quería, por voluntad propia, entregar esa joya histórica que llegó a sus manos. Deseaba cumplir su objetivo lo más pronto posible. Sólo así podía considerar que Julián no murió en vano.
A Laura se le hizo un nudo en el estómago. Empezó a temblar ligeramente a causa del miedo, ya que era consciente de poder meterse en una situación peligrosa. Afortunadamente contaba con Macario, quien estaba dispuesto a protegerla aunque perdiese la vida en ello. Esa idea la tranquilizó un poco, lo suficiente para tomar la iniciativa.
Pensó que sería buena idea contactar con el Museo Histórico Nacional de Chile. No dudó en enviar un correo electrónico al centro, proporcionando sus datos de contacto e incluyendo además una foto del medallón. En un par de días recibió respuesta por parte del director, quien concertó por teléfono una cita para dentro de dos semanas.
Entretanto, el rencor predominaba más que nunca entre los miembros de la Orden de los Hijos del Sol. Todos eran aborígenes chilenos de género masculino. Entre ellos sólo hablaban en su idioma aborigen: el mapuche. Todos seguían la creencia de que, invocando al dios Wiracocha a través de su sagrado amuleto, éste se presentaría en el mundo de los mortales dispuesto a conceder los deseos de sus creyentes.
La Orden de los Hijos del sol ignoraba quién sería el poseedor de su venerable joya, pero uno de sus fieles seguidores les garantizó que ésta regresaría tarde o temprano y que nadie, salvo la organización, era digno de poseerla. Ante esto, el líder confió en la palabra del devoto. Le ordenó entonces partir en busca del objeto con el propósito de traerlo de vuelta. Recibió también la instrucción de matar a todo aquel que se interpusiera en su misión, sin importar su género ni su edad.
El profesor Katsidis también prestó atención a esas palabras. Dado que llevaba mucho tiempo indagando en Chile, acabó familiarizándose con el idioma mapuche. Pero él no podía hacer nada al respecto, ya que pocos días antes le habían apresado. En su situación, no podía hacer más que preguntarse si seguiría vivo por más tiempo.

Capítulo 9

Sin levantarse todavía del escritorio, Laura le daba vueltas a sus pensamientos y a todo lo ocurrido.
Finalmente concluyó  que...

— Naty Vidal
Leer más...

Naty Vidal

Sin levantarse todavía del escritorio, Laura le daba vueltas a sus pensamientos y a todo lo ocurrido.
Finalmente concluyó  que debía contactar con el curador, pues era él la conexión entre el medallón, Julián y el insólito giro que tuvo su vida. Sin embargo, según lo que escuchó en las noticias, Katsidis había desaparecido

Una vez más Laura tomó el medallón en sus manos y lo observó de cerca : el óvalo que contenía a su vez la esfera solar …un ave que irrumpía desde el centro del sol, entre piedras preciosas...

De repente se fijó mejor y observó como del círculo central salían líneas sucesivas, cual rayos, hasta tocar los límites del óvalo. Un trazado geométrico que le recordaba a los mándalas, que de vez en cuando, utilizaba para meditar. Al cabo de un rato, de tanto presionar el medallón, Laura sintió que el metal se desvanecía entre sus dedos. Nerviosa y angustiada no supo que hacer , pues estaba destruyendo aquello que por alguna extraña razón ,la conectaba con Julián .

De pronto todo su entorno también cambió. Una nube pesada envolvía la estancia y el escritorio había desaparecido . Como si flotara  , sin salir de su asombro y antes de poder moverse, escuchó la voz de Julián que la tranquilizó y le iba dando instrucciones . Mira bien las figuras Laura…concéntrate en el medallón..
Y así lo hizo. Laura traspasó un espacio de  líneas, círculos...iba a gran velocidad. Julián  le explicaba como su mente debía mover su atención a lo más importante...a la conexión de sucesos que originaron todo lo sucedido. El medallón conectaba todo.
Mientras se desvanecía lo que sus sentidos reconocían, aparecía un nuevo orden espacio-tiempo. Lugares, personajes, símbolos, se mezclaban y avanzaban en su mente. Julián le decía que se concentrara solo en el medallón y que no debía asustarse porque él estaba con ella .
Entre el torbellino de imágenes y sonidos extraños, Laura pudo finalmente  visualizar el óvalo...sus rayos, el circulo. El universo se detuvo.  Estaba en una especie de altar, en una estancia bañada por una cálida luz .

Delante de ella se erguía la figura de un monje rezando algún pasaje del Upanishad, unos viejos textos en sánscrito. La tela anaranjada  que lo envolvía  volaba en el ambiente y Laura sintió un leve aroma a incienso. Fijó su mirada en una de las paredes de aquel sitio …era una imagen semejante al medallón pero de gran tamaño.
¿Donde estaba? ¿Qué era ese lugar y esas voces rezando en un idioma que ella no entendía? Julián la alertó para que volteara a la izquierda. Alguien estaba a su lado. Sintió un jalón .
Medio aturdida, Laura se encontraba de nuevo en su escritorio.

Había soltado el medallón y acto seguido lo guardó cuidadosamente en la bolsita de terciopelo. Se tomó un buen rato para percibir  las cosas que la rodeaban, la ventana,  la mesa…si, todo seguía allí. Avanzó por el resto de la casa y posteriormente buscó la libreta de notas, la agenda y la bolsa roja.

Debía tomar fuerzas, así que respiró profundamente y se levantó con la intención de aclarar y entender en lo que se había metido. Lo primero que se planteó fue ir al Museo Nacional, pues aunque Katsidis había desaparecido, algún compañero, alguien que trabajara con él ,podía darle alguna pista.
Salió apresurada buscando las llaves del auto y al intentar abrir la puerta,  Macario la tomó por el brazo y le hizo señas para que abordara una especie de camioneta de arreglos del hogar. Macario tomó el volante y enseguida hizo las presentaciones. Laura le dijo al hombre sentado en la parte de atrás  la primera frase del Tambor de hojalata. El hombre asintió.

Alexei Katsidis , tenía un aire entre intelectual y futbolista  retirado. Laura no sabía por donde empezar para explicarle al curador todos los sucesos. Así que comenzó por el final, por la extraña visión que tuvo al presionar el medallón, lo cual hizo que Katsidis se incorporara en el asiento de la camioneta que a gran velocidad estaba llegando a un sitio en las afueras de la ciudad.
Se quedó pensativo…el medallón del Oráculo del Sol, llevado desde Chile al Cusco por la sociedad secreta  perteneciente a los Hijos del Sol. Julián se había involucrado en el robo del medallón, y ahora resulta que Laura tuvo una especie de conexión extrasensorial.

Laura esperaba una respuesta o  al menos una aclaratoria por parte del entendido. Su experiencia fue totalmente anormal y la verdad que estaba preocupada.
Te fuiste a un lugar lejano en el tiempo. Los conocimientos y el poder de los Hijos del sol han pasado por la India, han estado presentes en las pirámides, han sido testigos de las enseñanzas de Avatares y maestros en el lejano oriente y en Europa.
Quien sabe. Quizás ahora es el momento de Suramérica.
La camioneta se detuvo frente a una casa rodeada por enormes árboles y arbustos que escondían la entrada principal.

La noche era oscura y no dejaba de llover. El ruido de las cornetas de los autos parecía salir de todos lados. Laura se...

— Zairuby González
Leer más...

Zairuby González

La noche era oscura y no dejaba de llover. El ruido de las cornetas de los autos parecía salir de todos lados. Laura se aferraba a su volante intentando contener su desesperación, ya faltaba poco para llegar a Toledo, miles de preguntas parecían invadirla a medida que se acercaba la hora, intentaba acallarlas pero era imposible. No podía dejar de pensar en el día anterior; lo que había sucedido en su apartamento, esa extraña cita. De pronto una pregunta la invadió - ¿Si quien me cito no fue Katsidis sino la persona que está tras el medallón y la muerte de Julián? - todos sus sentidos parecieron paralizarse, tanto que estuvo a punto de perder el control. Nunca antes había sentido tanto miedo. Ahora más que nunca era consciente del peligro que todo aquello encerraba.
Miro por el retrovisor para ver si había alguna señal del auto de Macario, pero no fue así. Desde ayer no sabía nada de él, Julián le había dicho en aquella carta que aquel hombre la protegería, pero en este momento se sentía sola, abandonada a una suerte desconocida como si el mundo entero conspirara contra ella. - ¡Oh Julián! si tan solo me hubieses hablado de estas cosas en vida quizás en este momento yo entendería más todo lo que está pasando - Las lágrimas empezaron a correr por su rostro, nunca antes había sentido tantas ganas de llorar, no por lo menos desde la muerte de Julián. Se sentía cansada como si llevara miles de noches sin dormir.
El lugar del encuentro no podía ser más tétrico, el frío de la noche y la espesa neblina hacían parecer el ambiente algo lúgubre - Mi abue siempre decía que este tipo de noche auguraban algún tipo de terrible tragedia - al pensar en esto un escalofrío recorrió todo su cuerpo, era consciente del mal que le perseguía, no sabía el rostro o los rostros de las personas que la asechaban pero ellos si sabían de ella, donde vivía y quizás estaban esa noche más cerca de lo que pensaba. Observo todo a su alrededor pero todo el mundo parecía seguir un recorrido tranquilo, nadie mostraba algún tipo de actitud sospechosa solo le quedaba esperar a que la persona que la cito hiciera acto de presencia, esa noche esperaba de una vez por todas deshacerse de aquel maldito medallón el cual solo ha servido para traerles problemas y sufrimiento, empezando por el mayor de todos, la perdida de Julián.
De pronto un hombre empezó a vislumbrarse a lo lejos, de algún modo a Laura se le pareció familiar. Casi podía afirmar que aquel extraño hombre medía casi dos metros de estatura, su abrigo gris se ceñía muy bien a su cuerpo y mostraba una figura muy bien proporcionada. Ese hombre caminaba en dirección hacia ella; las manos empezaron a sudarle, la angustia empezó a invadirla de nuevo, los segundos se convirtieron en horas y el corazón parecía querer salirse por la boca.
- Laura gusto en conocerte, espero lo hayas traído contigo – aquel hombre extendió su mano hacia Laura en modo de saludo. Para Laura estaba claro que aquel hombre era Katsidis, pudo reconocerlo a pesar del pasamontañas y la gruesa bufanda que casi cubría su boca. Era el mismo que había visto en las fotos, aunque en persona parecía ser un poco más joven de lo que pensó.
- Créeme, el gusto es mío. Al fin puedo deshacerme de esto – dijo Laura entregándole la pequeña caja que contenía al medallón.
- Siento mucho que pasaras por esto. Julián jamás hubiera querido ponerte en peligro, es solo que todo se salió de nuestras manos y para él tú eras la única persona en la que podía confiar – Las palabras de Katsidis revivieron en Laura el recuerdo de Julián, con tal intensidad que le provocaron una oleada de sentimientos encontrados.
Algo pareció sobresaltar a Katsidis, su rostro se tornó pálido, tanto que Laura no pudo pasarlo desapercibido - ¿Qué sucede? ¿Algo esta mal? – De pronto los estruendos de unos disparos alarmo a todo el mundo, los gritos de las personas se mezclaban con el ruido producido por las balas. Algunas personas corrían, otras se lanzaban en el suelo, todo se convirtió en un caos en un abrir y cerrar de ojos. Laura solo pudo sentir la presión de Katsidis sobre ella quien trataba de protegerla con su cuerpo. – Ahora ¡Vamos! – Grito Katsidis mientras tiraba de Laura para que le siguiera. - ¡No! Ya te entregue el medallón. Yo no tengo ya que ver con esto. No quiero saber de nada que esté relacionada con esa cosa - Los nervios no la dejaban mover, Laura sentía que había llegado al límite de lo que podía soportar. – Lo siento Laura, no puedo dejarte sola mientras corras peligro, se lo prometí a Julián -.
Laura tomo una bocanada de aire y no le quedo de otra que seguir a Katsidis. Sintiendo que corría a un pozo profundo, envuelta en una enmaraña de enredos del cual no podía escapar. Su mundo estaba patas arriba y lo único que le quedaba era tratar de confiar en aquel hombre del cual sabía casi nada.

Al intento de conciliar el sueño, dominaban su mente los recuerdos de Julián, junto con imágenes simultáneas del medallón y de...

— Úrsula Melgar Arjona
Leer más...

Úrsula Melgar Arjona

Al intento de conciliar el sueño, dominaban su mente los recuerdos de Julián, junto con imágenes simultáneas del medallón y de la singular ave de Wiracocha. Por un momento se entretuvo imaginando un enorme pájaro de larga cola, con un pequeño pico negro y plumas de color azul eléctrico, volando por el Universo sin un destino fijado. Y, sin quererlo, se identificó totalmente con aquel animal, ya que los hechos hicieron que tuviera la desconfianza e inseguridad propias de una vida incierta.
Durmió a duras penas. Llegó a despertarse sobresaltada debido a dos sueños que tuvo. En el primero, acababa de salir a la calle para ir a trabajar. Se dirigía a su auto, cuando notó que un desconocido se acercaba. No pudo ver su rostro ni cómo vestía. Sólo apreció una silueta negra de varón. Esa apariencia no le causó buena sensación; tenía un aire hostil que abría las puertas al peligro. A Laura le entró el pánico. Quiso subir al vehículo y marcharse, mas la puerta del mismo no respondía. Tuvo el impulso de gritar, pero sus finos labios de carmín no dieron ni un débil gemido.
Luego volvió a soñar con el mismo sujeto, al que era incapaz de verle la cara. El individuo tiraba de su bolso. Ella, por su parte, trató de resistir. Finalmente fue vencida, perdiendo así su cartera y las demás cosas que llevaba, incluyendo el medallón.
Despertó con el mismo agobio, pero más relajada que el día anterior. Empezó a pensar que la gente puede tener sueños de lo más surrealista, aunque le extrañaba que el causante de sus pesadillas fuera una silueta negra. Después de todo, sería imposible ver en un sueño a gente que nunca se ha visto en la realidad. Dispuesta a empezar un nuevo día, habló de sus experiencias oníricas durante el desayuno. Su madre, muy preocupada tras enterarse de que su piso fue desvalijado, también estaba allí.
—Puede que sea un aviso —advirtió su hermana.
Pero Laura no creía en esas cosas. Tampoco quería escuchar las palabras de su madre, quien insistía una y otra vez en que eso no era asunto suyo, que Julián había muerto y podría encargarse otra persona.
Eran palabras dichas en vano. Para nada iba a tirar la toalla, ya que por fin pudo contactar con el Dr. Katsidis. Además, había olvidado la idea de pasarle el testigo a Macario. Después de todo, sólo necesitaba desplazarse unos centenares de kilómetros hasta Toledo. Sabía que podía encontrarse con gente peligrosa y meterse en un embrollo. No obstante, quería continuar con la misión hasta el final; nunca fue propio de ella dejar lo que empezaba.
Su madre no dio muestras de apoyo, pero tampoco se negó. Se limitó a mencionar una frase que alguna vez escuchó de su abuela: "Hay quienes molestan desde la tumba".
Decidió llamar al trabajo para conseguir unos días libres. Se inventó la excusa de que tenía una urgente reunión familiar relacionada con una herencia. A fin de cuentas, no todo lo que dijo era mentira. Su jefe no se expresó con un simpático tono de voz, pero logró salir airosa.
Unos minutos después, recibió una llamada de la policía, haciéndole saber que una vecina de su bloque vio a los que se infiltraron en la vivienda. Su cámara recogió imágenes de dos hombres: uno alto y delgado y otro bajo y rechoncho. Ambos eran de edad madura y vestían unos trajes muy elegantes de color gris. Escaparon en un Mercedes negro cuya matrícula tenían anotada. La noticia fue algo tranquilizadora para Laura; ahora faltaba saber qué querían esos tipos y el motivo.
Enseguida preparó el equipaje para irse a Toledo. Ignoraba cuántos días se iba a ausentar, pero su hermana le prestó su maleta y algo de ropa. Las dos siempre presumieron de usar la misma talla. Echó un vistazo por si veía a Macario. Le encontró, respondiendo él con un breve gesto de saludo.
Se despidió de su hermana y de su madre. Cuando bajó para emprender el viaje, trató de ser lo más discreta posible. Su corpulento compañero la siguió con su vehículo. No hubo problemas durante el viaje. Sin embargo, cuando entraban en la ciudad de Toledo, Laura se percató de un automóvil negro aparcado en una calle. En su interior había dos sujetos, uno más alto que el otro, que parecían estar vigilando sus movimientos.

El Dr katsitis es un gran y estupendo conocedor y fumador de hierba sagrada o comúnmente llamada Marihuana. Procede de una...

— José Luis Corrales Caballero
Leer más...

José Luis Corrales Caballero

El Dr katsitis es un gran y estupendo conocedor y fumador de hierba sagrada o comúnmente llamada Marihuana.
Procede de una dinastía real.
Es el cabeza de una familia numerosa. Le confesó en numerosas ocasiones a Julián secretos sobre su esposa y sus 4 hijos. Qué esté, juró y perjuro no contárselos a nadie, y llevarsélos con él a la tumba; al otro mundo.
Se dice que fueron de ese tipo de personas que se han encontrado. Amigos de vidas pasadas. El destino les volvió a unir. Y nunca se separaron.
Pasaban millones,y millones de horas hablando y riendo. Solían tener muchísimos dejavu.
Se conocieron en un viaje que hizo hará cosa de un mes el Dr a Malasya con la discreta asociación del Priorato de Sión.
Después de estar juntos unas 2 horas; cuando se fueron..julian se dió cuenta que su amigo se había dejado un objeto. Y no era el medallón.. Se trataba de una pitillera de oro macizo y platino.
Llevaba inscrito dentro de si, una frase en hebreo y un pequeño mapa. Lo memorizo todo por si las moscas. Quedaron en volver a verse.
(Se pusieron los relojes a la vez).
Cogieron cada uno por su lado un vuelo que les llevaría a sus destinos de origen.
Siempre hablaron de la relación con los ángeles y los espíritus indomables y libres.
De cómo se crearon los imperios romanos.
Las orgías, las borracheras en tabernas..las visitas a prostíbulos.. En definitiva, el poder que se creó a lo largo y ancho del mar meditarráneo.
Los 2 estaban cuasi convencidos de la magnitud que se podía llevar a cabo con sus conocimientos el conocimiento adquirido de los libros, y de los viajes locos mentales que habían tenido. Porque según ellos, habían podido contactar con el más allá; y con la hija de Dios llamada Sara.
Se sentían protegidos y divinos por un halo de luz eterno.
Sólo debían de transmitirlo a la humanidad y así, el pueblo y la Tierra..el planeta, se salvará.
Era el último paso que había que hacer para finalizar todas las escrituras, y todas las noches quedadas y conversaciones al alba.
Era el comienzo...

A la sombra de un siniestro callejón, ocultos ante la mirada de extraños, varias siluetas de hombres vestidos de oscuro,...

— Pilar Fuentes Muñoz
Leer más...

Pilar Fuentes Muñoz

A la sombra de un siniestro callejón, ocultos ante la mirada de extraños, varias siluetas de hombres vestidos de oscuro, murmuraban en un confuso dialecto. De pronto de entre esa vorágine de desconcierto, apareció la sublime silueta despampanante de una preciosa mujer, de rasgos orientales. Vestía de negro entallado, mostrando un cuerpo perfecto y bien trabajado, mantenido quizás por un severo entrenamiento, en algún deporte que seguro practicaba concienzudamente. -Y el medallón...- dijo con una voz imperativa y ofuscado tono. Nadie le supo responder, mantuvieron un estricto silencio y con las miradas gachas determinaron su presente fracaso. -Sois unos ineptos, incapaces de resolver ninguna orden. Todo el trabajo lo tengo que hacer yo.- expresó con rabia, girándose de pronto, mirando hacia la ventana que daba al callejón. Era la ventana del piso donde Laura vivía. -Tengo que tener entre mis manos esa joya, antes de la próxima luna. Pronto será el eclipse y las fuerzas de mis antepasados volverán a mí y seré invencible.- Alegó, mientras sus ojos cambiaban la expresión, tornándose a un confuso color rojizo, cambiándole el pálido tono de su tez, a un pardusco verdoso. Los hombres que la acompañaban sintieron miedo, al percibir la negatividad de su ama.
En un frío errante se dispersaron y desaparecieron entre una efímera y repentina niebla. Mientras, Laura, en casa de su hermana sentada en el filo de la cama, pensaba en la cita con el supuesto Katsidis. Intentaba imaginar que le diría, y que explicación razonable le daría sobre todo lo que estaba sucediendo alrededor de ese misterioso medallón y la muerte de su novio Julián. De pronto, sintió un enorme pellizco en el corazón, invadiéndole la melancolía y un miedo aterrador. Era como si sintiese un presentimiento repentino sobre su destino. Tenía mucho miedo. La vida se le estaba complicando y temía volver a casa. Alguien quería matarla y recuperar ese dichoso artilugio. Una pieza de museo que tendría que estar en un urna, donde todos la admirasen, por su valor histórico, y no en sus manos. Suspiró de nuevo y se levantó, para enfrentarse a la realidad.
Desde el aeropuerto, tomó un taxi para ir al encuentro con ese extraño. Cuando llegó, había gran gentío alrededor de la plaza de Zocodover en Toledo. No sabía dónde mirar y disimulaba su presencia como una turista mas, temiendo llamar la atención, más sabiendo que alguien la quería matar. No veía a Macario por ningún sitio, ese que parecía su guardaespaldas incondicional. Le temblaban las manos y el pecho parecía un "Bum, Bum", intermitente, asediado por el temor. Observaba a su derredor a cualquier transeúnte sospechoso, sin saber la apariencia de ese Katsidis. Imaginaba a un señor de pelo blanco, con gafas de empollón inteligente y vestido con una ropa informal, para pasar desapercibido. También le invadía en el cuerpo, una especie de sensación confusa, de angustia descabellada, al recordar las historias que rondaban históricamente a ese lugar donde la habían citado. Había estado investigando en Internet, antes de lanzarse a ese vacío. Al parecer, el suelo que pisaba, había sido testigo de innumerables acciones sangrientas, donde se habían celebrado ejecuciones varias, tanto en la Inquisición como en otras premisas de una barbarie suicida en la historia, e incluso se habían celebrado corridas de toros. Ahora, en el presente, es el lugar de reunión de mucha gente. Una plaza rodeada de cafés y diversos negocios destinados al divertimento. Un lugar al que llaman: "mercado de bestias".
El escalofrío la invade de tal manera que siente helar su piel. Pensar que un reguero de sangre alimentó la tierra que ahora se cubría de baldosas de piedra. Un sin fin de almas estarían penando dolorosas por entre aquella gente, ajena a la realidad.
De pronto, despertó de su ensoñación pasajera y tenebrosa, dándose cuenta de que alguien la estaba acechando en la lejanía, tras un pintor callejero, un artista urbano que pintaba al aíre libre, mostrando sus trabajos. Este extraño, la hizo seguirlo por entre la multitud. Anduvo nerviosa por entre un sin fin de rumores ambientales, siguiendo esa sombra misteriosa, envuelta en una inquietante zozobra que casi no la dejaba respirar.
Al llegar a una callejuela de doble sentido, se detuvo, después, ya no vio nada más, alguien le había introducido un saco de tela oscuro en la cabeza. Solo sintió que alguien la guiaba al caminar, sosteniéndola fuertemente para que no pudiera huir.

Capítulo 10

Un laberinto de oscuras callejuelas y el golpeteo de pisadas sobre hojas secas y asfalto. Lejos de ellos, los gritos y el...

— Mia Woodhouse
Leer más...

Mia Woodhouse

Un laberinto de oscuras callejuelas y el golpeteo de pisadas sobre hojas secas y asfalto. Lejos de ellos, los gritos y el caos; la noche había hecho de las suyas una vez más, arropando a dos extraños en sombras, resguardando con luz tenue e interrumpida la vida que casi les fue robada.
A estas alturas, ella era apenas una muñeca de trapo, dejándose arrastrar, dejándose llevar, seducida por el viento que rozaba sus mejillas y el sudor que corría sobre dedos entrelazados. Era incapaz de sentir miedo, o tristeza, frío o calor. Laura, en ese momento, corriendo por las calles de una ciudad que no le pertenecía y asida de la mano equivocada, estaba vacía. Había perdido a Julián...
Los segundos, los minutos, las horas y los días: el tiempo podía empujarla, tumbarla, pisotearla y jalarla por el cabello, pero nada de eso iba a cambiar la realidad inalterable de un futuro sin él. Cuando las personas ingenuamente le comentaban que el tiempo servía para curar todos los males, por su mente solo pasaba y pesaba el hecho ineludible del paso de los años y el cuerpo ausente de Julián en cada silla, celebración o esquina. Las agujas del reloj no eran un elixir mágico capaz de reanimar a los amados inmóviles. La muerte era eterna; no existía una arruga o cana que reflejase la naturaleza piadosa del tiempo. Y es que, después de todo, el tiempo siempre resultaba corto e implacable. ¿Lo habría sentido así Julián, exhalando aquella última bocanada?
De repente Laura se percató que le faltaba el aire. Le costaba respirar desde el día en que lo había perdido todo, pero más dolía no hacerlo. Sin pensarlo dos veces, soltó la mano a la que tan fuerte se había aferrado y, finalmente, paró. Jadeando, tanteó en la oscuridad, tambaleándose cual ebria hasta dar con una pared, las yemas de sus dedos rozando la mugrienta fachada de un edificio dilapidado. Reposó su frente contra el concreto duro y frío y luchó por recuperar el aliento. Poco le importaba si el griego se marchaba y la abandonaba a su suerte. Ya nada tenía sentido. Apenas necesitaba algo que le diese sentido a su vida, un propósito. Laura necesitaba tener un motivo para seguir respirando.
-Podemos salvarlo.
Laura abrió los ojos y giró la cabeza lentamente. El tiempo se detuvo. El metal reluciente del medallón se convirtió en una promesa aterradora. Cual péndulo, la cadena se movía de un lado al otro y la boca del curador también se movía, pero ella no oía nada y la luz del poste del otro lado de la acera apenas iluminaba al individuo. El medallón era lo único perceptible en la oscura noche. Lo único que tenía sentido. Brillaba como oro y falsas promesas. Laura respiró hondo, intentó alejar su cuerpo de la pared y se desplomó.

Capítulo 11

Capítulo 12